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El legado educativo de la Revolución de Mayo

La Primera Junta impulsó bibliotecas, escuelas y acceso al conocimiento como base para construir una nación libre e igualitaria.


Más allá de los paraguas (mitificados o no), del cabildo abierto y del nacimiento de nuestro primer gobierno patrio, la Revolución de mayo de 1810 plantó la semilla de una transformación profunda que a veces queda en la sombra de las batallas militares: la revolución de las mentes.

Para los hombres de Mayo, la libertad no era solo un asunto de expulsar al virrey Cisneros; era, fundamentalmente, un desafío cultural. No se podía construir una nación soberana con un pueblo sumido en el analfabetismo y la doctrina colonial, por lo que la educación se convirtió de inmediato en una prioridad de Estado. Si hubo un cerebro motor en los primeros meses de la revolución, ese fue Mariano Moreno. Como secretario de la Primera Junta, Moreno entendió de inmediato que las armas de fuego eran inútiles a largo plazo si no se acompañaban con las armas del intelecto. "Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía", escribía en el prólogo a su traducción de El Contrato Social de Rousseau.

ESCARAPELA

La educación se convirtió de inmediato en una prioridad de Estado.

Bajo esta premisa, la Primera Junta impulsó dos hitos fundamentales para la educación y la cultura nacional en 1810. Por un lado, la fundación de La Gazeta de Buenos Ayres, el primer periódico oficial de la revolución, que no nació solo para dar noticias de gobierno, sino como una herramienta pedagógica para que el pueblo aprendiera a debatir de política y derechos. Por el otro, la creación de la Biblioteca Pública (hoy Biblioteca Nacional), ideada para democratizar el acceso al conocimiento, que hasta entonces estaba recluido en los conventos o en las bibliotecas privadas de las élites coloniales.

Manuel Belgrano: El verdadero maestro de la Patria

Sin embargo, hablar del legado educativo de Mayo es imposible sin profundizar en la figura de Manuel Belgrano. Incluso antes de 1810, desde su rol en el Consulado colonial, Belgrano ya batallaba contra la desidia de la Corona española en materia de enseñanza. El prócer tenía un diagnóstico claro y descarnado sobre la realidad de la región, advirtiendo que "la ignorancia es el origen de todos los males que experimentamos". Para él, un pueblo sin educación estaba condenado a la miseria económica y moral. Sin educación no había posibilidad de libertad. Belgrano entendía que la base de la riqueza no era el oro, sino el conocimiento aplicado al trabajo. Con una visión sorprendentemente moderna, insistía en que la formación debía llegar a todos los rincones de la sociedad sin distinciones. "¿Cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que el Estado pueda contener los excesos... si no se les imbuyen los principios de la virtud y de la religión, y no se les enseña a leer y escribir?", se preguntaba con urgencia en sus escritos.

Esta obsesión por la inclusión lo llevó a ser uno de los primeros en defender con fervor la educación de las mujeres y de los pueblos originarios. Belgrano consideraba una aberración la marginación femenina del sistema educativo de la época y argumentaba con vehemencia: "La mujer es la que forma el corazón del hombre... es necesario que la mujer se ilustre, que tenga principios, que se le enseñen las virtudes para que las transmita a sus hijos". Su mirada no era meramente moral, sino una estrategia política para construir una base ciudadana sólida.

BELGRANO

Belgrano consideraba una aberración la marginación femenina del sistema educativo de la época.

El reglamento escolar y la dignidad docente

El impulso revolucionario consolidó sus ideas más avanzadas en 1813, cuando donó los 40.000 pesos oro (una fortuna otorgada por la Asamblea del Año XIII por sus triunfos militares en Tucumán y Salta) para la construcción de cuatro escuelas públicas en Tarija, Jujuy, Santiago del Estero y Tucumán. Para estas instituciones, redactó un reglamento escolar que se adelantó un siglo a su tiempo, estableciendo que el Estado debía garantizar los sueldos y que los niños pobres debían recibir libros y útiles gratis, sosteniendo que "la enseñanza es la base de la felicidad pública". En aquel reglamento, Belgrano también asentó las bases para la dignificación de los maestros, una profesión que en la colonia era menospreciada. El prócer exigía que el educador fuera considerado un "padre de la patria" y tuviera un lugar de honor en los actos públicos, igualado a los jueces y gobernantes. En sus propias palabras: "El maestro debe ser una persona de conducta ejemplar y de mucha prudencia... Se le debe dar toda la consideración posible, pues su ministerio es el más sagrado y de mayor importancia para el Estado".

El legado de la Revolución de Mayo en las aulas inició un hilo conductor inquebrantable que luego retomarían figuras como Domingo Faustino Sarmiento con la Ley 1420 de educación común, laica y obligatoria, y la posterior Reforma Universitaria de 1918. El verdadero triunfo de 1810 no fue solo cambiar el color de una bandera, sino instalar la idea irreversible de que la educación es un derecho público, una herramienta de emancipación y el único motor real para la igualdad.

* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.