Un Mundial para aprender
A semanas del Mundial, el fútbol vuelve a mostrar cómo la pasión, el esfuerzo y la frustración ayudan a formar el carácter de los chicos.
En Argentina, especialmente, el fútbol atraviesa todo: sobremesas, grupos de WhatsApp, oficinas, recreos, familias.
ArchivoA pocas semanas del Mundial, el mundo entero entra en ese clima difícil de explicar y muy fácil de reconocer. En Argentina, especialmente, el fútbol atraviesa todo: sobremesas, grupos de WhatsApp, oficinas, recreos, familias. Durante algunas semanas, gran parte de nuestra vida emocional gira alrededor de un partido.
Y esa relación con el deporte aparece especialmente en los chicos. Según distintos relevamientos sobre actividad física y deportiva, cerca de ocho de cada diez niños y adolescentes practican algún deporte fuera del colegio y la mayoría lo hace en clubes. El fútbol sigue siendo, por lejos, la disciplina más elegida. Y quizás todo este fenómeno nos esté enseñando algo sobre lo que necesitamos las personas para crecer y ser felices. Porque pocas cosas nos transforman tanto como aquello que realmente nos apasiona.
Los chicos no suelen enamorarse de los hábitos
Se enamoran de algo que los entusiasma. Y recién después aparecen los hábitos. Tal vez ahí haya una de las claves más profundas de la educación. Con el tiempo descubrimos algo muy simple en nuestra familia: pocas cosas forman tanto el carácter como una actividad que realmente moviliza. Cuando un chico encuentra algo que ama —un deporte, una disciplina, un desafío— aparece el deseo de aprender y mejorar. Y detrás de ese deseo empiezan a crecer hábitos que después sirven para toda la vida: constancia, disciplina, tolerancia al esfuerzo.
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Muchas veces los padres intentamos imponer desde afuera lo que solo puede nacer desde adentro. Queremos enseñar perseverancia sin advertir que muchas veces esa fuerza aparece cuando un chico encuentra algo que verdaderamente lo entusiasma. Tal vez una de las tareas más importantes de los padres no sea solamente enseñar disciplina, sino ayudar a los hijos a reconocer qué cosas les despiertan ganas de superarse. Podríamos decir que lo primero que aprendemos con el deporte es a hacer amigos. La ilusión y el esfuerzo compartido suelen ser el contexto ideal para que nuestros hijos construyan amistades y descubran algo importante: que las cosas más valiosas casi nunca se logran solos.
Pero el deporte conserva también algo incómodo y profundamente educativo: nadie aprende sin perder. Hay que ir al banco, equivocarse, quedar afuera, descubrir que otros son mejores y volver a entrenar igual. Porque el verdadero aprendizaje deportivo no está solamente en el resultado. Está en descubrir que perder no invalida el esfuerzo y que ganar tampoco elimina la necesidad de seguir creciendo. El deporte también nos amiga con el feedback. Un entrenador corrige todo el tiempo: la técnica, la actitud, el compromiso. Y el deportista aprende algo fundamental para la vida adulta: que una corrección no es una descalificación personal, sino un estímulo para seguir creciendo.
Aprender a escuchar una corrección sin sentir que está en juego el propio valor quizás sea una de las capacidades emocionales más importantes para crecer. Pero quizás una de las enseñanzas más importantes del deporte no sea para los hijos sino para nosotros, los padres.
Porque el deporte también enseña a liderar
Hace poco escuché nuevamente una reflexión de Pep Guardiola que me impresionó especialmente. Decía que gran parte de su trabajo consiste, cada tres días, en elegir once jugadores entre veintitrés y lograr que los doce que quedan afuera se sientan igualmente queridos, valorados y motivados.
Ahí hay una enorme lección para cualquier padre o líder. Educar no es evitar frustraciones. Liderar no es agradar permanentemente. Muchas veces implica corregir, poner límites o tomar decisiones difíciles. Pero los grandes líderes consiguen que incluso en esos momentos las personas se sientan respetadas y acompañadas. Quizás liderar —en un vestuario o en una familia— consista justamente en eso: lograr que incluso cuando alguien queda afuera siga sintiéndose querido. Tal vez por eso el deporte nos conmueve tanto. Porque se parece mucho a la vida. Nos enseña a caer y volver a empezar, a perder sin destruirnos y a ganar sin creernos más que nadie.
El deporte también nos amiga con el feedback
Detrás de cada resultado, el deporte siempre estuvo hablando de algo mucho más importante: cómo crecen las personas.
* Lic. Sofía Cinto.




