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Frustración: por qué es buena y es  importante que nuestros hijos la tengan.

En la era del todo pasa, nada duele, la frustración es un camino que nos ayuda a fortalecernos. Es un límite que duele, pero que educa para toda la vida.


Cada vez que pensamos en la palabra frustración, hay miles de emociones y recuerdos que nos habitan, y ninguno de ellos es placentero. Quizás desde ese lugar de dolor es que evitamos tener que enfrentarnos a ella nuevamente. Pero somos nosotros quienes elegimos ver lo que dolió y no lo que aprendimos.

Como padres, es natural que queramos evitar el dolor a nuestros hijos, pero no somos conscientes del grave error que cometemos al evitar que atraviesen por la frustración. Muchos padres la miran como si fuera un enemigo a combatir, aunque no sepan qué es, para qué sirve y qué ganamos con experimentarla.

El momento en el que una persona descubre que no todo sale como se quiere, que hay límites, que la vida no siempre responde a sus deseos, que a veces hay que esperar, esforzarse o volver a intentar, eso es la frustración. Es un cruce incómodo entre el deseo y la realidad. Duele, sí, pero si transcendemos a ese dolor, podemos descubrir que es una de las herramientas más potentes para formar carácter, fortalecer la autoestima y prepararnos para la vida.

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Como padres, es natural que queramos evitar el dolor a nuestros hijos,

Uno puede aprender a atravesarla bien gracias a la educación emocional esa de la que tanto se habla y pocos entienden-, desarrollando maneras eficientes de lidiar con ella y sus efectos. Como padres, es nuestro el desafío de acompañar a nuestros hijos a transitar ese desajuste entre lo que quieren y lo que pueden, y guiarlos en el camino de descubrir cómo manejarlo. Sin sobreprotección, sin rescates innecesarios, sin quitarles cada piedra del camino. Acompañar sin evitar el malestar, estar presentes mientras lo atraviesan.

Para qué nos sirve la frustración

Frustrarse no es sufrir sin sentido. Es aprender a tolerar límites, regular emociones y desarrollar habilidades que no pueden adquirirse de otra forma. En un mundo que ofrece inmediatez, la frustración actúa como un antídoto necesario contra la ansiedad y la impaciencia, y nos ayuda a desarrollar talentos nuevos para una vida agitada. Desarrollamos la tolerancia a la demora: un niño que aprende que puede esperar, que nada grave ocurre cuando algo no sucede de inmediato, desarrolla la paciencia y la capacidad de esperar en paz. Esta habilidad es clave en la escuela, en la vida social y en cualquier proyecto personal.

La perseverancia es otro valor que se desarrolla. La frustración enseña que equivocarse no es fracasar, sino que el error es parte -y una muy importante- del proceso. Insistir después de un intento fallido fortalece la voluntad, la capacidad de superación y la creatividad para intentarlo de una manera diferente. Sin duda, colabora con el desarrollo de la autonomía y seguridad interna que todo niño debe cultivar a lo largo de su infancia. Superar pequeños desafíos cotidianos, sin que los padres se los resuelvan, les da una autoestima más sólida, basada en autosuficiencia práctica pura, no en elogios vacíos. Confían en sí mismos porque vivieron experiencias que les demostraron que ellos sí pueden solos con la tarea.

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La perseverancia es otro valor que se desarrolla.

Con estas herramientas, lograrán tener una saludable gestión emocional, porque podrán calmarse frente a la decepción, volver a concentrarse, buscar otra estrategia inteligentemente y comenzar nuevamente. La frustración desafía al niño a ordenar su mundo interno y encontrar recursos propios. Y cuando entienden que no siempre pueden tener lo que quieren, también comprenden que el otro tiene deseos y tiempos propios. La frustración colabora con el desarrollo de la empatía, volviéndolos más sensibles, considerados, atentos y colaborativos al saber y reconocer lo que el otro está experimentando.

¿Y por qué le huimos tanto?

El problema surge cuando los adultos pretendemos eliminar cualquier ocasión de frustración. Ya sea por estar apurados (no tener tiempo para estar presentes y acompañar a nuestros hijos en el proceso), por cansancio o por culpa, terminamos sobreprotegiendo a nuestros hijos en muchas situaciones cotidianas. Esto puede generar que los niños no toleren los límites que le imponemos, respondan explosivamente a cada “NO” que le digamos, desarrollen dependencia a gratificación inmediata (por ejemplo, en las pantallas) y dificultades para enfrentar desafíos escolares o sociales. En el fondo, el mensaje equivocado que le damos es: “si algo no sale a la primera fácilmente, entonces no vale la pena reintentarlo. Llora y patalea, que siempre viene alguien a solucionarlo”.

En cambio, cuando acompañamos la frustración con amor y límites claros, estamos formando adultos emocionalmente fuertes, seguros y estables. No necesitan que les solucionen la vida, sino que alguien los sostenga mientras atraviesan lo que sienten y descubren cómo resolverlo (cando puedan) ellos solos. Una frase tan simple como: “sé que estás enojado”, “entiendo que te gustaría que fuera distinto” y “estoy acá con vos”, tienen un impacto enorme. Les transmite que no están solos, que sus emociones son válidas y que pueden aprender a manejarlas.

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El problema surge cuando los adultos pretendemos eliminar cualquier ocasión de frustración.

Educar no es suavizar el mundo para que nunca se frustren, sino fortalecerlos para que puedan enfrentarlo. Y lo más hermoso es que, en medio de ese enojo o tristeza, nuestros hijos descubren que tienen más fuerza de la que imaginaban: que pueden caer y levantarse, volver a intentar, esperar al momento adecuado y superar los obstáculos. Eso es acompañarlos a crecer.

* Lic. Milagros Ramírez.

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