Leproso a quemarropa: el fanatismo y el espejo social del fútbol y sus banderas
No deja de ser un juego, pero no estamos jugando: estamos siendo público del juego y el negocio del fútbol. En el fondo, a quemarropa, todo fanático quiere escapar de sus angustias buscando culpables en los distintos.
Una experiencia tribunera a quemarropa, a cargo de Ulises Naranjo. Foto Gentileza Mafalda Faggian
Fui a la cancha el domingo. Hace muchos, muchos años no lo hacía. Los años me han llevado a alejarme con naturalidad de ciertos fanatismos como seguir a un equipo de fútbol o a mis bandas favoritas. Entiendo a los fanáticos, esos ‘Cabezas de termo’, porque destaco en ellos la nobleza de estar dispuestos a pertenecer y someterse a algo más grande que los convoca. A mí, con los años, se me están yendo las ganas de pertenecer a algo más grande que mi círculo íntimo. Mi credo es credo de lo pequeño. Mi cosmogonía se asienta donde arde la vida, casi en nada.
La verdad es que me incomoda identificarme como público de algo. Atrás quedaron mis jóvenes años de hincha celoso, casi barrabrava de Independiente Rivadavia, la Lepra mendocina. Como jugaba en un club de divisiones inferiores, mi carnet me permitía entrar a todas las canchas gratis y lo usaba cada domingo. Atrás también quedó mi ilusión de ser parte de los recitales de determinados músicos. No cuento esto con arrogancia: ha sido un abandono natural. Cada día tengo menos héroes y, cuando pienso, por ejemplo, con qué referente deportivo o artístico me gustaría tener una cena íntima, termino cayendo en magníficos talentos desconocidos, mis amigos amados, con quienes me emborracho, juego y canto, hasta el amanecer. Mis hijos y ellos son mis únicos héroes en este lío a quemarropa.
Por eso, cuando escucho a algunos contar con fascinación que estuvieron en determinado concierto o partido de fútbol, muerdo mi lengua para que no diga que siento cringe, vergüenza ajena, ante los testimonios de quienes prefieren ser público o audiencia más que protagonistas de sus propios viajes, físicos o espirituales. Desde hace un buen tiempo, me parece más interesante desafinar en un asado o jugar un picado o subir un cerro con amigos que invertir tiempo y dinero en el mundo de los espectáculos (aquí es cuando aparecen los adalides del sentido común, gustosos de constituirse en ejemplo, quienes aseguran que hacen ambas cosas todo el tiempo; de ellos, desconfío).
No obstante, no es de esto que quería hablar. Quería hablar de que fui a la cancha el domingo y de que hace muchos, muchos años no lo hacía. Uno de mis íntimos amigos amados, el Tano Faggian, me exigió que lo acompañara, se negó rotundo a que pagara mi entrada y me conminó: “el domingo a las 14h, te espero en Martínez de Rosas y Arístides para ir a ver la Lepra contra Gimnasia”. Acepté los términos. Busqué entre mis cajones perdidos y encontré la camiseta que otro leproso amigo, el Pollo Luis Ábrego, regaló a mi hijo al nacer hace 22 años. Es una camiseta que Luis, un hincha fiel, usaba en los tiempos duros en que la Lepra estaba en el Argentino A, tercera división del fútbol nacional.
Mírenme caminar por la Arístides con mi vieja camiseta. Me siento ‘Enrique, el Antiguo’. Algunos hinchas me preguntan de cuándo es mi casaca. Les respondo y, en ese acto, me doy cuenta de que soy parte, otra vez, de algo más grande que me constituye: soy un hincha de la Lepra, tal vez, un fanático, a los ojos de las señoras que toman el té o de los señores que pasan en sus autos, llenos de temor ante la muchedumbre, o de los policías, quienes, cuando trabajan de policías, confunden profesionalismo con falta de los sentidos de la empatía y del buen humor.
Llego a la esquina y mi amigo está con otros amigos, también míos. Somos ocho, como los Orozco. Abrazo a todos, enfundados en sus camisetas, y vuelvo a caer en la cuenta de la identidad en común que nos convoca: esta tarde, somos todos hinchas de la Lepra, los ocho y los veinticinco mil que me rodean. Es raro.
Ser parte de una hinchada de fútbol o del público de una banda o devoto de una religión o correligionario de un partido político es estar dispuesto, guste o no, a perder la individualidad en función de un hilo narrativo común que incluye, entre otras yerbas, la presencia de un rival, casi un enemigo, que debe ser derrotado. Y hay que desear su derrota, denigrarlo y humillarlo incluso, recordarle viejas heridas y fabricarle ambigüedades sexuales para dejar de manifiesto su debilidad.
No deja de ser un juego, pero no estamos jugando: estamos siendo público del juego y el negocio del fútbol. En el fondo, todo fanático quiere escapar de sus angustias buscando culpables en los distintos. El único modo de creer que todo este circo es cierto es, una vez más, apelar a la suspensión de la incredulidad por dos horas.
Parado en la tribuna, cantando con los hinchas y gritando muchos goles, no obstante, tales cosas pienso y no las comparto, por supuesto, ni siquiera en el entretiempo, cuando voy al baño a mear con uno de mis amigos, el reconocido escritor y editor literario, Alejandro Canito Frías. Él ha de pensar cosas semejantes y también las calla. En cambio, tiro comentarios cortos sobre las instancias del juego, la chica con tatuajes o el hincha en silla de ruedas. No voy a hincharle las pelotas al tipo con miradas berretas, presuntamente sociológicas, antropológicas y psicológicas que no vienen al caso. Mejor, meamos junto a otros veinte tipos haciendo dibujitos con el chorro. Somos todos tan machistas y temerosos que nadie osa bajar la mirada durante la micción; no se vaya a pensar que estamos mirándole el coso a alguno…
Volvemos a la tribuna y sus pasiones. A nuestro equipo, le tocó ganar esta vez. Gritamos goles como si los hubiésemos hecho y cantamos canciones como si las hubiésemos compuesto y nos abrazamos, aun con desconocidos, como si fuésemos espartanos sobrevivientes de la Batalla de las Termópilas.
Ya en la calle y solo, pienso que el show y sus liturgias no estuvieron mal, sin embargo, voy recobrando mi individualidad adormecida y el mundo comienza a dejar de ser ambiguo, para ser de nuevo plural, complejo y contradicho. Voy perdiendo la convicción y recuperando mi sano escepticismo, mi afán por la resistencia, la sorda música de mi voz interior, que me ordena un punto de aparte para la conclusión.
Dudo que con los años y la pérdida de fanatismos haya ganado un par de puntos en eso de la sabiduría. Reconocerlo no sería sabio. Al menos, me apunto algún laurel a cuenta de la constancia y no es poco. Por cierto, nunca he conocido a ningún sabio, en todo caso, a honestos despojados ejerciendo disciplina.
Ahora mismo, temo que esta soledad sonora que habito sea un vampiro que se alimenta de los restos de mi ilusión y mi utopía, que sólo saber ser si es colectiva. Doy vuelta ese temor para ver de qué están hechas sus espaldas. Hay preguntas: ¿y si el fanatismo fuera acaso una necesidad social? ¿Cómo sería una sociedad sin fanáticos dando vida a la pasión comunitaria? ¿Cómo sería una sociedad sólo de aposentados, conservadores, rígidos, asexuados, dogmáticos, aprensivos, discriminadores y tacaños? El sentido común me presiona para responder con sus consabidas obviedades, su cal y su arena, su cínico equilibrio. Pongo la radio al palo con un buen rocanrol para no pensar en nada y que el domingo se muera. Ha sido demasiado y estoy cansado de mí.



