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Silvia Kutika: "Vivimos una época dorada de la televisión argentina y eso hoy se extraña muchísimo"

La actriz Silvia Kutika recuerda cómo descubrió su vocación casi por accidente y reflexiona sobre el presente del teatro y la televisión argentina.

Silvia Kutika habla con la serenidad de quien atravesó décadas de trabajo, éxitos masivos y transformaciones profundas dentro de la industria audiovisual argentina. Dueña de una extensa trayectoria en televisión, cine y teatro, todavía conserva intacto el entusiasmo por actuar y la emoción de subirse a un escenario.

Silvia Kutika - Entrevista

Actualmente protagoniza El cuarto de Verónica, una obra de suspenso psicológico que desafía tanto a los actores como al público, y hace apenas dos semanas realizó la última función de Al fin y al cabo es mi vida, una intensa historia sobre la eutanasia y el derecho a decidir sobre la propia vida.

Aunque hoy resulta imposible pensarla fuera del mundo artístico, su camino hacia la actuación no fue lineal. Kutika estudiaba Biología en la Universidad de La Plata y comenzó a trabajar como modelo y actriz casi de casualidad, mientras intentaba costear sus estudios. Con el tiempo, una escena particular le reveló que había encontrado su verdadera pasión.

En esta entrevista, recuerda la época dorada de las telenovelas argentinas, habla de los cambios que trajeron las plataformas y explica por qué el teatro sigue siendo, para ella, una experiencia única e irreemplazable.

Del laboratorio al escenario

Quiero preguntarte, primero, si hubo algún momento en particular en el que dijiste: “La actuación es para mí”.

Silvia Kutika - El momento del "click"

—Sí, totalmente, lo tengo siempre grabado. De chica no me pasaba eso de querer ser actriz. Yo estudié Biología en La Plata, en el Museo de La Plata. Hice casi cuatro años, o sea que tenía la cabeza puesta en otro lugar totalmente distinto. Por circunstancias de la vida empecé a trabajar, a hacer algunas publicidades para poder bancarme los estudios.

Tenía una amiga que trabajaba en una agencia y le llevé unas fotos. Pensé: “Bueno, esto no va a salir”, pero si salía me venía muy bien. Empecé más como hobby, sobre todo para sostener los estudios de Biología. A mis papás se les había puesto un poco difícil económicamente, entonces dije: “Bueno, vamos a trabajar y estudiar”.

Y curiosamente me empezaron a llamar para hacer publicidades. Después, por esa misma agencia, entré en un concurso de belleza que se llamaba Siete Días, que era una revista muy conocida en ese momento. Salí primera princesa, me mandaron a Colombia y terminé siendo reina panamericana. A partir de ahí empecé a hacer tapas de revistas y otras cosas.

Después me llamaron de Calabromas. Me convocaron para participar y yo decía: “Pero no tengo la menor idea, no sé actuar”. Me dijeron que eran participaciones muy chiquitas y que las iba a poder hacer. Me hicieron una prueba para ver cómo leía el libreto y cómo me desenvolvía. Y zafé.

Nosotros venimos de una familia en la que mis viejos siempre nos decían: “Hay que prepararse, hay que estudiar”. Y yo me sentía muy sapo de otro pozo empezando a trabajar porque no tenía formación. Entonces empecé a estudiar con Lito Cruz.

Durante mucho tiempo, cuando me preguntaban mi profesión, yo decía “estudiante”, porque seguía en la facultad.

¿Tu cabeza seguía ahí?

—Claro. Y me daba vergüenza decir que era actriz. Sentía que me faltaba mucho, que no estaba preparada todavía, a pesar de que ya había empezado a estudiar actuación.

Y hubo una escena, no me acuerdo con qué actor —cada vez que lo cuento digo que me perdone—, pero era muy parecido a mi abuelo: alto, flaco, muy canoso, divino, un gran compañero. Hicimos una escena muy sentida, muy hermosa, y ahí se me hizo un clic. No sé qué pasó.

Dije: “No, esto es hermoso”. Mirá que ya venía trabajando, pero ahí apareció el enamoramiento. Ahí dije: “Yo quiero seguir esto”. Hasta entonces estaba con las dos carreras.

“Soy bastante kamikaze”

¿Y seguís enamorada de tu profesión?

—Sí, claro. Sí, sí, sí. La adoro, la verdad. Me encanta.

En ese momento de decidir, ¿tuviste miedo?

—No, soy bastante kamikaze. Soy bastante mandada. Las cosas que hay que decidir las pienso un poco, pero una vez que resolví, voy para adelante.

Después de eso dije: “Bueno, la carrera de bióloga va a ir más despacio”, porque cursaba en La Plata y era toda una historia. Pero esta profesión me fue tomando el corazón y la vida. Y dije: “Vamos por acá, vamos con todo, vamos a ponerle el alma y la vida”.

¿Tuviste algún rol que te marcó un antes y un después?

—Tuve varios. La gente me recuerda mucho por La banda del Golden Rocket, 90-60-90 Modelos, Vidas robadas, Tierra de amor y venganza. También El hombre que amo en cine, la película que hice con Darín, o La luna de Avellaneda.

Y en teatro ahora me están tocando personajes muy difíciles, que siempre le pedía al universo.

Desafiantes.

—Muy desafiantes. Y me fueron llegando. El cuarto de Verónica, por ejemplo, es una obra de suspenso y misterio, un género que no se hace mucho en teatro. Hay tres personajes totalmente desquiciados y uno de ellos es el mío. Yo dije: “Bueno, pedí tan fuerte que llegó”.

Después hice Espera en la oscuridad, donde interpretaba a una mujer ciega a la que entran a robarle a la casa. Y ahora hice Al fin y al cabo es mi vida, donde soy una escultora que queda cuadripléjica tras un accidente y decide tener una muerte digna.

Es una obra muy fuerte, muy reflexiva, que genera mucha controversia porque aparecen temas religiosos y éticos. La gente sale muy conmovida.

El teatro como ritual

¿Qué aprendiste de estos últimos roles y del teatro?

—Primero, que yo soy un bicho de tele y estoy hiperagradecida a la televisión. Pero el teatro tiene esa cosa del aquí y ahora.

Yo siempre digo que es como saltar adentro de una pileta y no sabés si tiene agua o no, y saltás igual. Es una locura, una cosa muy esquizofrénica. Pero tiene esa energía que se transmite entre el espectador y el actor.

Silvia Kutika - La Relación con el Público

La obra, aunque digas casi siempre lo mismo, nunca sale igual. Siempre hay algo en esa devolución del público que uno toma y modifica. Y a la inversa pasa lo mismo.

Llegar al teatro después de haber vivido todo un día, donde te pueden pasar millones de cosas, también te modifica mucho. Yo hago rituales para meterme en ese presente y estar ahí. Después hacés la obra y la vida sigue su curso.

Tengo muchísimo respeto por el escenario. Construir ese mundo fantástico y lograr que la gente entre ahí adentro me parece alucinante.

Que la gente también se sienta identificada.

—Sí. O en el caso de El cuarto de Verónica, que son personajes enfermos y asesinos seriales, no sé si identificados, ojalá que no mucho. (Risas). Pero sí muestra cómo una familia puede enfermarse cuando hay algo oscuro que no se trata.

La obra tiene muchísimos giros y el público se convierte casi en investigador privado, tratando de descubrir quién dice la verdad y quién no.

También el público hace una pausa de su vida para entrar en ese mundo.

—Exacto. Eso es lo maravilloso. Entramos todos en ese ritual y después seguimos con nuestras vidas. Pero lo que siempre deseo es que la gente no salga igual a como entró. Que algo se modifique, aunque sea el humor, o que se lleven preguntas.

La época dorada de las novelas

Vos viviste la época de los 40 puntos de rating en las novelas. ¿Qué aprendiste de esa televisión y cómo ves la televisión actual con las plataformas?

—Fue un cambio tremendo. Nosotros hacíamos 40 puntos de rating y si no hacías 30 te echaban. Pero había muchísimo trabajo. Entrabas a un canal y estaban todos los estudios llenos de actores, técnicos y directores.

Terminabas un programa y ya te llamaban para otro. Romay, por ejemplo, pasaba y te decía: “Piba, vení, terminás este personaje y mañana empezás otra tira”.

La televisión te enseñaba la inmediatez, porque a veces te daban las hojas de la escena en el momento y tenías que resolver rápido.

Y claro, los que somos más grandes extrañamos esa época dorada. Entrás a un canal y hay juegos, concursos… Me da pena que no puedan convivir las plataformas con la ficción nacional para televisión abierta.

Pero también entiendo que la tele está cambiando y hay que aggiornarse, aceptar estos cambios y no quedarse solamente en la melancolía.

“Éramos una familia”

¿Y extrañás algo de la televisión ahora que estás más enfocada en el teatro?

—Sí, muchísimo. Cada vez que voy a un canal extraño. Me encuentro con camarógrafos y técnicos con los que hice novelas y es muy emocionante.

Hoy los productos para plataformas duran dos o tres meses, salvo que haya varias temporadas. Antes hacíamos tiras de marzo a noviembre y se generaban vínculos muy fuertes.

Me acuerdo de 90-60-90: éramos más de treinta actores y festejábamos todos los cumpleaños. Entrábamos al estudio con globos, tortas, serpentinas… Éramos una familia.

Y mirando para atrás, si pudieras decirle algo a esa Silvia que recién arrancaba y tuvo ese clic en aquella escena, ¿qué le dirías?

—Que estuvo bien ser valiente. Porque hay un camino muy lindo recorrido y estoy muy agradecida por la decisión que tomó.