ver más

Visita del papa León XIV: la mirada de un rabino y la "oportunidad ética para Argentina"

Fishel Szlajen, rabino, filósofo judío y catedrático en el Vaticano, analiza la próxima visita de León XIV y el vínculo entre judaísmo y catolicismo.


La próxima visita de León XIV a la Argentina volverá a colocar al país frente a una figura de alcance religioso, político y diplomático internacional. Para el rabino Fishel Szlajen, filósofo judío y miembro de la Pontificia Academia para la Vida, su llegada también puede abrir un espacio de reflexión sobre la sociedad argentina.

Slajem fue nombrado en 2017 por el papa Francisco como miembro titular de la Pontificia Academia para la Vida y se convirtió en el primer rabino en integrar ese organismo. Desde allí participa del debate académico sobre bioética junto con especialistas de diferentes credos.

En la previa de la llegada de León XIV, reflexiona sobre la convivencia entre judíos y católicos en la Argentina, explica su experiencia dentro del Vaticano y analiza los primeros lineamientos que observa en el nuevo pontificado, con especial atención a la dignidad humana, la inteligencia artificial, la responsabilidad y los límites al poder.

Mirá la entrevista completa con el rabino Fishel Szlajen

—¿Cómo es para el pueblo judío en la Argentina recibir a una figura como León XIV, a pesar de la diferencia religiosa?

—Bueno, en principio, la visita de un Papa, en este caso León XIV, siempre es un acontecimiento de máxima trascendencia. Como usted bien dijo, no solamente para la grey católica —y estamos hablando de más de 1.400 millones de personas en el mundo—, sino que es una visita con una dimensión religiosa, política, institucional y diplomática que va más allá de que el Papa sea una autoridad de 1.400 millones de católicos. Es una figura y una voz escuchada en todo el mundo. Mucho más, en mi visión particular, cuando viene a la Argentina, a una sociedad atravesada por la desconfianza, la fragmentación y la polarización. Por eso creo que, más que una visita de carácter político como jefe de Estado, que también lo es, habría que aprovecharla como una oportunidad ética. Pocas veces se da la visita de un Papa a un país y creo que tendríamos que aprovecharla como una oportunidad ética, más que como una visita de carácter meramente institucional o político.

—Argentina tiene una de las colectividades judías más grandes del mundo fuera de Israel. ¿Cómo convive la colectividad judía en un país con una mayoría católica?

—Creo que hoy estamos atravesando, si no el mejor momento, uno de los mejores momentos en las relaciones judeocristianas en general, y con el catolicismo dentro de lo que es la cristiandad. Aun cuando somos religiones diferentes y tenemos profundas diferencias teológicas, que van a seguir existiendo porque son religiones distintas, creo que justamente el diálogo interreligioso, en el cual activo muchísimo, no tiene que ver con las diferencias, sino más bien con descubrir responsabilidades en común desde distintas identidades religiosas. Creo que eso es lo más beneficioso incluso para toda la sociedad. La Argentina es un modelo para el mundo de diálogo interreligioso. Acá no tenemos conflictos religiosos, no tenemos conflictos raciales tampoco. La gran mayoría de los argentinos, que es católica, o la inmensa mayoría, que es cristiana, tiene una convivencia absolutamente normal y respetuosa con la comunidad judía. La comunidad judía en la Argentina ronda aproximadamente... Hoy no lo sé, pero el último estudio sociodemográfico, publicado en 2005, daba cuenta de 180.000 personas. Estamos hablando de hace 20 años. Hoy habrá, entre la asimilación y la tasa de natalidad, no sé, más o menos lo mismo o un poquito más, por ahí 200.000. Hay una convivencia absolutamente pacífica y fructífera. Yo doy fe de eso. Nosotros, desde la academia y en el diálogo interreligioso, hemos producido declaraciones, por ejemplo, a favor de los cuidados paliativos, en contra de la eutanasia y para la puesta en valor de la vejez, que fueron recibidas por el Poder Legislativo. Hicimos también una declaración, básicamente un marco y un protocolo de triaje y asignación de recursos vitales, que la Legislatura porteña aprobó para la pandemia, sobre cómo distribuir, por ejemplo, los respiradores artificiales cuando son recursos escasos y no son suficientes. Eso lo hicimos en la academia desde el judaísmo, en mi caso, y desde el catolicismo, por ejemplo, con el padre Rubén Revello, que es el director del Instituto de Bioética de la UCA, y con otros referentes religiosos. Con lo cual, la convivencia aquí en la Argentina es absolutamente pacífica. Por supuesto, siempre hay casos, pero eso no habla de un país. No hay un solo país donde no haya casos de antisemitismo, de cristianofobia o en contra de alguna religión en particular. Pero eso no habla de una política de Estado ni de lo que siente o hace la población. Yo puedo caminar con la kipá por cualquier lugar de la Ciudad de Buenos Aires, por cualquier lugar del país, y así lo hago. Nunca tuve ningún problema en mi integridad física.

—Cuénteme: ¿qué hace un judío en el Vaticano?

—Es interesante. Yo tuve el honor de que el papa Francisco, en 2017, me nombrara miembro titular de la Pontificia Academia para la Vida en el Vaticano. La Pontificia Academia para la Vida es la academia de ciencias bioéticas del Vaticano. Es uno de los organismos internacionales más importantes en bioética en el mundo y, hasta ese momento, estaba cerrada solo para católicos. El papa Francisco reformó los estatutos y justamente dijo: “Esto es una pontificia, pero también es una academia. Con lo cual, que vengan los más prestigiosos de todo el mundo y, todo lo contrario, mejor aún cuando son de distintos credos para que aporten distintas visiones”. Yo fui el primer rabino miembro titular de esa academia, gracias, por supuesto, al papa Francisco. Todos los años, cuando lo veía, siempre se lo agradecía porque, la verdad, es un punto de inflexión en la carrera de cualquiera. Me renovó mi membresía, que es quinquenal, en 2022, y en 2027 esperemos que el nuevo papa León XIV me la vuelva a renovar.

—¿Cómo es para usted, siendo judío, estar dentro de una academia pontificia, teniendo en cuenta que la Iglesia mantiene algunas diferencias con el Estado de Israel en la actualidad política?

—En principio, para mí es un honor estar en la Pontificia Academia. Son dos cosas distintas. Una cuestión es cómo se relaciona el Estado de Israel con el Estado Vaticano en cuanto a ciertas políticas coyunturales respecto del conflicto de Medio Oriente y otra cosa es el trabajo académico que hacemos. Nosotros no somos políticos. Tampoco tenemos injerencia en las políticas de Medio Oriente. Nuestro trabajo es netamente académico, no se nos evalúa por ello y bienvenido que así sea, porque, si no, uno podría estar confundiendo lo que es la pertenencia a una religión con ser un efector de políticas que ocurren a 16.000 kilómetros de distancia. Hay que saber separar un poco los términos. Cuando hay que discutir cuestiones políticas, se discuten, pero se discuten desde el punto de vista académico. Yo tengo compañeros en la Pontificia Academia que son musulmanes, católicos y de muchas otras religiones, y el trabajo que hacemos es académico. Después podemos discutir ciertos posicionamientos, pero bajo la perspectiva de que sabemos que somos académicos: estamos para resolver problemas, analizar conflictos y tratar de ser parte de la solución y no parte del problema. Con lo cual, es absolutamente pacífico.

—Un rabino es un doctor en la fe judía. Le enseña a otros judíos cómo ser judíos, pero también les enseña sobre el mundo. ¿Cómo podría explicarle a un judío que no tiene la menor idea de qué es un Papa? ¿Qué sería lo equivalente?

—No hay un equivalente en el judaísmo. Como dijimos antes, dado que son religiones distintas, en el judaísmo no hay una autoridad personal como es un Papa, a través de la cual toda la religión se encolumna en sus dichos. Es una cultura legal, es decir, se basa en el cumplimiento de leyes, que son los 613 preceptos. Por supuesto, hay rabinos muy prestigiosos, rabinos legistas, que son los que siguen escribiendo leyes respecto de cómo se reglamenta el cumplimiento de determinado precepto talmúdico a la luz de nuevas tecnologías, pero no hay una figura como autoridad máxima vertical en todo el judaísmo, sino que también hay diferentes corrientes. Es más transversal. Por supuesto, yo podría nombrar seis o siete de los legistas más importantes del último siglo, a través de cuyos escritos las comunidades judías regulan su conducta. Son escritos en los que muchas veces hay diferencias en las costumbres o en las interpretaciones, pero el gran tronco legal y jurídico que todo judío tiene que cumplir es exactamente el mismo. Está determinado por la Torá, que es el Pentateuco, más Profetas y Crónicas, que es el mismo para todos; el Talmud, que es el reglamento de ellos, que es el mismo para todos; y después los códigos legales que fueron surgiendo a través de la historia, como, por ejemplo, el de Maimónides, del siglo XII o XIII, y uno de los más importantes, que hoy sería el eje que todos compartimos, Shulján Aruj, que quiere decir “la mesa preparada”, “la mesa dispuesta” para que cada uno vaya y aprenda la ley, del siglo XV o XVI. Todos compartimos esa base. Después, cada uno también tiene sus costumbres. Pero no hay una figura paralela al Papa en el judaísmo. Y la forma de explicárselo a un judío que no sabe qué es el Papa —que sería raro que no supiera lo que es el Papa, por su figura internacional— sería explicarle, en principio, cómo se constituye el catolicismo, cómo se constituye la figura de un Papa, qué representa, cuáles son sus prerrogativas, cuáles son sus deberes como máxima autoridad y qué quiere decir ser la máxima autoridad de una fe en el catolicismo. No hay ningún problema. La pregunta es interesante porque los judíos hemos vivido, hace ya más de 5.500 años, en distintos Estados, formas de gobierno, culturas y civilizaciones, y estamos muy acostumbrados. De hecho, prácticamente toda nuestra vida fue en la diáspora, con lo cual estamos muy acostumbrados a entender culturas distintas y poder convivir con ellas. De hecho, los códigos legales fueron realizados en la diáspora. Es decir, fueron realizados, podríamos decir, por default, con la prerrogativa de que pudieran ser insertados en un marco jurídico que no es el propio. Con lo cual, es muy fácil para el judío adaptarse. De hecho, lo hizo, como dije, hace más de 5.500 años. No hay ningún problema.

—Con la llegada de León XIV aparece el recuerdo de Juan Pablo II, a quien conocimos en la Argentina durante dos viajes, y de Francisco, a quien conocimos durante toda su formación antes de ser Papa. ¿Qué tenemos que saber para conocer a León XIV, a meses de que llegue?

—Es una muy buena pregunta. Claramente, el pontificado de León XIV es muy reciente. Ahora bien, hay algunas señales que está dando el papa León XIV respecto de cuál es su línea. En el pontificado, cada Papa tiene una circunstancia histórica determinada y ejerce su magisterio de acuerdo con su discernimiento. Pero el Papa, con la última encíclica, ha puesto el foco muy fuertemente en lo que es la dignidad humana. En una época en la que hay cambios muy vertiginosos en lo económico y en lo social, pero, por sobre todo, en lo que considero el desafío antropológico más importante del siglo XXI, que es la inteligencia artificial. Él ha puesto el foco en algo que, por supuesto, los investigadores ya sabemos. Pero no es lo mismo que lo diga un Papa y que el propio Vaticano reconozca que aquí hay un problema. Un problema en cuanto a la descentralización de la persona en la decisión de los problemas de la dignidad humana. Hay muchas decisiones que se están tomando meramente en función de la eficacia o justificándolas meramente por la eficacia, descentralizando o poniendo en la periferia a la persona. No me refiero solamente a decisiones que pueden ser manipuladas por algoritmos, sino también a decisiones geopolíticas o económicas. Yo creo que el pontificado de León XIV va a estar profundamente marcado por ello. Él entiende, por supuesto, que la IA no es solo una herramienta, sino que plantea un desafío ontológico del ser humano en el empleo, en la toma de decisiones, en cómo el ser humano decide cuáles son las decisiones que le va a delegar a un algoritmo y cuáles nunca deberían delegarse, porque estaría abdicando de su conciencia, de su responsabilidad y de sus principios, base de todo Estado de derecho. Creo que esas son las grandes líneas que, por lo menos, empezó a mostrar el pontificado de León XIV: la dignidad humana como centro rector de lo que es la transformación tecnológica, económica y social.

—¿Qué espera usted de la llegada de León XIV a la Argentina?

—En principio, creo que sería bueno aclarar algo porque lo he escuchado en muchos medios —no aquí, pero sí en muchos otros—: la comparación entre “Francisco no vino y viene León”. Yo creo que no tendríamos que hacer ningún tipo de comparación entre pontificados. Hoy ya es absolutamente irrelevante preguntarnos por qué Francisco no vino y habría que concentrarse en para qué León XIV viene. Sería muy ingenuo pensar que la visita del papa León XIV va a resolver todos nuestros problemas, problemas acumulados desde hace décadas y muy profundos. Lo que sí creo es que, como dije en la primera pregunta, más que una visita política podría ser una oportunidad ética. Creo que puede recordarnos y volver a poner en el centro preguntas como, por ejemplo, qué seguimos entendiendo hoy por dignidad humana, por responsabilidad, por compromiso, por convivencia, por límites al poder y por el bien común. ¿Qué estamos entendiendo por todo eso? Creo que esas son las preguntas que el papa León podría venir a poner de vuelta en el centro. Y el trabajo de reflexionar y conformar políticas públicas en función de estas categorías estaría en nosotros. Si alguien me preguntara qué espero de su mensaje, esperaría que hable un poco de la responsabilidad, de que la democracia no se agota en un sistema eleccionario, sino que hace falta respeto mutuo, hace falta convivencia y hacen falta límites al poder. Porque, sin responsabilidad, la libertad dura muy poco, no es duradera. Y, la verdad, sin límites al poder se termina deshumanizando a la sociedad. Hoy estamos en una cultura, no solamente en la Argentina sino en el mundo, donde se habla mucho de derechos y muy poco de deberes o de obligaciones. Y la democracia incluye ambas dimensiones. Creo que esa puede ser una buena oportunidad ética. Sí, creo que sí.