Los problemas son mensajes

El problema de abandonar una vida vertiginosa y llena de ocupaciones como la de Lorena es que nos veremos obligados a enfrentarnos a nosotros mismos. Allí radica el mayor desafío y en él se encuentra el origen de nuestros miedos. 

alfredo diez

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Durante un congreso en Zaragoza conocí a una bella persona, Lorena. Compartimos similares inquietudes intelectuales, por lo que nos conectamos rápidamente. Nuestras charlas durante los días del congreso fueron muy interesantes para mí, y poco a poco se hacían más abiertas.

Me comentó que se encontraba muy contenta con la actividad que realizaba, y que actualmente estaba en muy buena posición laboral, fruto de su esfuerzo continuado y el sacrificio de muchos años. “Sin embargo —me dijo—, es una actividad muy absorbente que requiere que esté trabajando muchas horas a la semana y en dos lugares diferentes.”

Me dijo también que había empezado a sentir cómo su salud se estaba debilitando a causa de la tensión que debía soportar, y además, sin quererlo, se había alejado de sus seres queridos; ya no se comunicaba tanto con ellos, en fin, los había descuidado.

En uno de los últimos días del congreso, paseando por los jardines de la residencia donde nos alojábamos, Lorena, sincerándose totalmente, me contó: “El año pasado me enfermé con frecuencia, cosa que nunca me había sucedido; tuve gastritis y, lo peor, engordé más de la cuenta, y hasta tuve erupciones... ¡Nunca me había ocurrido algo así!”.

Fue entonces cuando hablamos sobre cuáles eran para ella las causas responsables de sus trastornos físicos. “¿Qué sientes cada mañana al ir a trabajar? ¿Cómo crees que esa sensación diaria afecta a tu organismo y a tu mente? ¿Qué parte de tu cuerpo es el que acusa mayor dolor? Si pudieras elegir otro trabajo y horario, ¿lo harías? ¿Cómo te gustaría sentirte en un nuevo trabajo? ¿Qué lugar o personas te hacen sentir relajada y en paz? ¿Qué trabajo o actividad te podría proporcionar armonía interna? ¿Qué estás haciendo para sentir esa sensación?”

Poco a poco, ella misma fue advirtiendo el desequilibrio en que se encontraba, la constante tensión que soportaba como consecuencia del exceso de trabajo y la presión a la que era sometida por sus jefes. Me explicó que no sabía cómo aminorar la marcha, ya que temía perder la posición que tanto esfuerzo le había costado lograr.

“¿Qué es más importante para ti: tu salud o tu trabajo? ¿Por qué continúas con un ritmo de vida aun sabiendo que te perjudica? Si tu salud estuviera seriamente en peligro, ¿qué harías? Y ¿por qué no lo haces ahora?”

Luego de una larga charla, ella misma concluyó que debía reducir las horas de trabajo y dedicarle más tiempo a sus afectos, hacer ejercicio y alimentarse bien. Gracias a nuestro ameno “debate” entendió que una vida de moderación y equilibrio es posible, y que en definitiva el precio que se paga por no dedicarle tiempo al propio “orden vital” es el deterioro de la salud, tanto física como psíquica.

Porque cuando trabajamos, nos divertimos, comemos, bebemos o hacemos ejercicio físico en exceso la factura que debemos pagar es el desequilibrio de nuestra mente y nuestro cuerpo. De allí que siempre tengo presente la famosa inscripción del Oráculo de Delfos que nos exhorta a no hacer nada en exceso.

El problema de abandonar una vida vertiginosa y llena de ocupaciones como la de Lorena es que nos veremos obligados a enfrentarnos a nosotros mismos. Allí radica el mayor desafío y en él se encuentra el origen de nuestros miedos, porque muchas veces lo que nos lleva a excesos es la sensación interior de que nos falta algo en la vida.

Por Alfredo Diez, escritor, conferenciante y consultor de empresas / Instagram: alfredo10coach

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