Tres casos de grooming en Independiente y el problema que nadie quiere abordar
El caso de grooming en Independiente reabrió el debate sobre cómo navegan los chicos en plataformas digitales sin protección real.
El grooming es el contacto que una persona adulta establece con un niño, niña o adolescente a través de medios digitales con el propósito de cometer un delito contra su integridad sexual.
EFELa primera alarma llegó por un padre. Se comunicó con el entrenador de la categoría para avisar que su hijo había sido víctima de violencia digital. Con una rapidez que sorprende, el club activó su protocolo, recibió a la familia, convocó a su equipo interdisciplinario y detectó que no era un caso único: había otros dos menores en situación similar. Fue así que el viernes 15 de mayo, un apoderado y un dirigente se presentaron ante la Fiscalía N.º 2 de Avellaneda para formalizar la denuncia por grooming.
Sin duda, la actuación del Club Atlético Independiente merece reconocimiento. Tener un protocolo, activarlo, convocar a Grooming Argentina, coordinar charlas preventivas y hacer la denuncia penal es exactamente lo que una institución debe hacer. Tal vez sea por el fantasma de las denuncias de abuso sexual que rodearon el club en 2018, que la forma de accionar esta vez haya sido tan precisa. Pero lo cierto es que la mayoría de los clubes, escuelas y familias no tienen tantas herramientas.
¿Cuántos saben qué hacer cuando el padre de un chico llama para decir que algo raro está pasando en el teléfono de su hijo?
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Uno de los mayores problemas es que a veces ni los padres entienden exactamente qué es el grooming. Es decir, el contacto que una persona adulta establece con un niño, niña o adolescente a través de medios digitales (redes sociales, mensajería, videojuegos, chats) con el propósito de cometer un delito contra su integridad sexual. En Argentina, está tipificado en el artículo 131 del Código Penal desde 2013, gracias a la Ley 26.904, y la pena va de seis meses a cuatro años de prisión.
Pero incluso así, muchos piensan que si no hubo un abuso físico, no hay delito. Sin embargo, dicho contacto digital con intención sexual ya configura grooming, porque el daño empieza antes del encuentro. En otras palabras, lo que define el delito es la finalidad sexual y que la víctima sea menor de edad. Ni siquiera es necesario que el agresor se haga pasar por un niño. Tampoco que se trate de una víctima femenina, aunque muchas veces el prejuicio impulsa a creer que los varones no pueden caer.
Por esa razón, con frecuencia tardan más en identificarse como tales porque culturalmente se les exige que "hubieran podido defenderse" o que "no se hubieran dejado". Esa idea es falsa y peligrosa. Cuando la víctima es menor de edad, el consentimiento no existe. No importa si respondió mensajes, si aceptó regalos o si siguió el contacto por un tiempo. La manipulación emocional no se mide en términos de voluntad adulta ni del sexo de la víctima.
Por otro lado, más allá de la definición legal, lo que sí suele ocurrir es que el grooming sigue una lógica de etapas. Primero el contacto, aparentemente inocente. Después la construcción de confianza (halagos, interés fingido, complicidad, secreto). A eso le sigue la sexualización progresiva de la conversación. Luego, viene el pedido de imágenes o información íntima. Y, en muchos casos, la amenaza de difundir lo que ya consiguió. Es un proceso calculado, no un impulso.
Y aquí viene el punto que el caso de Independiente debería abrir, más allá de la investigación penal. El grooming no es un evento que ocurre porque aparece un agresor y encuentra a un menor desprevenido. El grooming ocurre en un ambiente. Y ese ambiente (el de las plataformas digitales donde los chicos pasan horas de su vida) no fue diseñado pensando en ellos. No hace falta mucha casuística ni estudios para demostrar que esto es efectivamente así. Alcanza con navegar un rato por cualquier red social para empezar a ver, sin discrecionalidad de edad, publicaciones invitándote a apostar online, videos violentos, blogs pautados con afrodisíacos naturales e imágenes sugerentes o incluso, pornografía dando vuelta en comentario, posteos e historias. Ni siquiera los filtros parentales alcanzan: se ha encontrado pornografía “en dibujitos” en YouTube Kids.
Es por ello que, por ejemplo, hace menos de dos meses, un jurado en Nuevo México, Estados Unidos, ordenó a Meta pagar 375 millones de dólares por permitir entornos donde menores podían ser explotados sexualmente y por engañar a sus usuarios sobre la seguridad de sus plataformas. La investigación incluyó cuentas encubiertas que simulaban ser menores de 14 años. Lo que encontraron no tardó en aparecer: adultos contactando esos perfiles en cuestión de minutos, con mensajes o material sexualmente explícito. Meta anunció que apelará, pero el veredicto dice algo que las empresas tecnológicas llevan años intentando evitar: sus plataformas no son solo espacios donde "puede aparecer" un depredador. Son sistemas que, a través de mensajería directa, recomendaciones algorítmicas, baja verificación de edad y moderación insuficiente, reducen activamente el costo de encontrar víctimas.
Es más, para probar este punto, una empresa de seguridad digital en Estados Unidos creó una cuenta de Instagram ficticia para una niña de once años. En menos de un minuto, la foto ya tenía un "me gusta" de una cuenta con una imagen explícita como foto de perfil. En dos minutos, había tres solicitudes de mensaje. En cinco, un adulto intentaba hacer una videollamada. En dos horas, quince mensajes de hombres adultos. Y esto no es un caso aislado, es una descripción del entorno donde millones de chicos en Argentina y en el mundo tienen cuentas activas hoy.
Y todo, todo esto pasa porque creemos que internet es un espacio seguro, sencillamente porque se conectan desde casa; porque los chicos tienen celulares, y porque los están usando también para ver pornografía, la herramienta de ablande por excelencia para bajar el umbral de alerta sobre el contenido sexual. La edad promedio de primera exposición se estima entre los ocho y los once años. Y la pornografía no está esperando que los chicos la busquen, se les impone en un anuncio, en un enlace, en un grupo de WhatsApp, en un video que alguien comparte porque le pareció gracioso.
Pero lo que están viendo no es inofensivo. Los estudios sobre el contenido más popular en plataformas pornográficas muestran que entre un tercio y el 90% de los videos más vistos incluyen violencia sexual o agresión. Las narrativas son consistentes: el sexo no es mutuo, las mujeres dicen que no pero disfrutan, la violencia es normal, el hombre hace lo que quiere. Eso es lo que los chicos están aprendiendo sobre el sexo antes de que nadie les haya explicado qué es el consentimiento.
Por eso, la conexión con el grooming no es abstracta. Los agresores usan pornografía como herramienta durante el proceso de manipulación: para normalizar lo que están pidiendo, para mostrarle al menor que "esto es lo que hacen todos" y así desensibilizarlo progresivamente. La pornografía no causa grooming de manera automática ni lineal, pero forma parte del ambiente cultural que lo hace posible y lo facilita.
Es por todo esto que la conversación sobre el caso de Independiente, no puede terminar en una noticia y una denuncia. Si termina ahí, nos estamos perdiendo la oportunidad de hacer algo más importante. Porque los chicos navegan en un entorno que no fue construido para protegerlos; y las plataformas tienen incentivos económicos para maximizar el tiempo en pantalla, no para proteger a un niño de doce años de un adulto con intenciones predatorias. La pornografía está disponible sin ningún filtro real desde edades que ningún adulto elegiría conscientemente. Y mientras eso no cambie, el grooming va a seguir siendo noticia. Y no como caso aislado, sino como la consecuencia esperable de un ambiente que todavía no decidimos cambiar. Así que nos toca preguntarnos: ¿Hasta cuándo?