Silvia Azaguate, mujer huarpe, cacique empoderada de la tierra baldía
En el secano de Lavalle, campo yermo del límite entre Mendoza y San Juan, hay una mujer huarpe que siente que arde la vida y debemos preservarla.
Silvia Azaguate, mujer de las tierras huarpes, donde arde la vida. Foto Ulises Naranjo
Silvia Azaguate es una mujer valiente, pero el reconocimiento es relativo, porque allí donde ella vive no se sabe ser de otra manera. Silvia es hija del desierto, ahora llamado secano, aunque los lugareños desde siempre le han dicho “el campo”. Se trata de un paraíso, en agonía constante, donde esta mujer huarpe y su familia sienten que arde la vida.
Los huarpes, sabemos, son el pueblo originario que lleva unos mil quinientos años en Cuyo. Han vivido de todo y estos últimos años han sido especialmente dramáticos en cuanto a cambios en el modo de vivir. Estamos en una comunidad originaria, la del paraje El Puerto, en el límite mismo entre las provincias de Mendoza y San Juan.
Aquí, todo comenzó a ser todo distinto a ser distinto, con la llegada de la conquista española, desde fines del siglo XVI, que exterminó a decenas de miles de huarpes, especialmente, llevándoselos prisioneros a Chile, para trabajar en lavaderos de oro, actividades agrícolas y luego, en minas de cobre. Fue un genocidio en cámara lenta que continuó, incluso, en el siglo XX, cuando los mendocinos les quitamos el agua que abundaba en la región. Decenas de enormes lagunas y de ríos se secaron, porque esa agua se destinó al desarrollo de la Ciudad de Mendoza. Los bosques fueron talados y usados para la construcción del ferrocarril y como combustible para el desarrollo urbano.
Mas temprano que tarde, las lagunas y los ríos se secaron y aquel paraíso comenzó a ser definido, a ser vivido, a partir de su ausencia. En la segunda mitad del siglo XX, se construyó la ruta 142 y el puente sobre el cauce del río San Juan, ya prácticamente seco, que la conecta con El Encón. Luego llegó la electricidad, la creación de la escuela “Máximo Arias” y no hace mucho el agua por cañerías que, aunque con mucho arsénico, más del debido, es agua al fin.
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Silvia es protagonista, cabeza de clan familiar, cacique por imposición, testigo a quemarropa de esta metáfora de nuestra historia que es aquella tierra despojada de irrigación y de derechos.
Los huarpes, ante el futuro
Ahora, llegan nuevos avances, que son también desafíos para las familias huarpes. Hay una mayor comunicación gracias a la presencia de un servicio de internet y teléfonos celulares, las plataformas de streaming y videojuegos para smartphones y pantallas planas, pero también una amenaza para niños y jóvenes de desconexión con el pulso vital habitual, la vivencia de la naturaleza y los modos de vincularse con ella y con las personas de la comunidad.
En este contexto, como en tantos, la presencia de la mujer surge especialmente con rectora de las buenas prácticas y también como protectoras de los bienes culturales y la memoria del pueblo huarpe, ese que no resigna a ser pasto del olvido. Silvia Azaguate, en este sentido, es protagonista en esta batalla por la conservación de la identidad originaria.
“Hay que poner límites a los niños con las pantallas y transmitirles lo que sabemos, lo que nos enseñaron nuestros mayores. Es bueno estar comunicados, pero no podemos olvidarnos de quiénes somos”, explica Silvia.
Aprendizaje de mujer huarpe
- Soy nacida y criada acá, en El Puerto. Nací en la casa de mi madre, en su cama, en la casa, atendida por otras mujeres de la familia. Mi mamá es doña Nena y mi padre, Ramón Azaguate. Ellos han vivido toda la vida aquí, criando animales y tejiendo en el telar de palos que clavamos en el piso. Acá todos nos vamos enseñando todo.
- ¿Cómo aprendiste a leer y a escribir?
- Cuando era niña, no había ruta ni puente para cruzar el río. Nosotros aprendimos a leer y a escribir porque mi padre Ramón nos cruzaba el río en un botecito y de ahí caminábamos varios kilómetros hasta la escuela de El Encón, en San Juan. Cuando salíamos de la escuela, corríamos hasta la orilla del río y empezábamos a gritarle a mi padre para que nos viniera a buscar, en verano y en invierno.
- Así, te pudiste educar…
- Sí, pero no tuve la oportunidad de seguir estudiando, porque había que irse a la Ciudad de Mendoza, 150 kilómetros, y nos faltó siempre la moneda. Con los años se armó una escuelita primaria acá y pusieron un secundario semipresencial. Gracias a eso, ya con hijos, pude cumplir mi sueño de hacer la secundaria. Y conseguí el trabajo de celadora. En una época cerraron la escuela y me mandaron a trabajar a Corralitos, como a 120 kilómetros de acá. Igual iba como podía todos los días. Me pasaba el día viajando para no perder ese sueldo.
Está anocheciendo, con el cielo cerrado que amenaza con llovizna, ojalá se cumpla esa amenaza. Aquí, en el campo, la única hidratación posible se da con la lluvia y, cuando es de noche y hay fogón y guitarras, las personas también se hidratan si pueden.
Por eso, con Silvia estamos bebiendo mientras charlamos y dejamos que la noche nos atrape. Estamos en Huentota, “lugar de aguas bajas”: así llamaban los mayores a la región, donde empieza a llover y los niños de la familia salen “al patio” y levantan las caras para que las gotas les peguen casi sin ruido, mientras Pablo, su marido, en silencio controla las carnes que arden sobre la parrilla. Pablo todo lo hace en silencio y con una sonrisa.
Tan bravo era el río que se la llevó
A metros de nosotros agoniza el cauce del río San Juan, un enorme cauce casi seco que delata lo abundante y generoso que era este río. Silvia todavía recuerda aquellos tiempos, por lo que alcanzó a ver y por lo que les contaron los mayores, siempre alrededor del fuego.
- Tan bravo era el río, que mi abuela Esther fue a buscar agua y se la llevó el río. No la vimos nunca más.
Así era de bravo el río San Juan, que, ahora, no llega ni a las rodillas a Silvia: un río que tiembla como un pájaro tras los dersarrollos urbanos y las explotaciones mineras en los Andes sanjuaninos. Antes, tan grande era el río que para cruzarlo, los viejos construyeron tremendo bote. Así le llamaban bote: troncos atados y forrados con cueros de vacas y con una baranda y así, resolvían el comercio de una margen a la otra.
- Era un bote de doce metros de largo y no tenía remos: era cruzado a nado. Había un equipo de hombres, nadadores expertos que sabían cómo hacer para cruzar el bote. A veces, lo llenaban de animales vivos y los pasaban de un lado al otro. O de carbón y de leña.
Hasta allí, hasta El Puerto (de aquí el nombre del paraje) llegaban pesados carros tirados por mulas. De Mendoza a San Juan iba el carbón y la leña. De San Juan para acá, venían vegetales frescos, harinas, herramientas, muebles.
- Mucho tiempo después pusieron un cable de acero de un lado a otro y tiraban de sogas, pero al principio había nadadores expertos. El río a veces venía con crecidas. Una vez, hace más de cuarenta años, una crecida nos inundó la casa y tuvimos que tirarla y hacerla de nuevo.
- ¿Quién estaba a cargo del puerto?
- Una mujer, una Azaguate: doña Matilde. Vivía sola en un rancho junto al puerto y organizaba la actividad económica. Todos le tenían respeto y vivió y murió sola. Todavía quedan palos en pie de aquel rancho, hacia el sur.
La noche y el día
La noche termina de cerrarse y comienza a llover. Hay que dormir, no hará falta soñar: el desierto te calma, suspende los anhelos. Hasta mañana.
Ahora, resulta que ha amanecido y, después de los mates junto al fuego, un grupo de niños hermosos y salvajes dirigen una expedición hacia el sur, hasta el rancho de doña Matilde. Sólo los niños y los animales saben salir del laberinto, como aquel de Borges, “donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso”.
En el camino, jugamos a la mancha, nos revolcamos en las dunas, tocamos el verde imposible de los troncos de chañar y nos sacamos fotos, divertidos y transpirados. Silvia los ha dejado hacer, porque sabe que ellos saben caminar el laberinto y seguir las huellas de animales y reconocer las dunas más altas. En tanto, ella, junto a su pareja, atienden asuntos de chivos a las brasas y pastelitos de carne al disco, exquisiteces que supieron conseguir y sabrán compartir.
Vidas de mujeres
Silvia es producto de la tierra que la parió. Ella -cualquier mujer por aquí- ha sido matrona y ayudado a traer niños al mundo y enterrado con sus manos a los mayores, envueltos en mortajas. Las mujeres huarpes son las que sostienen el reino, aquí donde florece la carencia y abunda la sequedad, ellas son pura abundancia, matriarcas de estupenda fertilidad, garantía de humedad, gerentes de lo poco y dadoras de amor constante.
- Acá entre las mujeres nos fuimos enseñando cómo ayudar en el parto. Yo estuve en los partos de mi hermana y mi cuñada, con mi madre, doña Nena. Ahora, hay más comunicación, la ruta asfaltada y una posta sanitaria a 17 kilómetros en La Majada. Si no, está El Encón, pero ahora conseguir un turno médico en El Encón es imposible, no vale ni la pena intentarlo.
- ¿A qué jugaban ustedes en la infancia?
- Nosotros nunca tuvimos juguetes. Acá no llegaban. Jugábamos a hacer casas en los árboles o con latitas de picadillo o huesos de animales y muñecos de trapo que hacía mi mamá. Fue una infancia difícil, pero linda.
- ¿Y cómo hacían para no perderse acá, con lo fácil que es perderse?
- A nosotros desde que nacemos nos enseñan los puntos cardinales y las zonas de pastoreo o cómo orientarnos. Así vamos conociendo lugar por lugar, lo que nosotros llamamos “los puntos del campo”. Por ejemplo, acá todos sabemos que varios kilómetros al sur hay un punto que se llama “El Troncoso”, es un punto en alto con un tronco viejo. Hay otro que se llama “La bebida”, junto al río y se llama así porque antes había una surgente. Más abajo hay otro punto que se llama “El pozo con Carrizo”, que es una aguada donde llevamos los animales a beber. Ahí hay un ojo de mar, una vertiente de la que sale agua como la del mar, con sal. Y si vos hacés un pocito al lado, podés sacar agua dulce. Es un misterio y siempre está vertiendo por un lado, junto a un algarrobo. Nuestros abuelos nos enseñaron que no tiene fin, no tiene fondo. Nosotros, típicos niños, jugábamos a ver quién se hundía más hondo, pero la sal que tiene y la presión no te deja, te tira para arriba.
- ¿Ha cambiado mucho El Puerto en estos últimos años?
- Además de la ruta y la electricidad, tenemos agua por cañería; antes había que hacer pozos hasta encontrarla y ponerla en un filtro para poder potabilizarla un poco y tomar o juntar agua de lluvia cuando llovía. Ahora, hay que sumar los adelantos que hay con los teléfonos celulares, internet, televisión satelital quien puede pagar. Por un lado está bien, pero por otro lado los niños se pegan mucho a los teléfonos. Hay más comunicación ahora y más si hay urgencias, pero hay que ponerle límites a los chicos para que no se peguen al teléfono o la televisión todo el día.
- ¿Tienen posibilidad de estudiar una carrera tus hijos?
- Y, más que antes sí, porque hay más comunicación, pero tienen que irse a la ciudad. La mayoría se van y prueban con trabajar allá, pero es difícil pagando un alquiler e intentando estudiar algo. Muchos se vuelven y se quedan acá viviendo de los animales y un poquito del junquillo, pero nos pagan 80 pesos por atado, nada.
- Uno de tus hijos me dijo que son como quince hermanos.
- Yo tengo cuatro hijos de antes; mi marido tiene siete de antes y de nosotros tenemos dos. Y hay que sumar a dos gemelas, que murieron al nacer. Son quince en total y trece los hermanos vivos, nuestra familia.
El tesoro es la memoria
No será una despedida con estruendo. Habrá, sí, abrazos largos y promesas de volver a vernos, tal vez en agosto. Apenas dos días en el campo, caemos en la cuenta, nos cambian la velocidad en la mirada. Estamos más serenos, agradecidos, tristes tal vez, por tanto escuchar tristes tonadas enamoradas y tantas anécdotas casi perdidas.
- Me has hecho hablar un montón.
- Es que son duros y hermosos tus recuerdos, Silvia…
- Todo eso no tiene que perderse. Mirá, por ejemplo: mi madre aprendió a tejer en el telar gracias a la abuela Esther. Mi madre lo enseñó a mi hermana y a mí. Yo ya se lo pasé a mis hijas. Hacemos de todo: ponchos, cubrecamas, frazadas, alfombras, sobrepié, alforjas y peleros para ensillar los caballos. Esto tampoco tiene que perderse.
- Las mujeres guardan la memoria…
- Ojo, los hombres también. Aunque te parezca raro, los muchachos también han aprendido a tejer en el telar. Hasta mi marido, que es albañil, aprendió a tejer con nosotras. Y los niños más chicos ya saben que tendrán que aprender. Son cosas de la familia.
Ulises Naranjo (texto y fotos)






