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Vivir acelerados no es normal: qué es la ansiedad funcional y cómo detectar el límite

En una sociedad que premia la velocidad y la exigencia permanente, la psicóloga Agustina Vidal explicó a MDZ por qué no toda ansiedad es negativa, pero también advirtió sobre los riesgos de vivir en estado de alerta constante.

La ansiedad es uno de los trastornos mentales que pueden afectar las relaciones personales. 

La ansiedad es uno de los trastornos mentales que pueden afectar las relaciones personales. 

Foto: Shutterstock

En estos tiempos, llegar a todo parece haberse convertido en una meta en sí misma. Responder mensajes rápido, rendir en el trabajo, estudiar, sostener vínculos, estar activos en redes y, además, mostrarse enteros. En ese escenario, muchas personas conviven con un nivel de activación tan alto que terminan confundiendo agotamiento con eficiencia. La ansiedad aparece entonces en la conversación pública casi siempre ligada a algo negativo, como si se tratara de una emoción que solo desordena o bloquea.

Sin embargo, la psicóloga Agustina Vidal, matrícula 4881, planteó a MDZ que antes de sacar conclusiones conviene hacer una distinción central: no toda ansiedad es igual ni cumple la misma función. En ciertos contextos, incluso, puede ser una respuesta saludable y necesaria para ponerse en marcha frente a un desafío.

No toda ansiedad es enemiga

“La ansiedad no es simplemente una emoción negativa”, explicó Agustina Vidal a MDZ. Y agregó: “Es importante diferenciarla, porque muchas veces está mal catalogada”. Desde su mirada, existe una forma adaptativa de la ansiedad que actúa como motor. Es la que aparece, por ejemplo, antes de un viaje, cuando una persona se prepara para salir hacia el aeropuerto, revisa la hora, organiza lo que falta y se mantiene atenta para no perder el vuelo.

ansiedad

También puede verse en un estudiante antes de un examen o en alguien que debe resolver una tarea importante en el trabajo. En esos casos, esa activación no paraliza: ordena, moviliza y ayuda a enfocarse en un objetivo concreto. “Es una respuesta temporal que nos prepara para un desafío”, señaló la especialista. El problema empieza cuando ese estado deja de ser transitorio y se vuelve una forma permanente de estar en el mundo.

Ahí es donde aparece la cara más compleja del fenómeno. Según Agustina Vidal, hoy muchas formas de ansiedad disfuncional se disfrazan de compromiso, rendimiento o alta productividad. Personas que parecen resolverlo todo, que hacen varias cosas a la vez, que no frenan y sostienen un nivel de exigencia extremo. Desde afuera, ese ritmo puede incluso ser celebrado. Pero por dentro el costo suele ser alto. “Vivimos en un mundo donde se aplaude la velocidad y se premia al que hace mil cosas a la vez. Hemos empezado a normalizar un estado de alerta constante”, advirtió en diálogo con MDZ. Ese modo de funcionamiento, lejos de ser un superpoder, puede terminar convirtiéndose en una sobrecarga crónica para el sistema nervioso.

Cuando el cuerpo ya no descansa

La psicóloga explicó que, cuando esa hiperactivación se sostiene en el tiempo, el cuerpo empieza a comportarse como si estuviera frente a un peligro continuo. El cerebro interpreta que hay amenaza y activa respuestas de supervivencia que deberían ser excepcionales, no permanentes. En ese contexto, el cortisol se mantiene elevado durante largos períodos y el organismo empieza a resentirse. “El estrés crónico debilita al sistema inmunológico, baja las defensas y nos puede enfermar más”, remarcó Agustina Vidal. A eso se suman dificultades para concentrarse, olvidos frecuentes, irritabilidad, cansancio, insomnio, tensión muscular y una sensación persistente de desconexión. No se trata, aclaró, de falta de voluntad ni de desinterés. Muchas veces es la mente saturada, pidiendo una pausa que no llega.

Vidal utilizó una imagen muy gráfica para explicar este proceso. Comparó la ansiedad crónica con una alarma encendida de manera constante. Al principio se tolera. Después empieza a molestar. Y, si nunca se apaga, termina afectándolo todo. “Cuando está la alarma de la ansiedad prendida de manera constante, el cuerpo se ataca a sí mismo”, señaló a MDZ. En ese marco también aparecen pensamientos repetitivos, rumiación, miedo anticipatorio y una dificultad cada vez mayor para habitar el presente. La persona sigue cumpliendo, sigue produciendo, sigue funcionando, pero con un desgaste silencioso. Por eso, la idea de “ansiedad funcional ” no puede usarse de manera liviana para justificar cualquier nivel de autoexigencia. Para la especialista, hay un punto en el que deja de ser adaptativa y empieza a volverse patológica, desproporcionada y dañina.

La ansiedad es uno de los trastornos mentales más comunes Foto: Shutterstock
La ansiedad es uno de los trastornos mentales que sufren 3 de cada 10 argentinos. 

La ansiedad es uno de los trastornos mentales que sufren 3 de cada 10 argentinos.

Bajar un cambio también es urgente

Frente a ese panorama, la salida no pasa por renunciar a las responsabilidades ni por romantizar la lentitud, sino por revisar la relación con el tiempo, el descanso y el propio cuerpo. “Hacer las cosas con más calma ayuda muchísimo a que el sistema nervioso se regule de otra manera”, explicó Agustina Vidal. En esa línea, insistió en que descansar no es perder el tiempo, sino responder a una necesidad biológica. Dormir bien, frenar, hacer pausas y recuperar espacios de conexión con uno mismo no son lujos ni premios después del esfuerzo: forman parte de una salud mental básica. La especialista mencionó herramientas como mindfulness, meditación o simplemente momentos de menor exigencia cotidiana para salir de ese “modo productivo” permanente que muchas veces se instala sin ser cuestionado.

La clave, sostuvo, está en escuchar las señales antes de que el cuerpo tenga que “gritar”. “Si la ansiedad ya no te está protegiendo, sino que te está paralizando, enfermando o desconectando de tu vida, es momento de poner una pausa y pedir ayuda”, afirmó a MDZ. En ese sentido, enumeró síntomas que pueden funcionar como advertencia: falta de aire, fatiga crónica, dolores musculares, insomnio, irritabilidad o una sensación de no poder bajar nunca el nivel de alerta. Para Agustina Vidal, la verdadera productividad no debería medirse solo por la cantidad de tareas cumplidas, sino también por la posibilidad de alcanzar metas sin destruir la salud en el camino. Ir más despacio, concluyó, no implica hacer menos, sino recuperar una forma más habitable de vivir.