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La metáfora del Víctor, torciendo nuestro camino en la vida

Pequeñas acciones de personajes no centrales del entorno que nos rodea, pueden quizá generar grandes cambios en nuestro futuro.


Leí el otro día por ahí, en una de esas redes sociales que llenan nuestras celularizadas manos de verdades dudosas, una frase que sí parecía verídica, al menos desde mi subjetivo punto de vista. Era una publicación que hablaba maravillas de un músico de rock argentino, bajista él: Diego Arnedo es el personaje que era señalado, en ese texto, como el mejor bajista argentino. No sé si comparto que sea “el mejor”, aunque sí está en mi podio este maravilloso músico, integrante de dos bandas icónicas del rock argento: Divididos actualmente, y Sumo antes, en la cada día más lejana década del 80.

Hablaba maravillas de un músico de rock

Y ahí fue cuando mi cerebrito, que se empeña en estar a cada momento más disperso, se retiró de Diego Arnedo y se centró en Sumo. Y después mi mente dejó atrás Sumo para focalizarse en el tema de esa banda “Mejor no hablar de ciertas cosas”; y de ahí pasé a recordar una siesta de domingo, en el auto familiar, solo, escuchando ese tema por primera vez en mi vida (mientras el resto de la familia dormía). Es que en la emisora de AM de mi infancia y de mi adolescencia hubo, al menos por un tiempo, un programa de rock los domingos a la siesta, liderado (quizá entre otros, no puedo jurarlo) por un tal Víctor, del que no resulta necesario declarar el apellido. Quienes lo conocieron saben de quien hablo; y a las personas que nunca se cruzaron con él, supongo que les dará lo mismo un apellido que otro, para qué negarlo.

VICTOR 2

El tal Víctor, por si no fuera suficiente su interacción con la música con lo ya antes nombrado, también tocaba y daba clases de batería.

Mi cerebro se centró en Sumo

La cosa es que esa emisora, que habitualmente y hasta el día de la fecha se complace en deleitar a su audiencia con grandes éxitos melódicos o folclóricos de antaño, tenía, excepcionalmente, un programa del que era el rock nacional “actual” en ese momento, con música difundida por el Víctor, operador de sonido entre otras cosas. Y entre esas otras cualidades, este hombre también grababa casetes (por un módico precio) de los que con el paso de los años mutó a CDs, siempre con un método de grabación que siendo benignos podríamos llamar “alternativo”, pero que si nos ponemos en leguleyos debemos declarar que lisa y llanamente vulneraba los derechos de propiedad intelectual de los autores. Aunque así estamos mal acostumbrados en estas tierras, en donde somos de vulnerar derechos de las demás personas sin grandes cargos de conciencia.

En fin, la cosa es que cierta vez le llevé un casete virgen TDK (de treinta minutos por lado) al ya nombrado Víctor para que me grabara no recuerdo qué disco completo, de no sé cuál banda de rock; pero el disco a grabar ocupaba menos de los sesenta minutos que podían ser completados con música, y él me preguntó que con qué temas quería yo que rellenara el resto del espacio disponible, para completar la hora que el casete permitía. Mi respuesta fue de las más brillantes de mi vida: “poné lo que te parezca”, le dije. Y lo que a él le pareció adecuado, quizá inspirado por alguna de esas fuerzas del más allá de las que fervientemente descreo, fue “Money” de Pink Floyd y “Cuando ya me empiece a quedar solo” de Sui Generis. Su selección de solo dos temas, derivó a un lugar oscuro de mi desmemoria las canciones que deberían haber sido las principales ocupantes de la grabación. En cambio, el primer tema por él elegido me introdujo al planeta de esa banda mágica que sigue encabezando año a año mis rankings de Spotify; el segundo, me mostró un Sui Generis oculto detrás de sus principales hits, y entendí también que un tango puede escribirse desde distintos géneros musicales.

Le llevé un casete virgen

El tal Víctor, por si no fuera suficiente su interacción con la música con lo ya antes nombrado, también tocaba y daba clases de batería; y allí fui a que me enseñara, pretendiendo mejorar mi “técnica” en ese instrumento. Aunque como era de esperarse, mi inconsistencia me alejó precozmente de su sapiencia baterilezca, y seguí tocando casi tan mal como siempre. Pero lo importante, finalmente, y acá viene la cosa, es que esta persona, a la cual no conocí casi nada, que no sé si era un buen hijo, padre o esposo, alteró mi vida para bien, como tantas veces tantas personas desconocidas alteran nuestro rumbo en el planeta, y tal vez con acciones que parecen ser pequeños golpes de timón modifican nuestra existencia, incluyendo en nuestro espíritu sesgos que nos acompañarán, quizá, hasta que la muerte nos separe.

VICTOR 3

Sería algo así como alguien que nos desinfló un poquito el neumático delantero izquierdo antes de que empezáramos a cruzar el Sahara.

Brindo entonces (antes de que las lágrimas me empañen los lentes de ver de cerca y me impidan seguir escribiendo) por el Víctor, por Diego Arnedo, y por todas esas personas que, sin pretenderlo (o quizá sí) nos marcaron. Sería algo así como alguien que nos desinfló un poquito el neumático delantero izquierdo antes de que empezáramos a cruzar el Sahara, y con esa simple acción desvió nuestro rumbo (en mi caso para bien) permitiéndonos avanza por un camino que, por impensado, no deja de ser de todos modos nuestra vida, la única e irrepetible, y que bien acompañada por esa música que tanto nos gusta, sea la que fuere, es mucho más llevadera.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez