La escarapela y la patria invisible
En el Día de la Escarapela, el legado de Belgrano interpela a una Argentina marcada por el desencanto y la urgencia.
Cada 18 de mayo celebramos el día de la escarapela.
Archivo.Cada 18 de mayo, cuando en las escuelas argentinas vuelven a prenderse sobre el pecho las cintas celestes y blancas, la escarapela reaparece como un gesto sencillo, casi cotidiano. Sin embargo, detrás de ese pequeño símbolo hay una idea profundamente revolucionaria: la convicción de que una nación puede existir antes de verse plenamente realizada.
La escarapela nació antes que la bandera
Antes incluso de que existiera una Argentina consolidada. Fue, en cierto modo, un acto de esperanza. Un signo visible de algo todavía invisible. Y allí aparece la figura de Manuel Belgrano, acaso uno de los hombres más incomprendidos y más actuales de nuestra historia. En un texto luminoso escrito en 2003 dirigido a las comunidades educativas, el entonces cardenal Bergoglio recuperaba precisamente esa dimensión de Belgrano: la del hombre capaz de mirar más allá de lo inmediato. Bergoglio resumía esa actitud con una frase poderosa: “Lo que ves no es todo lo que hay”. Esa idea atraviesa hoy, con especial fuerza, el sentido profundo del Día de la Escarapela.
Un símbolo contra el desencanto
Vivimos tiempos dominados por la inmediatez. Todo parece medirse por la utilidad, la rentabilidad o el éxito instantáneo. En ese clima cultural, los símbolos patrios corren el riesgo de convertirse en meros adornos escolares o recuerdos protocolares. Pero Belgrano pensaba exactamente al revés. Cuando creó la bandera y promovió el uso de la escarapela, el panorama era incierto, caótico y frágil. No había garantías de triunfo. No existía un país organizado. Ni siquiera estaba claro que la revolución sobreviviera. Sin embargo, Belgrano entendía que los pueblos necesitan anticipar el futuro mediante signos concretos. Necesitan símbolos que les recuerden que la realidad visible nunca agota todas las posibilidades. Por eso la bandera no fue sólo una insignia militar. Fue una afirmación espiritual y cultural: la declaración de que había algo más grande que el presente inmediato. La escarapela, pequeña y humilde, expresa exactamente lo mismo.
“Lo que ves no es todo lo que hay”
El texto de Bergoglio sobre Belgrano rescata una dimensión poco explorada del prócer: su capacidad de unir realismo y utopía. No una utopía ingenua o fantasiosa, sino una esperanza activa. Belgrano veía pobreza, atraso, divisiones y mezquindades. Pero también veía una patria posible allí donde otros sólo observaban límites. Su grandeza consistió precisamente en no resignarse a lo evidente. “La creatividad que brota de la esperanza afirma que ‘lo que ves no es todo lo que hay’”, escribía Bergoglio en el año 2003.
Esa frase parece escrita para nuestra época. Porque hoy también abundan discursos que presentan el desencanto como única forma de inteligencia. Se nos dice constantemente que nada puede cambiar, que toda ilusión colectiva termina fracasando, que el individualismo es inevitable y que los ideales son ingenuidades del pasado. La escarapela contradice silenciosamente esa lógica. Cada vez que nos colocamos la escarapela, aparece una pregunta incómoda y necesaria: ¿y si todavía fuera posible construir algo mejor entre todos?
Belgrano: mucho más que el creador de la bandera
La historia oficial suele reducir a Belgrano a un retrato solemne con uniforme militar. Pero su proyecto iba muchísimo más lejos. Fue un apasionado defensor de la educación pública, del desarrollo científico, del trabajo digno y de la inclusión social. Entendía que una patria no se construye solamente con victorias militares, sino formando ciudadanos capaces de pensar, crear y comprometerse con el bien común. Por eso promovió escuelas, bibliotecas y proyectos educativos cuando todavía ni siquiera existía un país organizado.
Allí aparece otro aspecto profundamente actual de su legado: Belgrano comprendía que las naciones mueren cuando pierden la capacidad de imaginar futuro. Vivir el ahora, nos hace olvidar el pasado (memoria) y lanzarnos al futuro (esperanza). Y justamente la escarapela funciona como una pequeña pedagogía de la esperanza.
La patria invisible
Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea volver a descubrir que la patria no es solamente un territorio ni una estructura política. También es una comunidad de destino, una memoria compartida y una promesa abierta. Las banderas y las escarapelas tienen valor cuando recuerdan que existe una dimensión invisible de la vida colectiva: la confianza, la solidaridad, el sacrificio silencioso, el deseo de dejar algo mejor a las generaciones futuras. Belgrano murió pobre, enfermo y muchas veces incomprendido. No fue un hombre exitoso según los parámetros del poder o del prestigio. Pero tuvo algo mucho más difícil: la capacidad de sostener una esperanza histórica cuando casi nadie veía resultados inmediatos.
Por eso sigue siendo contemporáneo. En un tiempo donde muchas veces pareciera imponerse el cinismo, volver a mirar una escarapela puede ser un acto profundamente contracultural. Porque recuerda que los pueblos sólo sobreviven cuando todavía son capaces de creer que la realidad visible no es la última palabra. Que, efectivamente, lo que vemos no es todo lo que hay.
*Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.