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Migrar es abrir caminos: una historia que también es la nuestra

Un llamado a la empatía: los migrantes construyen identidad y futuro. Desarraigo, resiliencia y derechos para una sociedad más inclusiva.


Los movimientos migratorios de las últimas décadas —tanto entre continentes como dentro de un mismo país— constituyen uno de los desplazamientos humanos más masivos de la historia. Las razones son múltiples: conflictos armados, desastres ambientales, persecuciones políticas, crisis económicas, inseguridad o la simple búsqueda de mejores oportunidades.

Argentina es un país moldeado por migraciones y un claro ejemplo de diversidad. A fines del siglo XIX y principios del XX llegaron grandes corrientes migratorias europeas; más tarde, entre finales del siglo XX e inicios del XXI, se consolidaron las migraciones regionales. Etnias, culturas, religiones y tradiciones distintas comenzaron a convivir en un mismo territorio, muchas veces de manera más pacífica que en sus países de origen.

Sin embargo, aún persisten miradas que colocan al migrante como “el otro”: alguien distinto, sospechoso, o potencial competidor. Esa percepción no solo es injusta, sino también incompleta. Los migrantes han contribuido de manera decisiva a conformar nuestra identidad y a enriquecer nuestra vida social, cultural y económica.

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Argentina es un país moldeado por migraciones y un claro ejemplo de diversidad.

Comprender a los migrantes exige un ejercicio de empatía

vincular sus vivencias con las nuestras o con las de nuestros familiares, abuelos o antepasados. Todos, en algún momento de la vida, hemos debido trasladarnos —a otra ciudad, provincia o país— por estudio, trabajo o para emprender un proyecto afectivo. Cuando hacemos ese paralelo, valoramos mejor la valentía y el esfuerzo de quienes enfrentan la soledad, el desarraigo y, en muchas oportunidades, la discriminación. Muchos desarrollan una resiliencia y madurez temprana que les permite avanzar pese a las adversidades.

Cada proceso migratorio encierra historias profundas: el desarraigo, la añoranza, las dificultades para integrarse a un nuevo ámbito laboral o social, los desafíos de aprender un idioma o adaptarse a nuevos modismos y ritmos de vida. Muchos migran en busca de paz y estabilidad, escapando de contextos de violencia, persecución o inseguridad. Otros lo hacen por necesidad económica y deseo de progreso para ellos y sus familias. El nuevo lugar se convierte así en una oportunidad para reconstruir su vida, desplegar talentos y forjar nuevos vínculos, sin perder las raíces que sus comunidades de origen ayudan a preservar.

Los jóvenes migrantes suelen integrarse con mayor rapidez

A través del estudio o del trabajo. Las competencias educativas y las habilidades sociales facilitan esa inserción, junto con el acompañamiento de asociaciones y organizaciones de migrantes que los contienen y los ayudan a ejercer sus derechos. Ser migrante implica aprender, adaptarse y, al mismo tiempo, mantener viva la propia historia. Es mirar hacia adelante con esperanza, tejiendo puentes entre lo que se deja y lo que se construye. En palabras del papa Francisco, pronunciadas en 2013: “Los migrantes y refugiados no son peones en el tablero de ajedrez de la humanidad. Son niños, mujeres y hombres… que comparten un deseo legítimo de saber y tener, pero sobre todo de ser más”.

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Los migrantes y refugiados no son peones en el tablero de ajedrez de la humanidad.

Hoy, más que nunca, reconocer esa humanidad compartida es el primer paso para construir sociedades más justas, inclusivas y capaces de verse reflejadas en la historia del otro. Porque, en definitiva, la migración no es ajena: es parte de lo que somos.

* Patricia Rodríguez Aguirre. Doctora en Sociología, politóloga, profesora de Sociología en la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.