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Una radiografía al eslabón más invisible de la universidad

La paradoja de sostener con el cuerpo un entramado institucional cada vez más endeble y precario. El rol de los auxiliares docentes en la cotidianeidad de la educación universitaria.


Esta semana renovamos en la Universidad Nacional de Cuyo las jornadas de paro, visibilización y lucha docente. Para quien pasa por la puerta de la facultad o lee una noticia al pasar en redes sociales, la jornada se traduce simplemente en un aula vacía. Pero para entender por qué paramos, primero hay que entender quiénes somos los que, cuando no hay paro, habitamos esas aulas todos los días.

Somos el claustro de auxiliares: los Jefes de Trabajos Prácticos (JTP) y los Ayudantes de Primera. Si tuviste un buen recuerdo de tu paso por la universidad, si alguien te explicó con paciencia ese texto que parecía imposible, si alguien pasó horas corrigiendo tu parcial y te devolvió comentarios minuciosos para que mejores, esa persona, casi con seguridad, era un docente auxiliar. Somos quienes ponemos el cuerpo en el día a día de la vida universitaria, el nexo directo entre el conocimiento y las ganas de aprender de miles de jóvenes.

En carreras técnicas como la Tecnicatura Universitaria en Producción Audiovisual, este rol se vuelve todavía más visible —y más exigente—. La enseñanza se juega en talleres, prácticas, laboratorios, rodajes, experiencias en el territorio, donde el acompañamiento es constante y el tiempo real de trabajo excede largamente lo que figura en los cargos. El crecimiento de la matrícula y la complejidad técnica de la formación contrastan con una planta auxiliar que no se amplía al mismo ritmo, empujando a una lógica de sobreesfuerzo que se repite en muchas otras carreras de la facultad.

Sin embargo, somos también el sector más precarizado, peor pago e invisible del sistema. Nuestra paradoja es cruel: para el presupuesto, para los cargos dignos y para las decisiones políticas somos invisibles; pero para el funcionamiento real de las facultades somos el cimiento que evita el derrumbe.

Nuestra realidad es una matemática del sobreesfuerzo. Si calculamos la población real de trabajadores que ponemos el cuerpo en las aulas (contando a quienes por distintas trabas burocráticas quedan fuera de los padrones oficiales), nos encontramos con una contradicción alarmante: la cantidad de cargos que existen supera por casi un 50% al total de personas reales que somos. ¿Cómo se explica este milagro de la multiplicación? Con lo que llamamos "pluriempleo por extensión". Somos las mismas personas duplicándonos, dictando dos o tres materias distintas para remendar un tejido institucional que se vuelve cada vez más endeble.

Si a nuestra carga horaria le añadimos las tareas de las otras dos funciones sustantivas de la educación universitaria, debemos participar y/o coordinar proyectos de extensión, investigación, comunicación de la ciencia o educación a distancia. Porque todas estas son también exigencias del sistema universitario para garantizar la calidad académica: integrar funciones.

Y lo hacemos, en su enorme mayoría, cobrando el sueldo más bajo de la escala universitaria: más de la mitad de nuestros cargos totales son de dedicación simple. Una dedicación simple equivale formalmente a unas pocas horas semanales que no cubren ni una fracción del costo de vida actual, cobramos menos que un Salario Mínimo, Vital y Móvil. Esto nos obliga a una vida itinerante: correr de una materia a otra, saltar de una escuela a un trabajo administrativo, cruzar la ciudad para sumar changas o perseguir un segundo empleo por fuera de la facultad solo para poder pagar el alquiler a fin de mes.

A esta itinerancia económica se le suma la fragilidad de no saber qué pasará mañana. Casi uno de cada tres de esos cargos de dedicación simple es interino o temporal. Esta inestabilidad se ensaña con más fuerza en algunas disciplinas particulares: en carreras como Trabajo Social, Comunicación Social y en el ciclo de Profesorado la incertidumbre golpea también a un altísimo porcentaje de compañeros que sostienen las aulas sin la estabilidad laboral de un cargo regularizado.

En la TUPA esta contradicción se vuelve especialmente evidente. La matrícula creció de forma sostenida, las exigencias técnicas de la formación son cada vez mayores y, sin embargo, la planta docente auxiliar no se amplía en proporción. La respuesta institucional suele ser el sobreesfuerzo: los mismos cuerpos multiplicados para cubrir cohortes cada vez mayores, más horas de taller, más instancias de acompañamiento.

La matemática del sobretrabajo también opera aquí. Si se mira la cantidad real de clases prácticas, tutorías, correcciones, acompañamientos en rodajes y evaluaciones técnicas, queda claro que los cargos formales no alcanzan. La solución informal es conocida: auxiliares que sostienen dos o tres espacios distintos, muchas veces con dedicaciones simples, para remendar un entramado que ya no se sostiene solo con vocación. No estamos hablando aún de salud y docencia, sería necesario otro apartado.

Hacer "carrera docente" hoy se ha transformado en una duna cuesta arriba. Las exigencias de un sistema burocrático que nos ignora no paran de crecer: se nos pide tener posgrados, maestrías, doctorados, publicar artículos científicos en revistas internacionales, investigar y gestionar. Todo eso se nos exige a cambio de contratos temporales y sueldos de miseria, mientras las oportunidades reales de ascender o conseguir una dedicación horaria digna en este entramado precario son cada vez más escasas.

Mientras tanto, la realidad del aula nos desafía todos los días. Nos encontramos cara a cara con juventudes que han cambiado profundamente. Estudiantes que arrastran las marcas de crisis socioeconómicas complejas, que también trabajan, que cuidan a sus familias, que llegan con nuevas demandas, ansiedades y realidades pedagógicas transformadas. A esas juventudes las recibimos con empatía, haciendo muchas veces de docentes, de guías y de contenedores a la vez, porque creemos en la transformación social a través de la educación pública.

Pero, ¿cómo mediamos todo esto con nuestras propias vidas? Estudiando para el doctorado a la medianoche, resolviendo las tareas de cuidado de nuestros hijos en los márgenes del día, haciendo malabares financieros y defendiendo nuestros propios sueños con el estómago apretado por la frustración.

Mañana paramos y luchamos no para "dejar a los estudiantes sin clase", sino para visibilizar que la universidad pública no es sólo un edificio o un plan de estudios: es el trabajo diario de personas de carne y hueso. Paramos porque el amor a la docencia y a la educación pública no puede ser la justificación para sostener un sistema basado en la invisibilización y el sobreesfuerzo de sus trabajadores.

Garantizar condiciones dignas para quienes sostienen el entramado desde abajo es la única forma real de defender la educación de quienes vienen a aprender.

Sostener las aulas es sostener a sus docentes.

Claudia Bermejillo

JTP Simple Producción Comunitaria

Tecnicatura Universitaria en Producción Audiovisual, FCPyS, UNCUYO