Rituales familiares alimenticios, o cómo cocinar la receta de la abuela
Comer no es solo alimentarse, o no siempre al menos. A veces las recetas cuentan historias…
Bien vale la pena continuar con el rito familiar, y no dejar morir la receta.
ArchivoMientras preparaba esa comidita tan rica, cortando vegetales y salando los productos animales que iban a ser parte del plato, pensaba en su madre; y en su abuela, y en la madre de su abuela, y en todas las mujeres de su familia que se habían ido pasando esta receta de generación en generación, hasta que finalmente la misma llegó a sus manos. En definitiva, más que hacer una comida parecía estar cumpliendo con un rito ancestral, repetido una y mil veces en diferentes cocinas, en distintas épocas, pero siempre con la misma receta, o casi la misma, que como dice la canción refiriéndose a otra de las formas del amor, “no es lo mismo pero es igual”. Porque en definitiva, seguir cocinando la misma comida era una forma de amor; no físico, sino profundamente espiritual, dirigido a lo más granado de su mismísima familia: las madres que cocinaron por siempre y alimentaron con su trabajo a tantas generaciones.
La comida era del mismo estilo que otras tantas: un preparado originalmente de campesinos pobres, realizado con una base de cereales, y sumándole a “la cantidad”, lo que fuera que tuvieran a mano para darle un sabor aceptable. La paella y las migas españolas por un lado, y las pastas italianas por otro, eran de esos alimentos heredados de abuelos y bisabuelos que en sus países originarios se alimentaban con lo que podían, que normalmente tenían en sus viviendas algo de arroz o de harina, y le sumaban productos de mar si es que su pueblo estaba cerca de la costa, o chacinados y quizá algo de carne vacuna si es que eran de tierra adentro; pero siempre desde la escasez de sus posibilidades, por lo que simplemente le echaban a la olla o a la sartén lo que tenían. Así es como ninguna de estas comidas tenía una receta única, ni “verdadera”: su composición variaba de acuerdo al grado de pobreza de los comensales, y a la ubicación geográfica de sus hogares.
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Pero más allá de que estos productos que supieron ser económicos en el pueblo de los ancestros tengan hoy en día precios altísimos en el supermercado del barrio, bien vale la pena continuar con el rito familiar, y no dejar morir la receta. No es que se vaya a parar el planeta si simplemente cambiamos a este plato por una milanesa con papas fritas, pero es que no todo es simplemente alimentarse, o al menos, no todo consiste en alimentar al cuerpo. Que si algo nos diferencia de los demás seres vivos, es esa complejidad de mente que tenemos los humanos, y que nos permite entender que estamos acá no por casualidad, sino como consecuencia de una sucesión de hechos, por una cantidad de personas que la remaron en condiciones adversas y que finalmente permitieron que hoy, quien revuelve esta comidita (que avanza en su cocción rumbo al punto justo) tenga una buena vida, o aceptable por lo menos, y que no somos más que el fruto que se cosecha por aquella siembra que supieron hacer quienes nos antecedieron en el camino.
La cena está casi por ser servida, y tiene, al menos para quien cocina, dos sabores: el tradicional, que indicará si le gustó o no a la familia; y el espiritual, ese sabor a rito, que pretende ser transmitido a la próxima generación para que no se olviden de que los apellidos que los ordena alfabéticamente en la escuela tienen raíces humanas, cuentan con historias de personas que tuvieron una vida, y que hicieron su mejor esfuerzo para darnos lo que hoy tenemos. Que no siempre se triunfa, y que no es cierto que “querer es poder”, porque si no tendríamos millones de Messis y Colapintos; pero a veces sí, se logra el objetivo si es que se lo busca, sumado a que difícilmente se pueda avanzar en la vida si no se intenta. Pero minimizando las filosofeadas, y mientras la cena se traslada humeando en su recipiente de cocción rumbo a esa mesa en la que todos los integrantes de la familia esperan con ansias para probar el manjar recién preparado, la voz de la penúltima generación, llama a la última (al menos por ahora) con el viejo grito de batalla:
-¡A comer, que la mesa está servida!



