Katja Alemann: "Vieja y a mucha honra, lo mejor está por venir"
Actriz, activista y referente cultural, Katja Alemann reflexiona sobre el paso del tiempo, la política, la inteligencia artificial y su presente con Shambhala.
Katja Alemann fue uno de los grandes símbolos de la cultura popular argentina de los años 80 y 90. Actriz, vedette, escritora y figura mediática, construyó una carrera atravesada por la exposición pública, pero también por una permanente inquietud intelectual. Hoy, lejos de quedar anclada a aquella imagen, transita una etapa marcada por el activismo político y ambiental.
En diálogo con MDZ, reflexiona sobre los cambios sociales de las últimas décadas, el impacto de las redes sociales, la construcción de la imagen femenina y los desafíos que plantea la inteligencia artificial. También analiza el presente político argentino y la necesidad de fortalecer el pensamiento crítico frente a la sobreabundancia informativa.
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Además, presenta Shambhala, su espectáculo unipersonal, una propuesta que combina humor, reflexión y mirada política para pensar la felicidad colectiva y recuperar el encuentro cara a cara en tiempos dominados por las pantallas que estará los sábados del 6 al 20 de junio a las 21 horas en Poncho Teatro.
—¿Qué sentís cuando te ves a vos en esa época de los 80, de los 90 y actualmente?
—Es como otra vida, ¿no? Cuando hacía la Guachihuau. La vida de la Guachihuau fue una vida intensa, sí, fue muy intensa. Pero viéndolo ahora, por ejemplo, a veces veo musicales que hice en esa época y digo: "Qué bien que me salía, ¿no?".
—Sí, me salía bien, la verdad que me salía bien. Pero bueno, para mí ahora estoy completamente en otra sintonía.
Del ícono sexual al activismo político
—¿En qué sintonía?
—Estoy más en la sintonía del activismo político, del medioambiente, del feminismo y de todo lo que nos compete en la actualidad a los argentinos, y además también al globo. Porque hay que tener una correlación con la geopolítica para entender lo que también pasa acá.
Así que estoy estudiando mucho al respecto, trabajando mucho en eso. Siempre me interesó la geopolítica, pero antes me faltaba formación. Entonces ahora estoy leyendo mucho y formándome mucho en ese sentido.
—¿Y por qué te picó el bichito ahora, quizás en una etapa en la que podrías estar haciendo teatro y nada más? ¿Por qué decidiste involucrarte activamente en la política?
—Mirá, porque antes, hasta los 50, mi tema era el amor, las relaciones humanas, los vínculos y la cultura. Era lo más importante para mí.
Después de los 50 me empezó a interesar más el futuro. O sea, qué queda para los que vienen después.
—¿El legado?
—Sí, el legado generacional. Aparte del mío personal también, pero el mío personal sería no tan importante. Más importante es el legado generacional.
Yo quiero irme de esta vida sabiendo que hice todo lo posible, por lo menos, para dejar un mundo más o menos coherente para los que vienen. Ahora para mis nietos, que tengo.
La revolución de Internet y los riesgos del algoritmo
—¿Y sentís que hubo un cambio generacional con respecto a esa época de los 80 y los 90? ¿Una evolución en el público, en la sociedad?
—Hubo un cambio exponencial, pero por la información. Imaginate Internet. Eso fue una revolución realmente en términos del conocimiento.
El conocimiento ahora está democratizado. Cualquiera tiene acceso a cualquier cosa. Nosotros antes teníamos que ir a bibliotecas, buscar cursos, encontrar revistas para estar al tanto de lo que pasaba, leer mucho, buscar fuentes, buscar libros.
Yo me acuerdo de que cuando escribí la novela La General, en Costa Rica, tenía que ir a buscar los libros que me recomendaban las fuentes para leer sobre lo que me interesaba.
Hoy en día tenés la inteligencia artificial que te hace un barrido en cinco segundos por todo lo que hay publicado. Una maravilla. No se puede comparar.
Entonces, el problema de la información es que tenés que saber manejarla, investigar y tener conciencia de que la información también es una forma de manipular la mente de las personas. Porque hoy estamos en la dictadura del algoritmo.
El sesgo constante de la información en todo lo que buscás es notable. Ahí tenés que tener muy claro cómo discernir qué es parte de la matrix y qué es parte del pensamiento inducido que te quieren meter.
Hay mucho pensamiento inducido y hay que tener mucho cuidado. Ese es uno de los grandes desafíos de esta época.
El cuerpo femenino, las redes y el desafío de envejecer
—También tenemos el odio en redes sociales. Y pensando en esa época en la que vos eras un ícono de los 80 y los 90, ¿sentís que las mujeres siguen siendo objeto de comentarios sobre su cuerpo? ¿O eso recrudeció?
—Yo creo que la industria del objeto de deseo como cuerpo femenino sigue existiendo.
A pesar de que hay mucha más resistencia. Las mujeres jóvenes no responden necesariamente al modelo hegemónico. Antes ni siquiera existía esta conciencia del modelo hegemónico.
Cuando yo volví al país en 1979, todas las chicas eran rubias, flacas, con los jeans ajustados. Eran todas iguales. Siempre estaba esa idea de convertirse en objeto de deseo para los hombres y había una aceptación social de eso.
Ahora encuentro que las mujeres están más despiertas en ese sentido. Hacen cualquier cosa: están más gorditas, se pintan el pelo de colores, se ponen cualquier cosa, andan de jogging. No hay esa preocupación.
Pero sí en las redes. Ahí sigue la industria del objeto de deseo femenino.
—¿Te alivia no jugar más en esas ligas?
—Sí, sí, sí. Ya lo hice. La verdad es que me siento contenta de haberlo hecho en su momento. No reniego de eso.
—Te iba a preguntar justamente cómo te sentías en ese momento.
—No reniego porque lo hice así, como la Guachihuau. Siempre con humor y con mucho gusto de hacerlo.
Pero bueno, ahora ya está. Ya fue.
Sin embargo, veo que eso sigue. Por ejemplo, en Instagram tengo que poner una foto de mi cara porque, si no, no me lee nadie.
Yo escribo mucho en Facebook, donde hago editoriales y tengo muchísimos seguidores. También escribo en Instagram, pero siempre tengo que publicar la foto de la caripela porque, si no, nadie se detiene.
“Vieja y a mucha honra”
—También está esta cultura de pelear por captar la atención de las personas.
—Sí, hoy es un gran desafío.
Yo no respondo del todo a las exigencias de las redes porque me aburre. Y además es mucho trabajo. Después aprendí que no puedo hacer ciertos posteos porque enseguida aparece: "Uy, mirá qué vieja que está Katja".
Sigue estando esto del objeto.
Y con la mujer, sobre todo, está el tema de la vejez. La vejez es como si estuviera mal vista. Te insultan diciéndote "vieja", por ejemplo. Como si fuera un insulto. No, querido: vieja y a mucha honra. Hasta aquí llegué y mirá cómo estoy. Yo quiero ver cómo llegás vos cuando tengas mi edad. Comparemos cuando llegues.
Para mí la vejez siempre es un orgullo. Cada año que pasa. Estar bien, poder hacer todo lo que quiero, tener ideas y seguir adelante como si la vida recién empezara. Porque para mí es así. Lo mejor está por venir.
Shambhala y la búsqueda de la felicidad colectiva
—¿Y qué es lo que está por venir para Katja en estos momentos?
—Ahora estoy a full con Shambhala, que es lo que estoy promocionando.
Es un espectáculo que no habla de la Guachihuau ni de esa etapa. Eso ya es tema pasado. Pero sí habla de la felicidad. De la felicidad colectiva. De cuál es nuestra dificultad para vivir felices todos.
—¿Por qué hay tanto odio encerrado en las redes?
—Sí. Odio, injusticia, desigualdad, codicia de unos, sometimiento. Un montón de cosas espantosas que pasan en el mundo.
Y Shambhala pasa revista a algunos de esos temas. Elegí algunos. El primero es la mente. Porque la mente es donde se libra la batalla hoy en día.
Inteligencia artificial, soberanía y futuro
—La inteligencia artificial parece llevarnos puestos a veces. Como que primero avanza y después pensamos cómo regularla.
—Claro. Regularla es muy importante. Yo creo que la inteligencia artificial debería estar prohibida para usos bélicos. No podés tener un software que alimentás con datos para matar a otros. Es un no enorme. Tenemos que estar muy atentos a todo lo que pasa y cuidar nuestra mente. Porque está siendo muy manipulada por la información segmentada.
Volver a encontrarse cara a cara
—Y ahora tenemos que ir a verte al teatro.
—Sí, eso es lo que quería.
No sé si es la solución, pero sí es un aporte que hago. Es muy importante salir de la pantallita. Recuperar el espacio de reunión, de celebración, de comulgar con algunas ideas, aunque no estemos todos de acuerdo. Creo que el espectáculo celebra la reunión. Y tal vez eso es algo que está un poco perdido hoy. Estamos todos tan pendientes de la pantalla que a veces es difícil volver a juntarse. Y hablar cara a cara. Juntémonos.
Además, el espectáculo tiene un monólogo político bastante picante y también cuento el mito de Eros y Psique de una manera muy graciosa. Es lindo porque al final se logra una elevación del espíritu en la que todos terminamos felices.
Eso es algo que me enorgullece muchísimo cuando sucede.


