Sobrevivir a la pandemia y al duro abandono en el secano mendocino

Sobrevivir a la pandemia y al duro abandono en el secano mendocino

El 'desierto' mendocino es escenario de ausencias. Quienes viven en el límite norte, encuentran en San Juan salud, educación, alimentos y combustible. Ahora, tienen la frontera sellada y la ayuda desde Mendoza no es suficiente. Por causa del virus, están más aislados y en riesgo que de costumbre.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Viven aislados, no desde ahora, sino de siempre. Antes del virus, al menos durante 200 años, se armaron de anticuerpos para sobrevivir a durísimas inclemencias que se les volvieron habituales: soportar invasiones extranjeras, perder todo derecho, ser esclavizados laboralmente, soportar aniquilaciones y deslegitimaciones culturales y, más recientemente, persistir –de generación en generación– en una zona en las que muy pocos persistirían, tolerar fríos y calores extremos, beber agua con altas dosis de arsénico, carecer de acceso a la salud y a la debida educación, carecer de alimentos frescos, de hogares confortables, de apropiadas señales de comunicación, de actualizarse a la distancia y a los ponchazos a un mundo loco, casi incomprensible, de criar animales de pastos duros y alta resistencia a la sed, de bregar porque no se pierdan las prácticas culturales que les dieron identidad.

Ahora, con la pandemia, el aislamiento se ha profundizado hasta límites dramáticos y, a la vez, como siempre, silenciosos. Como si todo fuera poco, ahora comienza la etapa más brava de la sequía, que durará meses. 

Lavalle, como sabemos, limita en nuestro norte con San Juan. Varias de las comunidades de la zona tienen al pueblo sanjuanino de El Encón como centro de referencia para casi todo: almacenes, escuelas, centro de salud, provisión de combustible, comedor, gomería, centro comunitario. Viven en El Encón unas 400 personas, que ahora se aferran a un privilegio que defienden con uñas y dientes: no hay, en el pueblo, ningún caso de coronavirus. Por eso, están especialmente recelosos y activos en esto de que las fronteras permanezcan cerradas, lo cual significa que no ingresen personas desde Mendoza y San Luis. Tienen miedo y no lo ocultan y, como en una película de suspenso, todo lo ajeno se torna en sinónimo de contagioso. 

Así las cosas, habitantes mendocinos de comunidades como El Puerto, San Miguel, La Majada, El Retamo y Lagunita y otras, han quedado aún más aisladas de lo que siempre están. A su vez, la gente de El Encón también tiene miedo si mira hacia su provincia: cerca, a 86 kilómetros, hay una gran ciudad, Caucete, donde hay alrededor de 150 casos de coronavirus y muertos y, naturalmente, conciencia un tanto más relajada en los ciudadanos, respecto de los cuidados de uno mismo y los demás. 

Para los mendocinos, es muy común tener familiares en Encón. Sin virus, el pueblo sanjuanino sirve como centro social y de esparcimiento: se puede ir a caballo o en bicicleta o caminando (sólo hay que llegar hasta el río, casi seco, y atravesarlo); se puede también ir a tomar un helado, una cerveza o un cafecito al costado de la ruta, comprar un chivo faenado, tomates y lechugas frescos y conversar con alguien en las esquinas o tomar mates en las veredas, mientras algún camionero se detiene a comprar café de termo con tortitas con chicharrones o alguna bebida fresca. Incluso, si los jóvenes tienen buena fortuna, pueden encontrar una pareja –que muy posiblemente, directa o indirectamente, será pariente de la familia– para destejer el tiempo, hacer silencios por las noches y esperar que lleguen los niños que ayudarán con los trabajos y los días.

Ahora, resulta que anda dando vueltas un virus, una diminuta y casi inexplicable forma de vida, llegada de un país igualmente inexplicable y con una asombrosa vocación por su propia supervivencia. Entonces, toda actividad en la región se encuentra bloqueada y han aparecido personas vestidas como astronautas y los vecinos cierran puertas y ventanas, como si afuera pasara el Carrusel de la Muerte, y se amparan, quienes creen, orando con barbijos, en la Difunta Correa, Ceferino Namuncurá, la Salamanca, la santa guerrera Martina Chapanay, San Expedito, el Gauchito Gil y Gilda, que aún no se arrepiente de este amor.

En síntesis, donde poco sucede, no pasa nada de nada: “Sentimos como si viviéramos en la frontera entre México y Estados Unidos. Nos sentimos solos y discriminados. Se hace muy difícil vivir así”, comenta Aníbal Godoy, habitante de El Puerto mendocino. No obstante, el despojo que experimenta comenzó antes, mucho antes.

El gran saqueo a Huanacache

Comencemos de nuevo: son mendocinos viviendo en el medio de la nada, pero el medio de la nada, para ellos, es el medio del todo. Allí, en la zona de Huanacache, en el saqueado norte de Mendoza, generaciones tras generaciones, los pueblos originarios de Mendoza disfrutaron de un paraíso que duró hasta que, desde el siglo XIX, los mendocinos comenzamos a construir una gran ciudad y les quitamos el agua. Así de simple. 

Allí, había racimos de lagunas plenas de peces, ríos navegables, canoas para pescar, bosques interminables de algarrobo -que fueron talados para construir ferrocarriles, muebles y calefaccionar hogares citadinos- y atardeceres que se replicaban con tiritones en el agua. 

Huarpes (foto Archivo Histórico).

Del lado sanjuanino, bajaba el brioso río San Juan, que traía tanta agua que era temido por su bravura. Para sortearlo, del lado mendocino construyeron un puerto y, bueno, creció un pueblo: El Puerto. Todo esto duró hasta que, de ambos lados, Mendoza y San Juan tomaron para sí los destinos del agua, como botín de los industrializados.

El río San Juan ya dejó de traer agua cuando, decimos aquí, instalaron la minera Barrick montaña arriba. Ahí dejó de pasar el agua y ahí se completó el daño. Ahora, lo que parece agua bajando, son efluentes cloacales”, refiere Aníbal, a partir de la información que maneja, respecto de las consecuencias que las actividades de grandes urbes y grandes mineras ocasionan habitualmente.

Tanto las aguas mendocinas como las sanjuaninas desembocaban en el río Desagüadero; ahora, también, ya sin líquido que desaguar: hay polvo y más polvo. Lo que eran ríos, ahora son cicatrices. 

La sequedad de los caminos y las lagunas (Huellas Cuyanas)

Miren Huanacache: donde había paraíso, ahora hay gigantescos hoyos secos, a lo sumo humedal, vientres abiertos, muertos de sed mirando al sordo cielo. Ahora, hay un todo diferente: secano, tierra yerma, ausencia de agua y de recursos para vivir con dignidad. Sin embargo, y he aquí la belleza de las cosas, los habitantes siguen haciéndose llamar “laguneros”. Se trata de 2000 personas, la mayoría parte integrante de 11 comunidades huarpes, repartidas, en unos 9.500 kilómetros cuadrados, a la buena de Dios, en un ecosistema atestado de ausencia, urden sus explicaciones de la existencia.

Aquí tenemos, por ejemplo, El Puerto. Repitámoslo: cuando el agua corría, había un puerto e incluso había quienes se ganaban la vida con sus grandes balsas, pasando a personas y animales de corral de una orilla a la otra, sobre corrientes embravecidas, jalando de cuerdas. Existía también el prestigio de los nadadores que podían pasar de un lado a otro sin morir en el intento y los mayores, todavía recuerdan imágenes de parientes ahogándose, al igual que vacas y chivos, corriente abajo.

Ahora, El Puerto es un puñado de puestos -ranchos– con gente viviendo sobre el extenso y duro cuero del olvido.

Así luce, por estos días, el otrora bravo río que separa Mendoza de San Juan (Gentilieza Aníbal Godoy).

Aníbal Godoy, su familia y El Puerto

Aníbal es celador de una escuela secundaria rural en San Miguel (casi en el punto de unión entre Mendoza, San Juan y San Luis) y vive en El Puerto, con su esposa, Luisa. Tienen tres hijos grandes ya: Griselda, Maira y Pedro, el menor, que ya tiene 19 años y estudia su último año de secundario en El Encón sanjuanino. Su mujer hace artesanías huarpes en lana y las vende.

- ¿Cómo están viviendo el aislamiento?

- Y, aislados. Desde El Encón nos dijeron que no podemos ir más; estamos prohibidos en San Juan. Parece la frontera de México con Estados Unidos. Allí tenemos todo: los almacenes, el centro de salud, carnicería y verdulería, escuelas para los chicos, estación de servicio y las ambulancias para los enfermos. Y además, por acá, todos tenemos parientes en El Encón. Y a los de Mendoza, les quedamos muy lejos.

- Pero ustedes son mendocinos…

- Sí. 

- ¿Y cómo hacen cuando se enferman?

- Y, ahora no hacemos nada: no hay que enfermarse. Cada 15 días pasa una doctora que va a San Miguel, haciendo recorrido hasta La Majada, que está aquí cerca, a 17 kilómetros. Ella es enviada por el área de Salud de Lavalle y, a veces se para acá para darnos una mano y atender gente, porque es muy buena, pero no porque le estén pagando por atender a nuestra comunidad. Hemos pedido que habiliten una posta sanitaria que alguna vez amigos construyeron acá y que la doctora se quede al menos un día entero atendiendo. Pedimos al ministerio la habilitación, pero no tuvimos respuesta.

- ¿Cómo hacen para proveerse de comida, quedando tan lejos Costa de Araujo y teniendo el límite interprovincial bloqueado?

- Aquí en El Puerto queda un almacén y el municipio les puso una camioneta a los dueños para ir a buscar mercadería a Mendoza, con la promesa de que la venda más barata. Y no le voy a negar que hay algún contrabando desde El Encón que trae algo de verdura fresca. Los vecinos armamos una lista con el pedido de cada uno y vemos qué se consigue y repartimos entre todos. Así vamos tirando. 

La familia Godoy: Aníbal, Pedro, Luisa, Maira y Griselda (Gentilieza Aníbal Godoy). 

- Aníbal, cuénteme sobre la cuestión educativa. ¿Los niños y jóvenes están teniendo clases?

- Les están mandando cartillas por vía virtual. En algunos lugares, como acá, hay señal. Otros se suben a árboles, techos o a médanos y consiguen algo de señal también. En San Miguel, hay una escuela secundaria y el 20 de agosto estuvo la directora repartiendo cartillas en papel y los bolsones de comida para los chicos, que se los dan mensualmente. Allí hay señal y muchos van hasta la escuela para comunicarse con sus familias. Yo tengo un hijo en el último año del secundario en El Encón y la directora no puede darles clases a muchos alumnos. Es una escuela de frontera y se resuelve lo que se puede con la vía virtual. Y los chicos que están más adentro del secano, no tienen ninguna señal y no me imagino cómo estarán haciendo con la escuela. 

Escuela Máximo Arias, de El Puerto (Gentiileza Municipalidad de Lavalle). 

- ¿Qué tan buena señal de teléfonos y acceso a Internet hay en las comunidades más grandes de su zona, como San Miguel y El Puerto?

- Aquí en El Puerto hay una antena a un kilómetro, por eso, tenemos señal de wi-fi, pero pasando de San Miguel a Lagunita y todas las otras zonas, ya no tienen señal. Allí tienen algunos teléfonos y se tienen que ir hasta las escuelas-albergue, donde hay señal satelital, pero no es buena. Si hay dos o tres conectados, ya pierden la señal. Se tienen que subir al techo de la escuela o a un médano o a un árbol un poco alto, que no hay mucho, para comunicarse. Y hay lugares como El Retamo, que directamente no tienen ninguna señal. En el secano, hacen falta muchas antenas.  

- Y en cuanto a movilidad, ¿hay vehículos disponibles para urgencias?

- Muchos tenemos auto y los que no, nos vamos organizando y nos avisamos si alguien se va a ir hasta Costa de Araujo (más de 90 kilómetros). La municipalidad nos ha dado ayuda con algo de combustible. Y cada 15 días entra un colectivo, que entra el martes y se vuelve el miércoles por la mañana, los deja a todos y los trae de vuelta el miércoles a la tarde y se va (ahora, la comuna prueba un sistema semanal, con salidas según números de documentos). Si hay una urgencia de salud, hay una radio en el control policial. Acá, como en todos lados, los que más sufren son los de más bajos recursos. 

- Cuando no había coronavirus, ¿a qué iban a Encón?

- Lo más importante son los afectos, acá somos todos como una gran familia. Todos tenemos familia allá y la visitábamos. Yo, por ejemplo, tengo una hija en Encón. Somos todos amigos. Los chicos van allá a jugar a la pelota. Allá hacemos las juntadas, porque nos conocemos todos, hay mucho pariente. Y allá tenemos las carnicerías, las verdulerías, la salud, las escuelas, las juntadas de los chicos a tomar una gaseosa. Por eso, hay malestar porque no los dejan pasar, pero allá tienen miedo también. Y nos vamos acostumbrando y los parientes que hay allá, se vienen por las noches de contrabando para que nos veamos. Y hay problemas también con los que trabajan allá y viven acá y viceversa. Mi hija vive en El Encón, pero trabaja en el control de Iscamen de Mendoza y tuvo que abandonar la casa allá, para no perder el trabajo, porque tiene una beba de ocho meses. Y un par de muchachos que viven acá y trabajan allá han tenido que buscar donde quedarse para no perder el trabajo. Nosotros nos sentimos discriminados, porque hasta en el centro de salud nos dijeron que no iban a atendernos a los mendocinos, porque estábamos infectados, porque teníamos el tema del virus. 

Aníbal Godoy, puestero, celador y buena persona (Gentilieza Aníbal Godoy). 

- ¿Y cómo está el tema del agua, sigue saliendo agua de las mangueras?

- Sí, sigue llegando. El acueducto viene desde Gustavo André. Llega hasta El Forzudo, pasa por San Miguel y llega para acá. El agua, como siempre, están con un poco de arsénico… Nos han dicho que el agua no es apta para el consumo humano, pero no nos queda otra que tomarla, nomás. Encima, nos han llevado la cuota más arriba. Ahora, la aumentaron otra vez y tenemos que pagar 510 pesos por esa agua, que la seguimos tomando. ¿Tiene arsénico? Sí, pero qué le vamos a hacer. Es mejor a no tener nada de agua para tomar.

- ¿Y le dan de esa agua a los animales también?

- Nos dicen que no les demos, porque no se puede derrochar. Nos dan 24000 litros por mes de esa agua para todo y nos han puesto medidores. Algunos intentan hacer pozos. Al que pillan dándole esa agua a los animales, la Asociación del Agua Potable de Gustavo André le hacen multas o les cortan el agua. Así es que es un quilombo el tema. Y no vemos que esté resuelto el tema del arsénico, lo que no hace potable al agua.

Los animales beben agua con efluentes cloacales.

- ¿Y por el río San Juan pasa el agua? ¿Sirve esa agua para los animales al menos?

- El río no trae agua, eso que se ve es de las cloacas de San Juan. Los animales la toman, pero no está buena. Si llegase a pasar agua, cambia la vida por acá. Hicieron diques grandes arriba y usan muca agua en la minería, por eso no largan el agua, todo se lo lleva lo que es la  minería, con la Barrick la famosa minera que hay allá. Sería una bendición de Dios que largaran toda esa agua. Tendríamos agua para los animales, porque antes había pasturas por la cantidad de agua que venía.

- ¿Por qué persiste en vivir en El Puerto, con todas las dificultades que tienen?

- Con mi mujer, somos nacidos y críados acá. Somos de toda la vida de acá, por eso nos quedamos. 20 kilómetros más al sur tuve mi infancia, en medio del desierto. Hice mi escuela en El Encón y allí nos juntábamos los sábados, a bailar. Mi señora vivía acá nomás, por la orilla del río, a 20 kilómetros de El Puerto. Y nos conocimos. Y nos casamos y formamos una familia. Nos gusta la tranquilidad que hay acá. Alguna vez estuve trabajando en Mendoza, pero me gusta más acá.

- Quiero agradecerle el tiempo que me ha concedido…

- Igualmente. Me gustaría invitarlo a mi casa. Somos humildes, pero puedo hacerle conocer lugares y disfrutar de algún chivo o unas empanadas que hace mi mujer. Usted, don Ulises, se viene acá y le pregunta a cualquiera por la familia Godoy.

- Va a ser un gran gusto, Aníbal, muchas gracias.

- Gracias a usted.

Ulises Naranjo (texto y fotos) 

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