¿Qué es eso de querer separar a Mendoza del resto del país?

Leandro Hidalgo, sociólogo y escritor, deja su visión acerca de un rumor separatista que se presenta como disparatado, pero no por eso deja de tener sus adhesiones. Para él, este intento de segregacionismo es un ejemplo de la "Mendoza pandita". 

leandro hidalgo

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Me pregunto qué hechizo, informático, informativo, informe, cae sobre esta reproducción, la de separar a Mendoza de las demás provincias, y erigirse así en una suerte de “tierra privilegiada y trabajadora”, porque no eligió en las últimas elecciones como las mayorías. El planteamiento no es inventarse un mundo nuevo, sino reproducir (se) y vivir en uno que ya fue interpretado. Una aspiración exacerbada de la diferencia, de la intolerancia, de corte antidemocrático y totalitario (Maristella Svampa decía que el totalitarismo es, antes que nada, un orden instaurado en vías de la producción social de individuos). 

La conformación de las preguntas, la investigación, el diagnóstico en la democracia, generalmente se hace sobre formas sociales que no están explicitadas, sino que aparecen de una forma general, como conciencia social primero, como máscara después que viene a recubrir lo que está bajo los hábitos, tras la práctica, pero acá se presenta sin el envoltorio, absolutamente desvestido y diáfano.

Resulta sorprendente que esta parodia de la separación, muestre sin velo al objeto y lo deje desnudo delante de los ojos de todos. Sin dudas en los últimos años la fórmula “cambiemos” interpeló exitosamente a un grupo heterogéneo de personas, con un fuerte sesgo individualista, que se siente portadora de valores, que se siente merecedora de algo diferente, que siente una superioridad moral frente a cada coyuntura, que se siente darwinista por el sudor de su frente, que se siente, que se siente, que se siente. El actual votante-consumidor, que rechaza la política (o que la detesta), que no está interesado en la conformación de lo comunitario, sí reacciona, sí se queja, sí se escandaliza con patrones forjados siempre por otros (cuándo hay que enojarse y por qué, cuándo dejarlo pasar, de qué hablar, qué no saber, y así), continuamente simbolizando una exclusividad, una demarcación, que fortalece un modelo de autonomía de “puertas adentro”. Este es uno de los puntos que se me ocurre posibilitan este chiste, esta ironía, no sé cómo llamarlo: #mendoexit. Nosotros y ellos.

La separación como ente autónomo, es la imagen de un espacio reglado por ellos mismos, casi carcelario, caracterizado por todos los procesos de privatización históricos en la Argentina, hasta los difundidos lemas de que en lo público se cae y lo privado se elige. También es el fortalecimiento del vacío, de las posibilidades que puede brindar el vacío cuando se tiene wifi en el living y 4g en el celular, y el colapso de los antiguos modelos de socialización, diversos y heterogéneos.

Las redes sociales, los nuevos faros optimistas, los gurúes del acting y la pulcritud, y otros, lograron imantar una serie de elementos alrededor de los cuales gira toda su despolitización, el auge del coaching, del marketing, del hastag, el cliché, la pereza intelectual para pensar los fenómenos socioculturales, o simplemente su imposibilidad. Todo parece circular por vía emocional, todo parece que pero no es, parece que se sabe, parece que youtube, parece que la tele, parece que las redes, otra vez, parece, parece, parece, y en verdad el conocimiento social, conlleva mucho esfuerzo y mucho tiempo, aunque sigamos resistiendo en las aulas, como menciona el profesor Manuel Becerra, y sigamos intentando mostrar la complejidad del mundo allí, a contramano del simple entretenimiento.

Se escribe ahora que el tiempo viene cortado en microrodajas digitales y predigeridas. Es difícil. Existen individuos aislados, que no se sienten parte de una identidad colectiva, sino que en su propia imagen se figuran como el emprendedor/a legítimo y productivo que todo país de bien necesitaría (así es como Mendoza podría subsistir por sí sola). En la época del sé tú mismo, funciona al revés, continuamente asistimos a una impotencia reflexiva, tal como define Mark Fisher.

Reunidas todas aquellas subjetividades, hoy se exponen al sol y el buen vino, en la web. El reservorio moral de la república, los ciudadanos que se perciben únicos condenando la corrupción y otros avatares semejantes, aparecen velados en la imagen de Mendoza exit. El término en inglés también es una rúbrica, es un calco, es un llavero. La extrañeza del mundo y sus vaivenes, la forma dialéctica de la historia, sus disputas, sus centros y periferias, sus matices, no pueden siquiera ser sospechados por el snobismo, ni por la interiorización de sus códigos binarios.

Cuando el surcoreano Chul-Han habla en los últimos años de lo pulido, de las superficies lisas, de lo terso, es sin duda esta parte de la sociedad positiva, como identidad de época, que anula lo que tiene enfrente, donde toda negatividad (el otro) resulta eliminada porque no hay espacio para ninguna alteridad. Somos nosotros. Eso basta. Así se conforma la tensión hasta el paroxismo. Imágenes despojadas de lenguaje muestran el mapa de Mendoza con dos o tres líneas de sus “atributos”, y van pasando las imágenes en instagram, sin culpa, sin ningún dolor, porque cuando solo hay estímulo resulta cada vez más eficaz.

Arriesgo además que se propician menos encuentros, serán los barrios privados, las escuelas privadas, los clubes privados, la seguridad privada, las mentes privadas, se volvió todo tan privado que ya no se conoció más nada, y triunfó el miedo. Son tantos los muros que levantaron, literales y metafóricos, que quizás sin querer, se quedaron adentro. Y ahora se cristaliza sin eufemismos en este naufragio de la insensibilidad.

Me pregunto qué es lo fundante de esta visión del mundo, de esta sentencia trágica del segregacionismo. Y sigo sin entender.

Leandro Hidalgo, sociólogo y escritor.

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