El secreto del jubilado de la barra de Capri: una porción de pizza, monedas de oro y la soledad
En medio del apuro, la clásica barra de la pizzería Capri se convirtió en el escenario de una confesión que hace reflexionar.
Una barra, una pizza y una charla. (Imagen ilustrativa generada con IA)
Generada con IASoy un convencido: todo el mundo tiene una historia que contar. En el vértigo del día a día, a menudo olvidamos escuchar y nos perdemos relatos maravillosos. Son esos que nos recuerdan que, incluso en tiempos de IA, la inteligencia emocional (IE) sigue siendo fundamental. Durante más de 20 años de periodismo, escuchar y escribir ha sido mi guía. En cualquier calle o rincón, encontraba la posibilidad de llenar páginas de papel (en esos años) con historias comunes, pero necesarias y sin desperdicio. Con el tiempo, y el foco en otros temas, ese perfil quedó relegado. Hasta que una porción de pizza de Capri lo trajo de vuelta.
Las cosas pasan por algo. Hace una semana, inmerso en el trajín del centro mendocino, entre obras, cortes y gente apurada, sentí que necesitaba bajar un cambio. De pronto, me encontré frente a Capri. Recordé que siempre hay tiempo para unas porciones de muzza en la barra, con la coca fría y sin demoras. Me senté en el extremo más cercano a la puerta (aclaro: no para hacer un "Paga Dios", también conocido en Chile como "perro muerto") y pedí tres porciones. Mientras disfrutaba la primera, vi pasar la silueta de un hombre mayor que saludó y cruzó hacia el baño. Anticipó que pediría su copa de vino y una porción de muzza.
Un par de minutos después, inmerso en la revisión clásica del celular y mi segunda porción, la silueta regresó y se instaló en el asiento del extremo, justo a mi lado y de espaldas a la puerta. Comencé mi escaneo: un hombre mayor, de look desprolijo, con una curiosa cartuchera colgante en el cuello, de la que sobresalía una lapicera azul. Mi mente buscó posibles ocupaciones: ¿trapito? ¿zapatero? La cartuchera era un imán, me impulsaba a hablarle. Justo cuando llegaron su copa de vino y su pizza, abrieron la puerta para sacar la basura. El chiflete frío que entró fue el catalizador: "¡Qué frío que está!", solté. Y el hielo se rompió.
La plata sobra
Con el hielo roto, la charla fluyó. Lo primero que se resolvió fue el misterio de la cartuchera: no era tarjetero ni nada similar, solo la llevaba por costumbre, por si necesitaba anotar algo. Resultó ser, como era de esperarse -y no había pensado antes- un jubilado. Casi por inercia, mi comentario fue: "Ah, mal momento para los jubilados, reciben poca plata". Su respuesta me descolocó por completo: "No, para nada, lo que sobra es plata". Por una fracción de segundo, mis prejuicios volaron: "Este me está hueveando", "acá se acabó la charla porque este señor no tiene los patitos en fila", y una decena de pensamientos que apuntaban a comer rápido la porción de pizza que me quedaba y seguir mi camino.
Sin embargo, dejando de lado el prejuicio, formulé la pregunta clave: ¿por qué tenía plata un jubilado en Argentina, especialmente uno que, a primera vista, no lo aparentaba? Resultó ser un hombre con 40 años de carrera en la industria del petróleo. Ahí todo cobró sentido. Mi atención se volvió a anclar en su relato. No soy experto en el tema, pero la charla me confirmó que no era cuento: se había dedicado a eso toda su vida. La curiosidad se centró entonces en la vida de un jubilado con dinero, algo inusual. Lo primero que me comentó fue que trabajó en YPF hasta la privatización y luego en diferentes compañías, hasta jubilarse hace apenas tres años. Sumando y restando tiene 68 años.
Ahora, sin la actividad que consumió su vida, busca motivaciones. En la previa del feriado de la semana pasada, iba camino a un supermercado a buscar ingredientes para un locro, algo que nunca había preparado. Me dijo que no le gusta comprarlo hecho porque "no sabe cuánto tiempo de preparación tiene" y le podía caer mal. En la charla intentó buscar mis consejos para prepararlo, pero cayó en el lugar equivocado: tengo menos locros que Cecilia Bolocco (que ni lo probó en su casamiento con Carlos Saúl). Iba a comprar lo necesario cuando pasó por Capri y quiso darse un gusto, un pequeño momento que sigue disfrutando.
Monedas de oro
Según su relato, durante sus años de actividad, no solo supo ganar buen dinero, sino que encontró la mejor manera de atesorarlo: una reserva de valor que hoy está en su mejor momento. Compró oro. En dos minutos, me dio una clase magistral sobre el mercado del oro. Me explicó cómo años atrás compraba monedas en un conocido banco, ahora reemplazadas por pequeños lingotes. Conocía el tipo de moneda y su peso según el país de acuñación. Las suyas son de una onza y 22 quilates, destacando que tienen más quilates que la mayoría de las joyas (que suelen ser de 18). Me contuve de preguntarle cuántas tenía, pero me dio a entender que no eran pocas. De hecho, hace poco fue a Buenos Aires a cambiar dos porque necesitaba hacer unos pagos.
"¿Y las tiene que ir a cambiar a Buenos Aires?", le pregunté. "Sí, allá te pagan lo que corresponde. Acá te quieren dar 900 dólares por una moneda, una estafa. Allá me dieron 3.000 dólares por cada una. Cambié dos", comentó. Prejuicioso, otra vez, supuse que viajaba en micro, pero me miró con una expresión de "sos boludo" y me dijo: "En avión, voy y vuelvo en el día o me quedo en un hotel de dos estrellas. Suficiente para mí".
Pero en ese instante, surgió una duda que hizo que la historia diera un giro importante: me interesaba saber cuánto podría "tirar" con los 6.000 dólares que recibió por las monedas, pensando en su familia, la posibilidad de hacer viajes o de tener un auto lujoso. Nada de eso. La realidad de este jubilado sin problemas económicos era que su locro era para una sola persona. La copa de vino y la pizza de Capri eran solo un pequeño gusto, "pero cuesta dos mangos" y que no compartía con nadie. Cambió las monedas para hacer unos pagos porque en su día a día no tiene grandes gastos; vive solo y en su mente no hay viajes, lujos, ni los menús sofisticados del turismo mendocino, sino esa vieja y tradicional barra.
Lamento y soledad
"Yo me equivoqué", me dijo con los ojos vidriosos, notando que toda mi atención estaba en él. "Debí formar una familia. Tuve la oportunidad. Ahora me voy a morir sin nadie alrededor". Hasta ese momento ni siquiera habíamos compartido nuestros nombres, pero sentía su dolor como propio. El estómago se me apretó. "La plata no importa, porque yo hice mucha plata y no me sirve", prosiguió.
No hay motivaciones para que lo atesorado en años de trabajo se transforme en gozo. Una pizza o un locro son efímeros, aunque los disfruta. Tiene un hermano que le insiste en que disfrute, pero él siente que está entrando en depresión porque nada lo motiva, a pesar de poder darse los lujos más caros. Hace cuatro años perdió a su otro hermano y en ese instante dice que comprendió la finitud de la vida y lo realmente importante. Le conté que tengo un hijo de seis años y sonrió. Me tomó del brazo y, con los ojos brillantes y un gesto amable, me dijo que yo tenía "el tesoro más grande del mundo."
"Tuve varias novias, algunas muy importantes", recordó, pero al mismo tiempo se recriminó, porque pudo dar un giro a su vida, pero eligió el camino de la dedicación total a su labor. Fue en ese momento cuando le pregunté su nombre. Me lo dijo, pero no es necesario "etiquetarlo"; el valor de su testimonio no necesita rótulos. Lo que sí me pidió que le dijera a quien quiera escuchar es que la soledad es algo que no se puede suplir con nada material, es algo que afecta, y que el cariño, la compañía y una familia son invaluables.
De pronto, todo pasó a tener otro sentido. De la sorpresa, pasé a la necesidad de darle una palabra de aliento. Aunque también me di cuenta de que el simple hecho de conversar en la barra de una pizzería ya era algo diferente y le generaba bienestar. Para mí, también fue un momento significativo.
Hoy no tiene a nadie a quien dejar lo que atesoró durante una vida de trabajo, ni tampoco las motivaciones para darle un fin recreativo a sus ahorros. Por eso, lo mejor que pude hacer por él fue ofrecerle una conversación cuando la necesitara. Es un misterio si habrá una segunda oportunidad para compartir porciones de pizza en la barra de Capri.
Después de todo ese recorrido que llenó de imágenes mi cabeza, me despedí con un fuerte apretón de manos y tomé rumbo a casa. En el camino, pensé que muchas personas podrían dudar de sus palabras, de su historia, de su riqueza o de su soledad. Pero ¿por qué dudar? ¿Por qué no creer? ¿Por qué no creer cuando se ve la emoción en los ojos del otro, cuando se muestra vulnerable y habla de sus tristezas? Sea como sea, lo que confirmé es que siempre vale la pena escuchar al otro, sea donde sea: en la barra de una pizzería, en la calle, en un café. En el lugar menos esperado, podemos encontrar esos momentos que nos recuerdan lo que somos, o lo que necesitamos.