ver más

La crisis de autoridad en las escuelas: ¿Vamos a poder atajar este péndulo?

El agotamiento de familias y docentes abre una pregunta urgente: cómo reconstruir límites firmes sin caer en respuestas autoritarias.


Hay diagnósticos que ya ni siquiera generan discusión. Apenas se mencionan, la mayoría asiente con resignación. Algo de eso ocurre con la crisis de autoridad que atraviesa hogares y escuelas. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de un país. Pero sí parece haberse profundizado hasta un punto que empieza a mostrar signos de agotamiento.

Padres y madres experimentan desde hace un tiempo ya, una incomodidad visible frente al ejercicio de la autoridad. Poner límites cuesta. Sostenerlos cuesta más. A veces porque faltan tiempo, energía o acuerdos; otras veces porque existe el temor de herir, frustrar o “traumar”; muchas, simplemente, porque nadie quiere quedar del lado del malo. La consecuencia es una escena conocida. Padres ausentes o desbordados, intentando compensar con permisividad lo que no logran acompañar con presencia. Adultos agotados que negocian todo y corrigen poco. Y, cuando en el colegio finalmente el conflicto se hace ineludible, muchas veces el adulto irrumpe para defender al hijo frente al colegio, discutir con el docente o cuestionar al directivo que intentó poner un límite.

Las escuelas tampoco quedaron intactas

La desorientación generacional también se hace presente en la mente y corazones de muchas maestras y profesores (no saben poner límites con firmeza, no quieren ser “los malos de la película”, no quieren comprarse un problema con las familias). Pero además, durante años, buena parte de las herramientas tradicionales que permitían ejercer la autoridad se fueron erosionando. Las sanciones, las amonestaciones, todas las formas de disciplina punitiva institucional comenzaron a verse como resabios de modelos autoritarios que debían abandonarse. El problema es que, muchas veces, se desarmó algo antes de construir una alternativa robusta. El problema es que muchos sabían lo que no querían repetir, pero no contaban con un modelo alternativo efectivo.

peleas

La desorientación generacional también se hace presente en la mente y corazones de muchas maestras y profesores.

Y así, en demasiadas aulas, quedaron docentes intentando gestionar grupos cada vez más complejos con un repertorio cada vez más estrecho: conversar, convencer, apelar a la empatía, esperar buena voluntad. Todo eso es valioso. Pero muchas veces no alcanza. Porque educar no consiste solamente en acompañar: también implica ordenar, frustrar, señalar límites, intervenir cuando algo daña al otro o al propio estudiante. El resultado está a la vista. Más desregulación emocional, más impulsividad, menos tolerancia a la frustración, más conflictos de convivencia, más episodios de hostigamiento entre pares y un cansancio creciente entre quienes enseñan. Basta conversar unos minutos con docentes o directivos para detectar algo que se repite: hartazgo.

  • ¿Es sostenible esta situación? Claramente no.
  • Y cuando algo socialmente se vuelve insostenible, suele aparecer un movimiento pendular.
  • Y estamos empezando a ver señales que deberían llamarnos la atención.
La directora que pateó un banco

Hace poco circuló una noticia diciendo que Singapur habilitó el castigo físico (azotes) en las aulas para combatir el bullying. Si bien es con ciertos reparos -solo a varones, mayores de 9 años y como último recurso, con presencia de testigos y bajo estricto protocolo-, es llamativo que un país modelo en algunas áreas de la educación, recurra a estas prácticas. En paralelo, pocos días después se viralizan videos de una directora pateando el banco de un alumno después de semanas de indisciplina y faltas de respeto. Un maestro se rinde, pide refuerzos, y luego la directora también pierde el control. titulares sensacionalistas y viralización de lado, no parece gravísimo lo ocurrido según se puede ver en el video. Pero sí es muy llamativo.

Más elocuente que el hecho en sí, es ver las reacciones

En redes sociales aparecen muchos comentarios justificando, empatizando o incluso aplaudiendo estas respuestas: “¡La patada era en la cabeza Dire!”, “está bien, si los pendejos son irrecuperables”, “qué decadencia todo que se cuestione a la directora cuando en realidad hay que cuestionar a los alumnos que no respetan nada”. Cuando una sociedad empieza a validar reacciones extremas, es porque viene acumulando una sensación prolongada de impotencia. Lo vemos en otros ámbitos: frente al delito, frente a la violencia urbana, frente al desorden social. Después de años de desprotección o de sensación de abandono, aparece el deseo de “mano dura”. No necesariamente por convicción ideológica, sino por agotamiento.

  • ¿Podría pasar algo parecido en educación?
  • Esa es, para mí, la pregunta incómoda.
  • ¿Vamos a poder atajar este péndulo antes de que se vaya al otro extremo?
  • ¿O vamos a saltar, sin escalas, desde el permisivismo hacia nuevas formas de dureza celebradas socialmente?
  • Porque el riesgo existe.

Y sería un error pensar que las únicas opciones son dos: permisividad o autoritarismo; fragilidad o castigo; laxitud o mano dura. Hay un camino más difícil y bastante más costoso: construir una autoridad firme y amable al mismo tiempo. Una autoridad que no humille, pero que tampoco se diluya. Que escuche, pero no renuncie a decidir. Que cuide el vínculo sin convertirse en rehén de él. Una autoridad capaz de decir “no”, sostener consecuencias, intervenir a tiempo y asumir el desgaste inevitable que implica educar.

Eso requiere mucho más que indignación en redes

Requiere adultos presentes. Padres y madres dispuestos a incomodarse. Docentes respaldados institucionalmente. Escuelas que construyan consensos. Directivos capaces de sostener criterios comunes. Políticas educativas que no confundan inclusión con ausencia de límites. Y requiere algo todavía más escaso: tiempo. Porque involucrarse es caro. Exige atención, conversaciones difíciles, coordinación, paciencia y poner el cuerpo. Exactamente lo contrario a una cultura que premia la inmediatez, evita el conflicto y terceriza responsabilidades.

La pregunta final, entonces, no es solo educativa

Es social. ¿Estamos dispuestos a reconstruir una autoridad sana antes de que el cansancio colectivo nos empuje a pedir algo mucho más duro? Los educadores hace rato piden dos cosas: formación y respaldo. Formación para aprender -independientemente de la historia y heridas de cada uno- a sostener límites con amabilidad y firmeza. Y respaldo para no ser llevados a juicio moral o escándalo público por los padres que a la vez que les piden ayuda para educar a hijos, erosionan su autoridad con cuestionamientos contínuos. Educar con amabilidad y firmeza es posible. Lleva tiempo y hay que poner el cuerpo. Muchos educadores están dispuestos a intentarlo.

¿La sociedad acompañará ese esfuerzo?

* Patricio Videla. Director de Integralis