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Burnout: el agotamiento extremo que avanza en silencio y cada vez golpea a más personas

En diálogo con MDZ, la lic. en Psicología Ailin Di Nasso explicó cómo identificar el burnout, por qué se volvió tan frecuente y qué pasos ayudan a abordarlo.


Hay malestares que no irrumpen de golpe. Se instalan de a poco, se camuflan detrás de rutinas exigentes y terminan ocupando todo: el trabajo, el descanso, el humor, el cuerpo. El burnout suele comenzar así, casi sin aviso, en una época marcada por la inmediatez, la presión por rendir y la sensación de que siempre habría que poder un poco más.

En conversación con MDZ, la licenciada en psicología Ailin Di Nasso (matrícula 5082) puso el foco en ese desgaste que ya no puede explicarse como simple cansancio. “Muchas personas creen que lo que les pasa es normal porque siguen funcionando, pero vivir agotado no debería convertirse en costumbre”, advirtió. El llamado síndrome de estar pasado de vueltas aparece, justamente, cuando el estrés sostenido empieza a vaciar los recursos personales y la exigencia diaria deja de ser un desafío para convertirse en una carga asfixiante.

Cuando el cuerpo y la mente empiezan a pasar factura

Lejos de una idea pasajera o de una mala semana, el burnout es un estado de agotamiento físico, emocional y mental. No se trata solo de dormir mal o llegar cansado al final del día. El punto de quiebre aparece cuando lo que antes resultaba significativo empieza a perder sentido, cuando sostener lo cotidiano demanda una energía que ya no está disponible.

Según explicó Ailin Di Nasso a MDZ, una de las claves para reconocerlo está en esa desconexión progresiva con uno mismo y con el entorno. “No es únicamente estar cansada o cansado. Hay una sensación de vacío, una pérdida de motivación profunda y una dificultad real para disfrutar”, señaló. En muchos casos, además, aparece irritabilidad, ansiedad frecuente, tristeza, problemas para concentrarse o para tomar decisiones simples. El cuerpo también habla: dolores musculares, cefaleas, alteraciones del sueño y cambios en el apetito pueden formar parte del cuadro.

Las causas de una época que empuja al límite

El contexto actual no es un detalle menor. Hay condiciones que favorecen este desgaste y lo vuelven cada vez más habitual. La sobrecarga laboral, la falta de límites entre el trabajo y la vida personal, la lógica de productividad constante y la presión económica forman parte del escenario.

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A eso se suma, muchas veces, la escasa valoración en el ámbito laboral, la dificultad para pedir ayuda y una autoexigencia que no da tregua. Para la especialista, el burnout no puede pensarse por fuera de ese entramado. “Vivimos en una cultura donde frenar genera culpa y donde descansar a veces se vive como una pérdida de tiempo. Esa lógica impacta de lleno en la salud mental”, remarcó en su charla con MDZ. El problema es que, cuando esas variables se sostienen durante demasiado tiempo, el desgaste deja de ser circunstancial. Se vuelve crónico. Y allí ya no alcanza con un fin de semana libre o unas vacaciones breves para recomponerse.

Reconocer las señales, sin embargo, sigue siendo un paso decisivo. Porque uno de los errores más frecuentes es minimizar lo que está ocurriendo. Seguir adelante en piloto automático, naturalizar el agotamiento o creer que todo se resolverá “cuando pase esta etapa” suele demorar la búsqueda de ayuda.

Ailin Di Nasso insistió en que registrar lo que pasa no es un signo de debilidad, sino una forma de cuidado. “Ponerle nombre al malestar es importante. A veces, cuando alguien entiende que no está fallando sino atravesando un cuadro de burnout, aparece un primer alivio”, sostuvo. Esa validación inicial permite salir de la culpa y mirar el problema con más claridad. También habilita preguntas necesarias: qué se está sosteniendo de más, qué necesidades vienen siendo postergadas y cuánto de esa exigencia está impuesta desde afuera o instalada como mandato interno.

Qué hacer para empezar a salir del agotamiento

El abordaje del burnout no es inmediato ni lineal. Requiere tiempo, revisión y una reconexión gradual con la propia vida. Entre las estrategias centrales aparece la necesidad de revisar límites: aprender a decir que no, redistribuir cargas y priorizar. También resulta clave recuperar espacios personales, incluso pequeños, que no estén organizados en función del rendimiento.

Buscar apoyo —ya sea en alguien de confianza o en un proceso terapéutico— puede marcar una diferencia concreta. A eso se suma el trabajo sobre ciertas creencias muy arraigadas, especialmente las que vinculan el valor personal con la productividad. “Muchas veces hay personas que sienten que solo valen si están haciendo, resolviendo o respondiendo. Revisar esa idea es fundamental”, explicó la licenciada en psicología a MDZ. En paralelo, el cuidado del cuerpo deja de ser un complemento para convertirse en una base: descansar, alimentarse bien y sostener algo de movimiento también forman parte del tratamiento.

Frenar a tiempo, una necesidad y no un lujo

El burnout no aparece de un día para el otro. Se va armando en silencio, con pequeñas renuncias cotidianas, con necesidades que se postergan y con una forma de vivir donde el hacer desplaza por completo al bienestar. Tampoco desaparece de manera mágica. Salir de ese estado implica escuchar lo que el malestar viene diciendo, aunque incomode.

En ese punto, la mirada de Di Nasso es clara: “Cuidarse no es un premio para después de cumplir con todo; es una necesidad básica”. La frase resume una idea central en tiempos de hiperexigencia: frenar a tiempo no debería vivirse como un fracaso, sino como una decisión de salud. Entenderlo puede ser el comienzo de un cambio profundo. Porque cuando el agotamiento se vuelve modo de vida, atenderlo deja de ser opcional. Y volver a conectarse con uno mismo, lejos de ser un lujo, pasa a ser una urgencia.