La otra cara del invierno en Mendoza: así es la casa donde el frío duele un poco menos
Mientras el frío del invierno golpea con fuerza, en el Centro Integrador Puentes buscan reconstruir la vida de quienes lo perdieron todo.
El Centro Integrador Puentes no solo abre sus puertas durante el invierno, sino que brinda asistencia todo el año.
Marcos Garcia / MDZMás allá de las postales blanquecinas que deja el intenso temporal en la cordillera mendocina, y de la nieve que en los últimos días atrajo a turistas y ciudadanos de distintos puntos de la provincia, el invierno también muestra otra cara: la del frío gélido que congela la sangre y quema la piel...la de las temperaturas que golpean con fuerza a aquellos que no tienen un techo donde refugiarse.
En ese duro contexto, en Guaymallén, un Centro Integrador recibe durante las 24 horas a hombres que atraviesan situaciones de calle y consumo problemático. Allí, la rutina excede lo que es ofrecer una cama o un plato de comida. Allí, el desafío pasa por reconstruir hábitos, sostener tratamientos y acompañar historias atravesadas por la vulnerabilidad.
En una casa ubicada sobre calle Allayme, casi en la esquina con el carril Godoy Cruz, funciona desde 2019 el Centro Integrador Puentes, un espacio que forma parte de la Red Puentes y que recibe de durante las 24 horas a hombres de entre 25 y 59 años que, además de atravesar una situación de calle, conviven en muchos casos con consumos problemáticos o padecimientos de salud mental. "No somos solamente un albergue, somos un centro integrador: el objetivo es trabajar y acompañar en esa posibilidad de salir de esa situación de calle y de consumo", le resume Francia, una de las responsables del lugar, a MDZ.
La aclaración, por ínfima que parezca, configura por completo la lógica del lugar. Nadie llega solamente para dormir. Antes de ingresar, cada persona conoce las reglas, firma un consentimiento y acepta un compromiso que incluye horarios, talleres, tareas compartidas y un acompañamiento permanente. "No cualquier persona que esté en calle reúne los criterios para estar", explica Francia.
Si bien la casa está repleta con las 26 historias de vida que conviven a diario, han existido situaciones extremas en las que los responsables del lugar han dejado entrar en la madrugada a personas que llegaban pidiendo ayuda. "Nos ha pasado que la Policía llegue a las tres de la mañana con alguna persona. En esos casos los dejamos entrar", cuenta Francia. Cuando el corazón es grande, no hay espacio que sea insuficiente.
Una casa donde todos tienen tareas
Dentro de un refugio con paredes repletas de frases y referencias a la música y cultura popular, las jornadas comienzan temprano. Entre las siete y las ocho de la mañana, cuando el sol apenas empieza a asomar, el movimiento ya comenzó hace rato: algunos preparan el desayuno, cocinan su propio pan, otros ordenan los dormitorios o barren los espacios comunes. Más tarde llega el turno de las consultas médicas, las salidas para quienes tienen una changa y las conversaciones que muchas veces terminan siendo tan importantes como un plato de comida.
Y por la tarde empiezan los talleres. Desde el vivero, una actividad obligatoria para quienes permanecen en el centro, pasando por boxeo, música y hasta un espacio bautizado "Hablemos sin saber", donde el cine, la literatura y el debate sirven como disparadores. El vivero, incluso, les permite generar pequeños ingresos. "A algunos les ha servido para comprar elementos de higiene o cargar la SUBE para ir a sus tratamientos. Otras veces han querido comprar facturas para compartir en el taller", cuenta Francia.
Nada ocurre por casualidad. Cada tarea forma parte de una rutina cuidadosamente pensada para intentar reconstruir algo que muchas de las personas que llegan allí perdieron hace tiempo: hábitos, vínculos y un proyecto de vida.
El problema va más allá de tener o no tener techo
Si bien todas las miradas se concentran en la falta de techo, la problemática de las personas en situación de calle va mucho más allá de eso. "Tiene que ver con la salud mental, el trabajo, los vínculos, los ingresos. Si no trabajás todo eso al mismo tiempo, es muy difícil sostener cualquier cambio", remarca Francia.
Para ayudar en todos esos aspectos, el trabajo cotidiano se complementa con un fuerte acompañamiento. Psicólogos, trabajadores sociales, facilitadores y talleristas conforman un numeroso grupo que "le ponen el hombro" y destina gran parte de su tiempo a ayudar. "No es solo el consumo", advierte Francia... En el lugar, además, hay personas con otros padecimientos de salud mental.
Pese al esfuerzo conjunto, llevar adelante ese proceso no es sencillo. Las particularidades de cada caso y vaivenes en algunas evoluciones hacen que sostener los tratamientos muchas veces sea una verdadera odisea. Mientras algunos avanzan, otros requieren internaciones o medicación psiquiátrica diaria. "Ellos no pueden tenerla porque pueden producirse intercambios. Nosotros la manejamos según un cronograma", explica Francia sobre el suministro de medicamentos. Cada persona requiere una estrategia propia,
De la vocación a la acción
Sostener el andamiaje de todo el refugio es, cuanto menos, una tarea titánica. A la coordinación de los distintos tratamientos, se suma una preocupación siempre presente: el dinero. Si bien el Centro Integrador se autofinancia, también recibe alimentos de la Provincia y cuenta con financiamiento nacional a través de Sedronar y de los Centros de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC). Sin embargo, las necesidades exceden a los recursos.
El pago del alquiler y de impuestos o los gastos para el mantenimiento diario son cada vez más elevados. Lo que para muchos es una nimiedad, como la rotura de una llave que hay que arreglar en el momento, en Puentes significa todo un desafío. "El recurso es muy escaso y hacemos magia para poder sostenerlo", resume Francia. Todo “a pulmón”.
A esas dificultades, se suma el esfuerzo del equipo que colabora en el día a día. Muchos tienen otros empleos y, aun así, permanecen disponibles prácticamente todo el día. "Somos cuatro los que estamos las 24 horas con el teléfono. Siempre aparece algo para resolver: el que llega tarde, el que llega con consumo, el que no se quiere levantar, el que no quiere hacer alguna actividad, falta esto, hay que arreglar esto otro…El espacio te lleva a estar en contacto permanente", explica Francia en referencia a su propia rutina, como así también la de Vanesa, Facundo y Analía, los otros encargados.
Historias que hacen que el esfuerzo valga la pena
Si bien las dificultades diarias pueden desgastar el entusiasmo de quienes colaboran en Puentes, hay algo que funciona como el mejor de los combustibles y los empuja a seguir adelante: la respuesta y el compromiso de quienes residen en el refugio. "Saber que apuestan por el lugar es lo más gratificante", asegura Franca.
Uno de esos tantos casos es el de Pablo. Era prácticamente un niño cuando perdió a su madre… su vida no fue ni es nada fácil, pasó por situaciones oscuras. Sin embargo, en Puentes encontró algo más que un refugio: encontró un camino y una vocación. “Mi pasión es vender, lo aprendí de mi mamá”, exclama con brillo en sus ojos. Su sueño es volcar esa pasión en el vivero y hacerlo crecer. “Hay que soñar en grande”, aventura.
También está la situación de Oscar, que a sus 45 años busca reencauzar su vida. Alegre, abierto y “amiguero”, como él mismo se describe, se esfuerza día a día por salir adelante. Su gran motor son sus dos hijos, Fer y Liam. Sumido en sus problemas de consumo, se separó de su mujer y, ante las dificultades económicas, terminó en la calle. Durante un tiempo deambuló por distintos refugios, hasta que hace algunos meses recaló en Puentes, donde encontró su lugar. Si bien reconoce que hay momentos en los que la convivencia puede ser difícil, él dice que el Centro Integrador es “el mejor lugar” y que está “muy contento y cómodo”.
“Acá hay un amor que no te discrimina”, sentencia José. La frase es tan contundente como corta. José nació con enanismo y asegura que toda su vida sufrió discriminación. “Todas esas cosas me las guardaba y explotaba en irme a drogar y hacer cosas que no eran para mi beneficio”, relata con lágrimas en los ojos. Para él, si no fuera por Puentes, en ese momento estaría “muerto de frío y alcoholizado... porque tendría que estar tomando bebidas blancas para soportar el frío, y tendría que dormir en un ‘cosito’ de cartón”. José lleva 25 años luchando contra sus adicciones, y en Puentes encontró la contención, la ayuda y los amigos que necesitaba.
Cada una de las 26 historias de los residentes del Centro Integrador tiene sus cuotas de dolor, de errores y redenciones. Cada una de ellas tiene sus luces y sombras. Historias que en Puentes encontraron un oído que escuche su voz. "Siempre dicen que el saludarlos, darles un beso o preguntarles cómo están para ellos es todo. Hay personas que han estado en la calle y nunca las miraron", relata Francia.
Con un mural del disco "The Wall" de Pink Floyd de fondo, paradójicamente (o no), las 26 almas que habitan transitoriamente en el refugio se juntan, comparten experiencias y se escuchan unos a otros... derriban su propio muro de aislamiento y exponen sus vulnerabilidades para volver a conectar con el mundo.
Si bien en el Centro Integrador Puentes han logrado revinculaciones familiares o han visto cómo algunas de las personas que han estado de paso por ahí consiguen trabajo (recientemente celebraron que uno consiguió empleo en una carnicería), el camino de la recuperación y de la reinserción no es fácil. No todos llegan a buen puerto. Pese a que "no es la gran mayoría" la que logra reinsertarse, Francia sostiene que en el Centro Integrador trabajan con un norte bien fijado: "Hemos tenido aciertos y también fracasos, pero ese sigue siendo el objetivo... que puedan salir de la situación de calle".






