Una generación en crisis: cuando el dolor emocional se vuelve visible en la piel
La presión social, la soledad y la falta de herramientas emocionales empujan a muchos jóvenes a dañar su cuerpo para aliviar lo que no pueden decir.
ada vez más adolescentes y jóvenes recurren a las autolesiones como una forma de intentar gestionar un dolor emocional.
Archivo.Hay heridas que no se ven y hay otras que sí. Cada vez más adolescentes y jóvenes recurren a las autolesiones como una forma de intentar gestionar un dolor emocional que no saben cómo nombrar, expresar o regular. Cortes, quemaduras, golpes o conductas de daño físico aparecen muchas veces no como un deseo de morir, sino como un intento desesperado de aliviar algo que internamente resulta insoportable.
Distintas investigaciones internacionales advierten que aproximadamente 1 de cada 5 adolescentes se autolesionó alguna vez en su vida, una cifra alarmante que expone una generación emocionalmente sobreexigida y profundamente sola. Durante décadas se enseñaron matemáticas, historia, idiomas y tecnología, pero casi nadie enseñó cómo atravesar la frustración, cómo pedir ayuda, cómo gestionar la angustia o cómo regular emociones intensas. La educación emocional sigue siendo una deuda enorme en gran parte del mundo. Y cuando las emociones no encuentran palabras, muchas veces encuentran síntomas. El cuerpo termina hablando lo que la mente no logra elaborar.
Hay adolescentes que recurren a las autolesiones
La adolescencia siempre fue una etapa sensible, pero hoy está atravesada por un contexto mucho más complejo. Las redes sociales modificaron la forma de vincularse, de percibirse y hasta de construir identidad. Los jóvenes crecieron mirando vidas editadas, cuerpos perfectos, felicidad permanente y éxito inmediato. Compararse dejó de ser algo ocasional para convertirse en una actividad cotidiana y constante. La validación emocional empezó a medirse en likes, visualizaciones y comentarios. Y detrás de esa exposición permanente, muchos adolescentes sienten que nunca son suficientes. Unicef alertó que una gran cantidad de adolescentes reconoce sentir la necesidad de mostrar una vida perfecta en redes sociales aunque no sea real. Esa presión psicológica sostenida impacta directamente sobre la autoestima, la ansiedad y la percepción de valor personal.
Te puede interesar
Esto le pasa a tu cuerpo si consumes jengibre todos los días
La Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 7 adolescentes entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental, aunque gran parte de esos casos no recibe tratamiento ni acompañamiento adecuado. La depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento ya se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en jóvenes. El suicidio, además, se convirtió en una de las principales causas de muerte en esta etapa de la vida. Sin embargo, muchas autolesiones no tienen intención suicida. Lo que existe detrás suele ser una necesidad urgente de regular emociones intensas. Algunos adolescentes describen que el dolor físico les permite “dejar de pensar”, “sentir algo” o “liberar tensión emocional”. Otros explican que lastimarse les da una sensación momentánea de control frente a una vida que sienten caótica. El problema es que, sin herramientas emocionales, el alivio dura poco y el sufrimiento vuelve con más fuerza.
La pandemia profundizó aún más este escenario
Millones de jóvenes atravesaron aislamiento, incertidumbre, miedo, exceso de pantallas y pérdida de espacios de socialización reales. Muchos adolescentes volvieron al mundo presencial con enormes dificultades para tolerar frustraciones, sostener vínculos o gestionar emociones complejas. Pero reducir esta problemática únicamente a “fragilidad adolescente” sería un error enorme. Lo que estamos viendo es también el reflejo de una sociedad agotada emocionalmente. Adultos hiperconectados, familias sobreexigidas, vínculos cada vez más superficiales y culturas donde mostrar vulnerabilidad todavía incomoda. Muchos jóvenes crecieron escuchando frases como “no exageres”, “ponete bien”, “tenés todo para ser feliz” o “hay gente peor”. El resultado es una generación que siente mucho, pero que muchas veces no encuentra espacios seguros para hablar de lo que le pasa sin ser juzgada.
Es una generación que siente mucho
La salud mental adolescente no puede seguir abordándose únicamente cuando aparece una crisis. Necesitamos prevención, alfabetización emocional y conversaciones reales. Es prioritario contar con programas en las escuelas que enseñen regulación emocional además de contenidos académicos. Además de contar con adultos disponibles emocionalmente, no solamente presentes físicamente. Debemos dejar de romantizar el rendimiento constante y empezar a preguntarnos cuánto dolor silencioso hay detrás de algunos comportamientos.
Porque un adolescente que se autolesiona no necesariamente quiere morir. Muchas veces quiere dejar de sufrir. Y entre esas dos cosas existe una diferencia enorme que como sociedad no podemos seguir ignorando.
* Verónica Dobronich, autora de “Desconéctame por favor”. Cómo escapar de la presión de las redes sociales y la hiperconectividad.




