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Menos nacimientos, más adultos mayores: el nuevo desafío sanitario

La caída de la natalidad ya no es solo un fenómeno demográfico. La opinión del doctor Oscar Sagás.

La opinión del doctor Oscar Sagás sobre el envejecimiento poblacional. 

La opinión del doctor Oscar Sagás sobre el envejecimiento poblacional. 

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La caída de la natalidad ya no es solo un fenómeno demográfico. Argentina y Mendoza enfrentan un cambio poblacional que obligará a repensar maternidades, cuidados, enfermedades crónicas y la organización misma del sistema de salud.

La reciente publicación de El Mercurio de Chile, que describe cómo la caída sostenida de los nacimientos está obligando a hospitales y clínicas a replantear sus servicios de maternidad, vuelve a poner en agenda una realidad que trasciende fronteras. Lo que ocurre en Chile también ocurre en gran parte del mundo y comienza a hacerse cada vez más visible en Argentina y en nuestra provincia.

Durante décadas, el crecimiento poblacional fue una preocupación central de gobiernos y organismos internacionales. Hoy el escenario es diferente. Nacen menos niños, las familias son más pequeñas, la maternidad y la paternidad se postergan y la proporción de adultos mayores aumenta año tras año.

La transformación es profunda y responde a múltiples factores. La incertidumbre económica, las dificultades para acceder a la vivienda, los cambios en el mercado laboral, la prolongación de los estudios y las nuevas formas de organización familiar han modificado las decisiones reproductivas de millones de personas.

La maternidad dejó de ser una etapa asumida como inevitable para convertirse en una decisión que requiere condiciones materiales, estabilidad y proyectos de vida compatibles con la crianza. En muchos casos el deseo de tener hijos existe, pero las condiciones para concretarlo son cada vez más complejas.

Argentina ya se encuentra por debajo del nivel de reemplazo generacional y Mendoza acompaña esa tendencia. No se trata de una situación coyuntural ni de una oscilación estadística. Es una transición demográfica que marcará el funcionamiento de la sociedad durante las próximas décadas.

Sin embargo, el verdadero desafío no es solamente que nazcan menos niños. El gran cambio es que habrá más personas viviendo más años.

Desde la salud pública, esta realidad obliga a revisar prioridades. Menos nacimientos no significan menos responsabilidades en la atención materno-infantil. Por el contrario, exigen maternidades más seguras, mejores redes perinatales y una organización sanitaria capaz de garantizar calidad aun cuando disminuya el volumen de nacimientos.

Pero mientras la agenda materno-infantil sigue siendo necesaria, otra agenda avanza con rapidez: la del envejecimiento poblacional.

Más adultos mayores significan más enfermedades crónicas, más necesidad de rehabilitación, más demanda de medicamentos, más atención domiciliaria y más requerimientos de cuidados prolongados. También significan una presión creciente sobre los sistemas de salud, los sistemas previsionales y las propias familias.

Aquí aparece uno de los temas menos discutidos y posiblemente más importantes de los próximos años: la crisis de los cuidados.

Una sociedad con menos niños y más adultos mayores necesitará más personas dedicadas a cuidar. Más cuidadores formales, más apoyo domiciliario, más redes comunitarias y más servicios de acompañamiento. La pregunta ya no será únicamente cómo financiar la atención sanitaria, sino quién cuidará a quienes necesiten ayuda para vivir con dignidad durante períodos cada vez más prolongados.

La economía del cuidado, históricamente sostenida de manera silenciosa dentro de los hogares, pasará a ocupar un lugar central en la agenda pública. Y cuanto más se demore esta discusión, más difícil será responder a una demanda que crece de manera constante.

Existe además otro aspecto que suele pasar inadvertido. Los sistemas de salud deberán adaptarse no solo desde el punto de vista asistencial sino también desde la perspectiva de las personas. Una población más envejecida requerirá servicios accesibles, comprensibles y capaces de orientar adecuadamente a quienes los utilizan. La complejidad de los sistemas sanitarios no puede convertirse en una barrera adicional para quienes más los necesitan.

Por eso, la discusión sobre natalidad no debería reducirse a una cuestión ideológica ni a una simple preocupación por las estadísticas demográficas. Lo que está en juego es la capacidad de anticipar cómo será la sociedad de las próximas décadas y cómo deberán adaptarse las políticas públicas para responder a esa nueva realidad.

Durante gran parte del siglo XX los sistemas de salud se prepararon para atender una población que crecía y era relativamente joven. El desafío del siglo XXI será diferente: atender una población que crece menos, vive más y necesita cuidados durante más tiempo.

La pregunta ya no es cuántos habitantes tendremos. La verdadera pregunta es si estamos preparados para acompañarlos a lo largo de toda su vida.

La demografía cambia lentamente, pero cuando cambia transforma la educación, el empleo, la economía, las familias y la salud. El futuro demográfico ya comenzó. Comprenderlo y planificarlo a tiempo será una de las tareas más importantes de las políticas públicas de las próximas décadas.