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Martín Fierro vs. El Cid: el héroe que España eligió y Argentina inventó

Martín Fierro, El Cid Campeador y la construcción de la identidad nacional son claves para entender las diferencias y similitudes entre Argentina y España.

El Cid Campeador es un personaje de los tiempos de la Reconquista de España, mientras que El Martín Fierro es una ficción de la época de la Campaña del Desierto.

El Cid Campeador es un personaje de los tiempos de la Reconquista de España, mientras que El Martín Fierro es una ficción de la época de la Campaña del Desierto.

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La Selección argentina enfrentará este domingo a España en un cruce cargado de historia más allá del campo de juego. Al mismo tiempo, esa historia es en gran parte compartida entre ambos países por su pasado común dentro del mismo imperio. A pesar de ello, Argentina tomó su propio rumbo y se distanció mucho en su idiosincrasia; entonces se construyeron dos identidades diferentes que no solo se ven en una bandera o camiseta de fútbol.

Es muy común hoy en día la frase de que "los argentinos nacemos donde queremos" y es muy cierto. Ya desde nuestra Constitución lo establecimos, pero para entender el por qué de esta frase es necesario viajar más de dos siglos atrás. En muchos casos la Revolución de Mayo se toma como una reacción nacionalista de los criollos ante el poder imperial, pero muy lejos está de eso. Del mismo modo puede señalarse que intentar entender a España sin tener en cuenta su pasado previo a la gloria imperial, poco sentido tiene.

La cuestión del héroe: El Cid vs. Martín Fierro

En diálogo con MDZ, Felipe Rodolfo Hendriksen, licenciado en Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), destacó que para empezar a abordar el tema hay que marcar una diferencia entre El Cid y Martín Fierro: "Aquí sigo a Javier Roberto González y su teoría de las matrices narrativas. Heroica es toda persona que puede llevar a cabo un proyecto meliorativo de realización esforzada; heroico, en definitiva, es todo aquel que puede cambiar el mundo para bien y, al mismo tiempo, ser modificado para mejor por el mundo en el que actúa. El heroísmo, siguiendo esta línea, sería siempre premeditado; de esta manera, el coraje, si bien muchas veces necesario y prácticamente siempre alabado, pasaría a un segundo plano".

En este sentido Hendriksen remarcó: "En cuanto a la diferencia central entre el Cid y Fierro, esta radica en que, mientras que el Cid es un héroe cabal, pues, sobre todas las cosas, primero desea, luego obra en consecuencia y, finalmente, obtiene aquello que ha deseado y obrado, Fierro desea con toda su alma, pero es incapaz de obrar en consecuencia, por lo que tampoco obtiene nada. En una palabra: el Cid termina victorioso, rico y poderoso, al cabo emparentado, gracias a las nuevas bodas de sus hijas, con las casas reales de Navarra y Aragón; Fierro, por otro lado, termina despojado de todo aquello que constituía su felicidad personal".

Del liberalismo ilustrado al nacionalismo gauchesco

A principios del siglo XIX, Francia ocupó España y capturó al rey, instalando al José de Bonaparte como monarca títere de Napoleón. A partir de eso, se conformó una Junta de Gobierno en España y otra en Buenos Aires, lo que hizo estallar lo que se conoce como Revolución de Mayo. Hasta ahí nadie está en desacuerdo, pero hay otros detalles que logran marcar una enorme diferencia entre lo que se cuenta y lo que pasó en aquellos turbulentos años.

La caída de España y la negativa de la Junta de Gobierno, leal al rey Fernando VII, a dar mayor representatividad a las Indias Occidentales en dicha administración, hizo que los vecinos porteños plantearan la idea de una Junta de Gobierno paralela en Buenos Aires, también leal a Fernando VII, con el fin de gobernar la región americana por los americanos hasta la vuelta del rey. Esta idea de retorno del rey quedo obsoleta con la Revolución de Octubre de 1812, cuando la Logia Lautaro y los liberales de la Sociedad Patriótica de Mariano Moreno derrocaron al Primer Triunvirato e instauraron el Segundo Triunvirato con el fin de comenzar el camino de la Independencia mirando a la Revolución Francesa de 1789 como modelo.

Luego de todos estos movimientos políticos internos de los revolucionarios, los enfrentamientos militares que fueron la guerra contra España (1810-1825) y Brasil (1825-1828), comenzaron nuevos conflictos para definir cómo sería ese nuevo país. Golpes de estado, asesinatos, persecución política, opresión, violencia institucional, campañas al desierto y guerra civil son los términos que fueron protagonistas durante los siguientes treinta años. En el medio, dos grandes corrientes que se alinearon a la política: romanticismo-unitarismo y gauchesco-federalismo.

La guerra civil, como suele pasar en los procesos fraticidas, no terminó con una victoria total para ningún bando y Argentina terminó constituyéndose como un país federal con vicios unitarios. Una combinación espantosa, pero que acá terminó funcionando. En ese contexto, José Hernández escribió El Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro. Estos dos libros no solo cuentan la historia de un gaucho desplazado a la guerra para servir a un gobierno que lo desprecia, sino que también se terminó constituyendo como un poema gauchesco tomado de ejemplo para entender el ser nacional, construyendo un héroe sin características de héroe.

Mientras tanto, Bartolomé Mitre, buscaba construir esa idea del ser nacional mediante la construcción de las figuras de la Independencia, con libros como la historia de Manuel Belgrano y de José de San Martín, mostrándolos como perfectos y astutos héroes nacionales que llevaron al éxito al país en medio de los grandes conflictos que atravesaban. Aunque lo logró, mediante la literatura se logró instalar la figura de Martín Fierro y, siendo tiempos de un creciente nacionalismo a nivel global, se construyó a partir de él la idea del gaucho como parte de la identidad nacional, vigente hasta el día de hoy, y no como un sujeto despreciable producto del mestizaje, como era la idea hasta entonces.

El héroe español, el romanticismo y el olvido

Desde el siglo VII que los pueblos bárbaros cristianos instalados en la Península Ibérica se vieron obligados a retroceder ante el avance musulmán en la región, lo que resultó en la instalación del antiguo Califato de Córdoba. Perseguidos y asediados por este gobierno mozárabe, los cristianos resistieron durante siglos, hasta que un hombre dio el golpe sobre la mesa para cambiar la historia de lo que luego sería España. En Vivar del Reino de León, Rodrigo Díaz habría nacido en torno al año 1048 para convertirse años más tarde en el hombre de confianza de Alfonso VI "El Bravo".

A partir de ahí, el joven Rodrigo Díaz de Vivar comienza a construir su figura sin saber que terminaría siendo el hombre definitivo de la historia de España al encabezar las primeras campañas exitosas contra los mozárabes, siendo popularmente conocida la vitoria de Babieca en Valencia gracias a la labor de su esposa Jimena Díaz. Así la idea de que el gran héroe español puede inspirar hasta estando muerto, pero también dibujando a un héroe cristiano que persigue y expulsa musulmanes, casado con una buena y valiente mujer que lo acompaña y que también es capaz del heroísmo.

Ese héroe fue clave en la historia de España, pero tiene dos construcciones: hay un Cid Campeador histórico, que realmente fue muy importante para su país, y uno legendario. La figura fue parte de una construcción que hace el poema anónimo El cantar del mío Cid y que en muchos casos es discutido cierto condimento mitológico como su victoria muerto en Valencia y la poderosa Tizona. Vale igualmente aclarar, entonces, que el Cid Campeador legendario alimentó al histórico generando una figura comparable al Rey Arturo de Inglaterra.

En el siglo XIX, cuando el romanticismo europeo construyó una exaltación de los caballeros y las figuras medievales, El Cid Campeador se volvió el orgullo español y en la figura de la identidad nacional española. A pesar de ello, con el tiempo esa figura se fue desgastando y el Cid Campeador histórico comenzó a tomar mayor relevancia que el legendario, volviéndolo casi una caricatura. Esa idea se profundizó aún más en la modernidad con los movimientos antinacionalistas españoles, quedando también una idea de que El Cid, Babieca, Tizona y Jimena no son más que figuras que solo evocaría un franquista.

La figura nacional y la construcción del "héroe inventado"

Entonces, puestos sobre la pista los dos personajes identitarios de cada país, podemos tener en claro dos cosas: hay una construcción institucional del ser nacional en la Argentina y una que se fue dando por consecuencias en España, pero hay una similitud en el mito como herramienta central. En este sentido, Hendriksen aclaró: "Hay algo esencialmente irreal en esto que hemos dado en llamar Argentina —toda nación depende de relatos y símbolos—, por lo que no sorprende que una de nuestras más reconocidas figuras nacionales —llamémoslo así— sea un personaje de ficción. Es menester aclarar que el Cid, tal y como está retratado en su Cantar, no es menos falso que Fierro, a pesar de haber existido realmente. Toda realidad se falsea cuando se vuelve lenguaje, sobre todo en literatura, por lo que no estamos tan lejos de España como parece respecto de la elección del Cid y de Fierro como parte de nuestros respectivos panteones heroicos".

Al mismo tiempo, más allá de estas paridades mencionadas entre Martín Fierro y El Cid, sostiene que "sin embargo, no somos iguales". "En España la voluntad popular erigió en ídolo a un guerrero histórico, una persona de carne y hueso, cuya fama, en gran parte literaria, ahora lo antecede. Otro es el caso de la Argentina: a Fierro lo conocemos personalmente, como a un amigo, un triste amigo que jamás existió individualmente, pero cuyo destino fue, sin duda, el de tantísimos otros gauchos. Sabemos, entre muchos otros episodios de su vida, de su existencia feliz antes de la leva, de su envío forzado a la frontera, de su enfrentamiento mortal con el moreno, de su amistad con Cruz, de su huida entre los indios, de su reencuentro con sus hijos, de sus postreros y paternales consejos. Y todo esto lo sabemos porque él mismo se lo puso a cantar y nosotros nos reconocemos en ese canto. Más allá de todas las similitudes, creo que hay una diferencia radical entre ambos pueblos: mientras que España eligió un héroe para admirar, los argentinos hemos elegido un hombre en quien podamos reconocer no solo nuestras glorias, sino, sobre todo, todas nuestras bajezas", explicó.

El héroe, el antihéroe y el dilema de "a cuál elegir"

Es común que, leyendo un libro, viendo una película o una obra de teatro, empaticemos con personajes que no reúnen las condiciones de un héroe sino más bien todo lo contrario. Nos da un poco de culpa hacerlo muchas veces porque todos sostenemos que no somos tan malos como para querer a un malo, pero hasta a veces puede agotarnos un héroe. Hendriksen, en este sentido, recordó: "Borges habló del elemental sabor de lo heroico, pero también está el aún más elemental sabor de lo antiheroico".

Al mismo tiempo, vale aclarar que "habría que distinguir entre héroe en tanto protagonista de una obra de ficción y héroe en sentido estricto, tal como lo hemos venido entendiendo hasta aquí. Hecha esta aclaración, se comprende cómo un personaje puede ser héroe y no serlo a la vez. Con respecto a nuestra vocación antiheroica, creo que tiene dos explicaciones fundamentales: una, vagamente histórica, y otra, estrictamente literaria". En este mismo sentido, la elección de Martín Fierro está atravesada por nuestra idiosincrasia: "Debemos tener siempre presente que la Argentina nace del conflicto. Nuestra literatura no surge en un reino relativamente consolidado de Europa, sino en una sociedad sudamericana atravesada por guerras civiles y sangrientas disputas sobre qué implicaba ser una nación independiente. De esta manera, la literatura argentina nace mirando al margen, no al centro, puesto que ese centro, la mayor parte del tiempo, se mostraba inestable, cuando no caprichoso y arbitrario".

En segundo lugar, aventuró Hendriksen, "la literatura argentina desconfía del héroe modélico y se decanta, más bien, por personajes contradictorios y ambiguos. Nuestras ficciones ven la gloria en el fracaso, el prestigio en el perdedor y, a partir de esta visión tan nuestra, crean una épica del vencido, que nada tiene que envidiar a las gestas heroicas del medioevo europeo. Más que por héroes que no son tal, en verdad, en la literatura nos volcamos por los más débiles, los más expuestos, los verdaderos marginados, en parte por lo expuesto más arriba y en parte porque —y esto lo sabía muy bien Shakespeare— no hay mejor héroe que un buen villano".

El Cid y el Martín Fierro: las características literarias que los diferencian

En cuanto a la literatura española y la rioplatense, Hendriksen remarcó en primer lugar: "No creo que una literatura difiera esencialmente de otra. Sin embargo, algo diré acerca de ambas. La literatura española es, en el fondo, fundamentalmente realista, mientras que la rioplatense se define mejor como literatura de imaginación. Sobre esto último, agregaré que, al carecer de una tradición aplastante, en el Río de la Plata pudo nacer algo que aún hoy continúa: la universalidad de temas, la libertad de temas, frente al mayoritario, o al menos aparentemente mayoritario, localismo español".

Con respecto a nuestros personajes de la fecha, indicó: "El Cid tiene necesidades materiales y económicas y sigue itinerarios concretos por la península ibérica; sin embargo, tenemos los episodios del arcángel Gabriel y del dócil león. Fierro, por su parte, cuenta su vida en versos octosílabos completamente improvisados, y en esa vida ocurren cosas no de forma espontánea, sino por necesidad narrativa; sin embargo, ahí están la cruel leva y la dura vida en la frontera. Ahora, supongamos por un instante, aunque sepamos que no es cierto, que tanto al Cid como a Fierro les faltara algo. En mi humilde opinión, al Cid le haría falta un poco más de profundidad psicológica, mientras que a Fierro, por su parte, no le vendría mal perder cierta mínima preocupación por el color local. Sin embargo, si bien el heroísmo está en la base de prácticamente todas las literaturas, puesto que la poesía épica suele estarlo, tanto la literatura española como la rioplatense han alcanzado su máxima consagración con sendas obras netamente antiheroicas: el Quijote por un lado y el Martín Fierro por el otro.

En este sentido, señaló: "Que hoy me consulten por el Cid y no por don Quijote habla, en el fondo, de cierta ambigüedad latente en la literatura española que no debería pasar desapercibida. Que no hayan dudado en preguntarme por Fierro, por otro lado, me hace pensar que aún no hemos sido capaces de salir de la famosa caverna platónica, puesto que seguimos tratando no ya los temas universales, sino los nuestros propios, con mayor superstición de la que deberíamos".