El adormecimiento social en Argentina: cómo cambió la forma de la protesta y el trabajo
La atomización del trabajo y el avance de la inteligencia artificial debilitan la acción colectiva y trasladan al individuo el peso de un problema estructural.
Cuando las crisis económicas dejan de ser un fenómeno pasajero y se transforman en el estado permanente de las cosas, muchos ciudadanos agotan su capacidad de indignación.
Freepik.El adormecimiento social que se percibe en la Argentina contemporánea no debe leerse como conformismo ni como ausencia de malestar, sino como una anestesia por resignación. Cuando las crisis económicas dejan de ser un fenómeno pasajero y se transforman en el estado permanente de las cosas, muchos ciudadanos agotan su capacidad de indignación.
Aparece entonces una resignación adaptativa: la convicción de que el sistema macroeconómico es una fuerza de la naturaleza incontrolable, un monstruo grande que pisa fuerte y que la única variable modificable es el esfuerzo individual. Protestar, marchar o adherir a una huelga empieza a percibirse como una pérdida de tiempo y de ingresos que no altera el rumbo de las cosas, desplazando la energía vital desde la acción política colectiva hacia la pura supervivencia cotidiana y subjetiva. Esta resignación se asienta sobre la atomización del trabajo y la pulverización de la tradicional de la capacidad de agencia de las personas. La figura del trabajador concentrado en la gran fábrica o en la gran oficina —donde las problemáticas compartidas generaban cohesión, solidaridad y capacidad de presión política— ha sido reemplazada por una masa heterogénea y dispersa de ocupaciones. Hoy conviven en el mismo estrato social el empleado público, el obrero industrial, el chofer de plataforma, el diseñador freelance y el comerciante informal. Sus necesidades inmediatas son tan divergentes que la noción de "clase trabajadora" pierde su sustancia simbólica y organizativa. Un paro de transporte, que históricamente fue la herramienta máxima de solidaridad obrera, pasa a ser visto por el trabajador precarizado como un boicot directo a su capacidad de llevar el sustento a su hogar ese día.
La resignación social
En este nuevo mapa laboral florece la alienación 2.0, encarnada de manera paradigmática en los trabajadores de aplicaciones. El repartidor de apps o el chofer de plataformas operan bajo la premisa ideológica de la autonomía: se perciben como sus "propios jefes", dueños de su tiempo y de su herramienta de trabajo. Sin embargo, se trata de una libertad condicionada por un algoritmo invisible que fija las tarifas, asigna los viajes y penaliza las pausas. El algoritmo reemplaza al capataz o al gerente, despersonalizando la relación laboral. Al no haber un dueño físico al cual reclamarle ni un espacio común donde encontrarse con los pares, la figura de la patronal se diluye, dejando sin un destinatario claro al conflicto social en este nuevo escenario de precarización laboral.
Esta ilusión de independencia transforma radicalmente la psicología del trabajador. Si las ganancias caen o las jornadas deben extenderse a 12 o 14 horas para alcanzar un ingreso digno, la narrativa del emprendedurismo no responsabiliza al algoritmo ni al modelo económico, sino a la falta de rendimiento personal. La competencia reemplaza a la fraternidad: el compañero de reparto no es un aliado con quien solidarizarse, sino un rival que compite por el mismo pedido o la misma tarifa. La alienación alcanza así su punto máximo: el trabajador absorbe la totalidad del riesgo empresarial (combustible, mantenimiento, accidentes, jubilación) mientras está convencido de que su precarización es la prueba viviente de su propia libertad laboral. En realidad, no es libre, es más esclavo que nunca, pero con una conciencia eclipsada o resignada a la nueva situación.
El trabajo atomizado
La encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas dedica un apartado específico a las «Dependencias y control social» (MH, Cap. 1) y a las «nuevas formas de esclavitud» en la era digital. La encíclica denuncia la ilusión de la «falsa libertad mercantilizada» y advierte contra el peligro de la «síndrome de Babel» (MH, n. 10), en la que se pretende traducir el misterio y el valor de la persona humana a meros datos, métricas de rendimiento y eficiencia cuantitativa. León XIV subraya en la encíclica la urgencia de rescatar «El valor del trabajo» (MH, Cap. 1) no como un simple insumo de producción o una variable de ajuste, sino como una «dimensión constitutiva de la dignidad de la persona» que exige ser resguardada de la cultura del descarte y de la fragmentación competitiva.
Este cruce entre resignación, atomización y alienación digital reconfigura por completo la efectividad de la protesta en la sociedad civil. Frente a este nuevo sujeto social, los sindicatos tradicionales y los movimientos sociales quedan hablando un lenguaje del siglo XX que resulta ajeno y hasta hostil para el trabajador independiente, precarizado y atomizado. La paz social o la falta de un gran estallido frente al ajuste no responde a la satisfacción con el modelo libertario, sino a que la estructura misma del trabajo contemporáneo ha desarmado las redes comunitarias, dejando al individuo solo, exhausto y concentrado únicamente en pedalear o manejar un día más para subsistir.
La AI complica aún más la situación laboral
La irrupción acelerada de la inteligencia artificial actúa como un catalizador que intensifica la resignación, la atomización y la alienación del trabajo contemporáneo. Lejos de ser un fenómeno neutro o meramente tecnológico, la IA reconfigura la relación entre el individuo y la estructura laboral, destruyendo los últimos refugios de estabilidad y pulverizando los espacios tradicionales donde se gestaba la resistencia colectiva. La IA desplaza la amenaza de la precarización hacia los sectores profesionales y la clase media calificada. Históricamente, la automatización industrial amenazaba al trabajo manual y no cualificado, mientras que la formación técnica o universitaria garantizaba un escudo de estabilidad. Hoy, la inteligencia artificial ataca de lleno al trabajo cognitivo y creativo: programadores, traductores, diseñadores, contadores, redactores y analistas ven cómo sus tareas son automatizadas o devaluadas en cuestión de meses. Esta pérdida del valor del conocimiento rompe el contrato meritocrático y expande el miedo al desempleo o a la irrelevancia a sectores que antes se percibían a salvo, empujando también a los profesionales hacia la lógica del "sálvese quien pueda" e imposibilitando cualquier respuesta social y comunitaria frente al conflicto.
La IA profundiza la alienación al despersonalizar las decisiones empresariales y diluir por completo la figura de la patronal. En las empresas modernas y en el trabajo remoto, los algoritmos de IA no solo gestionan el reparto de tareas, sino que monitorean el rendimiento en tiempo real, evalúan métricas de productividad, aplican sanciones e incluso determinan despidos. La relación de dependencia se vuelve abstracta: el trabajador ya no discute con un gerente o un dueño al que se le pueda exigir un aumento o una mejora de condiciones, sino que lida con una interfaz digital opaca cuyas decisiones se presentan como "neutrales" u "objetivas". El conflicto laboral pierde así su destinatario humano, transformando el reclamo en una queja inútil contra un código informático inaccesible. En este ecosistema hipercompetitivo, la posibilidad de tejer redes de solidaridad, el trabajador independiente se ve forzado a bajar sus tarifas y a aceptar peores condiciones para no ser sustituido por una máquina o por un competidor al otro lado del mundo.
Educar para recuperar el lazo social
Frente a la obsolescencia laboral acelerada, el mandato social dominante no es la regulación estatal del mercado ni la huelga por la preservación de los puestos de trabajo, sino la obligación individual de "recalificarse" (upskilling) continuamente para no quedar fuera de carrera. Si un trabajador pierde su empleo o sus ingresos se desploman frente a la automatización, el discurso del sistema le enseña que la culpa es suya por no haberse adaptado lo suficientemente rápido a las nuevas herramientas tecnológicas. De este modo, la rabia social se neutraliza y se transforma en culpa personal, consolidando un escenario de aislamiento donde la masa trabajadora, exhausta y enfocada en no ser reemplazada por un algoritmo, no encuentra vías para organizarse ni para expresar su reclamo.
La encíclica aborda de manera central la «Responsabilidad, transparencia y gobernanza de la IA» (MH, Cap. 1) y llama a «Custodiar lo humano en la transformación: verdad, trabajo y libertad» (MH, Cap. 4). Frente al mandato del sistema de "adaptarse individualmente o quedar fuera", Magnifica humanitas recuerda que «el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro... de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa» (MH, n. 15), instando a no ceder ante una paz social aparente nacida del agotamiento y la incomunicación digital.
Por esto, la formación crítica de los futuros ciudadanos es fundamental, cosa bien diferente es ser un habitante a ser un ciudadano, sujeto de obligaciones, pero también de derechos fundamentales que hoy se vulneran con preocupante resignación. León XIV propone una formación centrada en el discernimiento ético: enseñar a cuestionar las verdades prefabricadas por los algoritmos, a detectar la manipulación informativa y a no asimilar la injusticia socioeconómica como un destino inevitable. Frente a la cultura del "sálvese quien pueda" y la ilusión del emprendedor autosuficiente, Magnifica humanitas postula una «pedagogía del encuentro y la fraternidad». La educación tiene la misión explícita de reconstruir el sentido del bien común y recordar que los problemas estructurales del trabajo no se resuelven mediante la autoexplotación individual, sino a través de la articulación comunitaria. La institución educativa es definida como un cuerpo intermedio clave donde las personas ejercitan la empatía, el debate presencial y la organización colectiva, cualidades imposibles de replicar en el aislamiento de las pantallas.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.