Historia de una docente joven: por qué seguir eligiendo enseñar en la actualidad
Camila tiene 28 años, es docente de Matemática y hace más de una década que enseña. Cuenta qué la llevó al aula y por qué todavía elige quedarse.
Tiene 28 años y trabaja entre escuelas y clases particulares. Su historia muestra la vocación, las dificultades y los vínculos que atraviesan la docencia.
Rodrigo D'Angelo / MDZ
Este viernes 11 de septiembre se conmemora el Día del Maestro, una fecha que suele estar asociada a la figura de Domingo Faustino Sarmiento y a la historia de la educación argentina. Pero detrás de las escuelas, los actos y los discursos hay miles de docentes que todos los días sostienen su trabajo en contextos que no siempre son sencillos.
Para conocer esa realidad desde adentro, MDZ dialogó con Camila Anfuso, una docente mendocina de 28 años que enseña principalmente Física y Matemática, entre otras cosas. Su historia no comenzó con una certeza sobre qué carrera quería estudiar, sino con algo mucho más cotidiano: una buena relación con los números y una oportunidad inesperada para empezar a dar clases.
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Camila había comenzado la carrera de Arquitectura y, mientras cursaba esa carrera, daba clases particulares. También trabajaba en un instituto que pertenecía a la mamá de una amiga. Un día faltó un profesor y le ofrecieron cubrirlo: aceptó, empezó a enseñar y terminó trabajando allí durante unos tres años.
Una vocación que apareció en el camino
“Siempre tuve claro que me gustaba mucho la matemática y las ciencias exactas”, contó Camila al recordar aquellos primeros años. También reconoce que tenía una facilidad para explicar y una manera bastante didáctica de vincularse con los demás, algo que terminó teniendo más peso del que imaginaba.
Con el tiempo descubrió que la arquitectura no era el camino que quería seguir. En cambio, las clases particulares y el contacto con los adolescentes le mostraban algo diferente: podía ayudarlos a entender contenidos que muchas veces les resultaban difíciles y, sobre todo, podía hacer que los miraran desde otro lugar.
“Siempre me llevé muy bien con los niños y sentía que podía hacer que vieran las cosas desde otra perspectiva y que fuese más fácil o por lo menos más amable para ellos”, explicó. Esa experiencia terminó empujándola a dejar Arquitectura y probar con el profesorado.
La decisión no significó solamente elegir una materia o una carrera. También implicó descubrir que la enseñanza tenía una dimensión que iba mucho más allá de explicar una ecuación frente a un pizarrón.
Cuando enseñar también significa acompañar
Para Camila, una de las partes más importantes de ser docente aparece precisamente después de explicar el contenido. El aula es un lugar donde los estudiantes pasan buena parte de su semana y donde, con el tiempo, se construyen vínculos que exceden la relación estrictamente escolar.
“Siendo profe no solamente es que vos estás transmitiendo un conocimiento, sino que sos la persona con la que los chicos pasan una gran parte de su semana”, sostuvo. Esa convivencia cotidiana hace que también aparezcan conversaciones personales, preocupaciones y situaciones que no necesariamente tienen relación con la asignatura que se explica en el pizarrón.
La docente reconoce que desarrolla mucho cariño por sus alumnos y que se involucra especialmente con ellos. En su manera de enseñar busca, además, que una materia que suele generar rechazo pueda resultar un poco más cercana y tenga algún sentido para quienes la están aprendiendo.
“Siempre que sea de una manera un poco más divertida, que le encuentren un sentido a lo que están aprendiendo”, explicó sobre cómo intenta enseñar. Para ella, el objetivo no pasa solamente por conseguir que un estudiante resuelva un ejercicio, sino también por mostrarle que aprender puede ser algo valioso más allá de la materia específica.
El desafío de entrar al sistema
Detrás de esa vocación aparece, sin embargo, una realidad laboral bastante más compleja. Camila cuenta que este año viene “peleándola bastante”, especialmente por las dificultades que encuentra como docente joven para conseguir una mayor estabilidad dentro del sistema educativo público.
Actualmente tiene horas titulares en una escuela privada, donde trabaja desde hace dos años. En el ámbito público, en cambio, sus experiencias fueron principalmente a través de reemplazos y hoy tiene pocas horas.
A eso se suma una organización semanal que puede resultar difícil de sostener. Camila vive en Ciudad y tiene horas distribuidas en distintos lugares, entre escuelas y otros espacios, mientras intenta aprovechar los momentos libres para dar clases particulares.
Ella misma utiliza una expresión habitual entre los docentes para describir esa situación: “docente taxi”. Las horas están repartidas en distintos establecimientos y zonas, lo que obliga a organizar traslados y tiempos durante buena parte de la semana.
La situación muestra una de las tensiones que atraviesan su historia: la docencia es aquello que eligió hacer y que disfruta, pero sostenerse económicamente a partir de esa profesión requiere combinar diferentes fuentes de trabajo y acomodar una agenda que puede volverse difícil de manejar.
Llegar al estudiante, el desafío de todos los días
Cuando habla de las dificultades actuales de enseñar, Camila no apunta solamente al contenido de las materias. Para ella, uno de los mayores desafíos está en conseguir que el estudiante se interese y establecer un vínculo que permita que la enseñanza ocurra.
Menciona el uso constante de redes sociales, los videojuegos y la tecnología, pero también situaciones familiares complejas y problemas personales que atraviesan a muchos adolescentes. En ese contexto, captar la atención y generar confianza puede convertirse en una tarea mucho más exigente que explicar un tema del programa.
“Lo más difícil es llegar al estudiante, que el estudiante se interese por vos, más allá de la materia que sea en sí”, plantea. Y encuentra una paradoja: aquello que más cuesta conseguir también puede convertirse en la parte más gratificante del trabajo.
Para Camila, un “me escuchaste” o “entendí” puede tener tanto valor como que un alumno finalmente comprenda un ejercicio. También disfruta cuando los estudiantes la eligen para participar de un proyecto o una salida, porque interpreta esos gestos como una señal de que el vínculo construido en el aula trascendió el contenido de la materia.
Una profesión que siente poco reconocida
Ese compromiso, sin embargo, convive con una sensación de falta de reconocimiento. Camila considera que el trabajo docente no está suficientemente valorado y ubica en primer lugar una cuestión concreta: los ingresos.
“Principalmente desde lo económico creo que no se valora, es muy bajo el sueldo”, sostiene. A su vez, cuestiona una mirada bastante instalada sobre las vacaciones docentes, que reduce esos meses de descanso a una ventaja sin contemplar el desgaste acumulado durante el año.
“Cuando estás ahí llega un momento del año que necesitás esos tres meses porque es bastante agotador”, explicó. En su caso, ese cansancio no se relaciona únicamente con permanecer frente a un curso, sino también con la implicación personal que supone acompañar a los estudiantes.
Su entorno cercano la acompaña y la impulsa a continuar, aunque también recibe una pregunta que, según cuenta, aparece con frecuencia: si sabía que históricamente la docencia no está bien remunerada en Mendoza y Argentina, ¿por qué eligió esa profesión?
Amar un trabajo difícil
La respuesta de Camila no desconoce esas dificultades. De hecho, cuando alguien le pregunta si debería estudiar para ser docente, no le dice que tome la decisión a la ligera.
“Yo a alguien que está estudiando para ser docente le diría que lo piense, que no es fácil”, afirma. No busca desalentar a quien quiera dedicarse a la enseñanza, pero sí advierte que detrás de la vocación hay una profesión con exigencias laborales y personales que deben ser consideradas.
Al mismo tiempo, hay algo que para ella pesa más que esas dificultades. “Ante las adversidades que hay en este país, ante la incertidumbre, yo creo que hay una sola certeza que yo te puedo decir que tengo y es que yo amo lo que hago”, remarcó.
Camila reconoce que hay momentos en los que le preocupa no tener el trabajo o los ingresos que quisiera. Pero cuando entra a un curso, la sensación cambia: “Cuando entro al curso soy feliz, soy feliz, la paso bien. Me enojo y también me divierto mucho, aprendo muchísimo y nada, y soy feliz”, relató con alegría y convicción.
Pensar el futuro sin dejar el aula
Cuando imagina los próximos años, Camila espera que la profesión pueda recuperar parte del reconocimiento que considera que perdió. Le gustaría que se destinen más recursos a las escuelas, no solamente para mejorar edificios o infraestructura, sino también para fortalecer su funcionamiento y las condiciones de quienes trabajan allí.
“Son las que construyen el futuro de las personas”, sostiene al referirse a la educación. Para ella, la enseñanza atraviesa la construcción de una sociedad y debería recibir una atención acorde con ese lugar.
Pero también piensa en su propio futuro. La realidad laboral y el desgaste físico de estar muchas horas frente a un curso la llevaron a preguntarse de qué manera podría reinventarse y aplicar sus conocimientos fuera del aula sin abandonar aquello que aprendió durante estos años.
Por ahora, esa búsqueda convive con una certeza que aparece varias veces a lo largo de su relato. Camila sabe que la docencia tiene problemas, que no siempre encuentra la estabilidad que necesita y que económicamente la profesión le plantea dificultades. Pero también sabe qué siente cuando cierra la puerta de un curso y empieza una clase.
En el Día del Maestro, su historia pone el foco justamente en esa contradicción. Enseñar puede ser una profesión exigente, desgastante y poco reconocida en algunos aspectos, pero para quienes encuentran allí su lugar también puede ser una tarea capaz de devolver algo difícil de medir: la sensación de que lo que hacen tiene sentido.