Se fue un prócer, nuestro prócer, el de los desposeídos
Nos adoptó. Nos conquistó. Nos independizó. Nos hizo sentir libres. Nos dio una bandera y muchos himnos. Y nos marcó, para siempre…
Carlos Solari.
FiloHoy se nos fue un padre, un amigo, un hermano, un compañero. Nos dejó un referente, un ídolo, un faro. Partió un genio, un prodigio, un maestro. Que traspasó todo ámbito, todo pensamiento, todo arquetipo. Se fue un prócer.
Amado y venerado, odiado y repudiado. Pero único, transparente, puro. Su obra, acaso una de las más impactantes de la historia del arte, deja un legado insuperable, incomparable. Nos adoptó.
Porque si existe algo que hizo sin ningún tipo de reciprocidad fue cambiarnos la vida. Con cada canción, cada letra, cada frase y cada palabra, se transformó en una fiel compañía en los momentos más felices y en un abrazo contenedor en las situaciones más difíciles. Nos conquistó.
Trascendió todo lo que pueda imaginarse. Sonó en las casas más humildes y en las mansiones más lujosas. Pasó por los tablones, los barrios y el barro. Retumbó en los antros más oscuros y en los estadios más impresionantes. Nos independizó.
Y en su gesta, su epopeya y su proeza, llevó de la mano a miles de pibas y pibes que encontraron en su voz una salida ante tanto cambalache, una puerta abierta ante tanto candado, una bocanada de aire fresco frente a tanto cerebro cromañón. Nos hizo sentir libres.
Porque su creación, tan maravillosa como inigualable, también deja un símbolo muy presente. En cada trapo, en cada bandera, en cada melodía. Una declaración de amor. Y siempre con la espada, con la pluma y la palabra.
Y nos marcó, para siempre, para el resto de nuestros días. Para cada lágrima, cada risa y cada momento que nos quede por vivir. Porque siempre se van los buenos. Y hoy se nos fue un prócer, nuestro prócer.