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Caso Agostina Vega: ¿quién cuida a  los adolescentes?

La muerte de esta joven nos deja dolidos como padres, como sociedad, como humanidad. ¿Dónde estamos los grandes cuando los adolescentes necesitan cuidado?

Una reflexión profunda desde la Orientación Familiar: ¿cómo estamos cuidando hoy a nuestros adolescentes?

Una reflexión profunda desde la Orientación Familiar: ¿cómo estamos cuidando hoy a nuestros adolescentes?

Archivo.

La conmoción que provocó la muerte de Agostina Vega, la adolescente de 14 años hallada sin vida en Córdoba, atraviesa a todo el país. Mientras la Justicia trabaja para esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades penales, surge una pregunta que excede este caso particular y que merece una reflexión profunda desde la Orientación Familiar: ¿cómo estamos cuidando hoy a nuestros adolescentes?

Tragedias como esta, suelen producir posturas opuestas

Por un lado, quienes buscan responsables más allá de quienes cometieron el crimen. Por otro, quienes consideran que cualquier reflexión sobre las circunstancias que rodeaban a la víctima implica culpabilizarla. Sin embargo, existe una tercera mirada, una que nos invita a volver a preguntarnos cuáles son las necesidades de protección de nuestros adolescentes y qué lugar ocupamos los adultos en el cuidado, la orientación y el acompañamiento de esa etapa de la vida. Esperar que un adolescente pueda cuidarse completamente solo es depositar sobre sus hombros una responsabilidad enorme, para la que todavía no está preparado. La adolescencia es una etapa de enorme crecimiento y evolución, pero también de gran vulnerabilidad. Es natural que los jóvenes reclamen mayores espacios de autonomía, pero aún requieren ser supervisados y acompañados, ya que todavía se encuentran desarrollando capacidades fundamentales para evaluar riesgos, anticipar consecuencias y reconocer situaciones peligrosas. No se trata de una cuestión de inteligencia o madurez individual, es parte del proceso natural de su desarrollo.

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Esperar que un adolescente pueda cuidarse completamente solo es depositar sobre sus hombros una responsabilidad enorme.

Esperar que un adolescente pueda cuidarse completamente solo es depositar sobre sus hombros una responsabilidad enorme.

Desde la Orientación Familiar sabemos que los adolescentes necesitan adultos presentes. No que controlen cada movimiento ni que invadan su intimidad, sino adultos disponibles, capaces de acompañar, de orientar, escuchar y actuar cuando detectan señales de alarma. Necesitan referentes que puedan ofrecer contención, criterio y protección en momentos donde las decisiones impulsivas, la necesidad de pertenencia o la influencia de terceros pueden aumentar la exposición a riesgos.Sin embargo, también es importante reconocer una realidad que muchas veces queda fuera del debate público: ninguna familia puede hacerlo todo sola. Vivimos en una época en la que pareciera que la responsabilidad de proteger a los hijos recae exclusivamente sobre los padres. Pero la experiencia cotidiana demuestra que las familias enfrentan desafíos cada vez más complejos: jornadas laborales larguísimas, problemas económicos, conflictos familiares, dificultades emocionales y la influencia de entornos digitales que, muchas veces, escapan al control adulto, que forman parte de una realidad que atraviesa a miles de hogares en Argentina hoy en día.

Los adolescentes necesitan adultos presentes

Por eso, la protección de niños y adolescentes nunca debería depender únicamente de una familia. También involucra a las escuelas (que suelen detectar cambios de conducta antes que nadie), a los clubes, a organizaciones comunitarias y a espacios donde los jóvenes construyen vínculos significativos. Involucra a los sistemas de salud, a las iglesias de todos los cultos y sus comunidades, a los organismos de protección de derechos y, por supuesto, al Estado. La seguridad de los adolescentes es, sin duda, una responsabilidad compartida. Qué lindo sería que aprendamos de la cultura japonesa, que cree que cualquier adulto es padre, madre y cuidador de todo niño, aunque no sepan ni su nombre, y todos tienen la responsabilidad y el deber de velar por ellos, aun cuando no compartan ADN. Por eso, uno de los aspectos más preocupantes de nuestra sociedad es el debilitamiento de muchas de estas redes de cuidado, de vinculación, de humanidad. Cada vez hay más familias que sienten que están solas frente a problemas enormes y más adolescentes que atraviesan situaciones difíciles, sin contar con suficientes adultos de referencia a su alrededor. Cuando las redes se debilitan, la vulnerabilidad crece.

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La protección de niños y adolescentes nunca debería depender únicamente de una familia.

La protección de niños y adolescentes nunca debería depender únicamente de una familia.

Por eso, el caso de Agostina no debería llevarnos a señalar retrospectivamente a una familia que hoy atraviesa un dolor imposible de dimensionar. Tampoco debería impulsarnos a construir explicaciones simplistas sobre lo ocurrido. Lo que sí puede hacer es invitarnos a una reflexión más amplia sobre la necesidad de fortalecer los entornos de protección que rodean a nuestros chicos. La prevención no comienza cuando una desaparición es denunciada ni cuando una investigación judicial se pone en marcha. Comienza mucho antes. Empieza cuando una comunidad construye espacios seguros para sus adolescentes. Cuando las instituciones trabajan coordinadamente. Cuando los adultos se comprometen a acompañar sin desentenderse. Cuando entendemos que la autonomía adolescente no elimina la necesidad de guía y cuidado.

La Justicia deberá establecer quiénes fueron responsables de la muerte de Agostina. Pero como sociedad tenemos otra tarea pendiente: preguntarnos si estamos construyendo redes suficientemente fuertes para proteger a los adolescentes que hoy crecen entre nosotros. Porque detrás de cada tragedia que nos conmueve existe una oportunidad para revisar cómo cuidamos a quienes todavía necesitan que los adultos estemos presentes. La pregunta central de la columna de hoy es ¿quién cuidaba a Agostina? Pero la pregunta que puede quedar resonando en el aire es otra: ¿Hay alguna Agostina cerca mío que nadie está viendo? Esta pregunta transforma una tragedia en una reflexión social: dejemos de mirar a Córdoba como escenario de los hechos y empecemos a mirar nuestra propia escuela, barrio, familia, el grupo de amigos de tus hijos. Acá es donde estas palabras pueden tener más fuerza: cuando deja de hablar solamente de una víctima y empieza a hablar de todos nosotros.

* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com

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