Cuál es la tradición centenaria de Mendoza fue nombrada como patrimonio cultural
El reconocimiento busca dar visibilidad a una práctica centenaria que sostiene la identidad del sur mendocino.
La incorporación al registro nacional destaca el valor cultural, ambiental y territorial de una tradición que sigue viva gracias a las familias puesteras.
ConicetLa histórica práctica de la trashumancia que realizan las familias puesteras de Malargüe acaba de alcanzar uno de los reconocimientos más importantes de su historia. La Nación incorporó oficialmente esta tradición al Registro de Manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial de la República Argentina, un paso que pone en valor una forma de vida que lleva siglos formando parte de la identidad mendocina.
Lejos de tratarse de un reconocimiento simbólico, la decisión implica que una práctica sostenida generación tras generación pasa a formar parte del patrimonio cultural del país. El objetivo es darle mayor visibilidad, favorecer su preservación y fortalecer las políticas destinadas a quienes mantienen viva esta tradición.
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La incorporación fue posible gracias a un trabajo de investigación desarrollado por especialistas de la UNCuyo y el Conicet junto a familias puesteras del sur provincial. Sin embargo, el verdadero protagonista del reconocimiento es el modo de vida de cientos de crianceros que siguen recorriendo la cordillera con sus animales como lo hicieron sus antepasados.
La vida de los puesteros quedó protegida como patrimonio
La trashumancia consiste en el traslado estacional del ganado entre los campos bajos de invernada y las zonas altas de veranada. Cada año, las familias organizan estos recorridos siguiendo los ciclos naturales, el deshielo, la disponibilidad de agua y el crecimiento de las pasturas.
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Durante ese recorrido no solamente se movilizan cabras, ovejas, vacas o caballos. También viajan conocimientos transmitidos de generación en generación, formas de organizar el trabajo familiar, saberes sobre el territorio y una memoria colectiva que continúa vigente en Malargüe.
Niños, jóvenes y adultos participan del arreo y aprenden desde pequeños los caminos históricos utilizados durante décadas. Esa transmisión oral y práctica es justamente uno de los aspectos que la Secretaría de Cultura de la Nación decidió reconocer como patrimonio cultural inmaterial.
Mucho más que una actividad ganadera
El reconocimiento destaca que la tradición no es únicamente un sistema productivo. Se trata de una manera de habitar la cordillera, administrar los recursos naturales y mantener un vínculo permanente entre las familias, los animales y el ambiente.
La práctica organiza el calendario anual de las comunidades rurales y permite aprovechar de forma estacional los campos de pastoreo sin sobrecargar los ecosistemas de montaña. Además, mantiene vivas costumbres, músicas, celebraciones, herramientas tradicionales y formas de cooperación entre vecinos.
Entre los elementos que forman parte de este patrimonio aparecen los senderos históricos de arreo, los corrales, los refugios de montaña, los aperos, las sogas, los cencerros, los ponchos, las monturas y también alimentos tradicionales como el charqui, el queso de cabra, el mate y el ñaco.
El camino a ser patrimonio
La investigación que permitió concretar la incorporación al registro nacional fue desarrollada por Carina Llano, investigadora del Conicet en el Instituto de Ingeniería y Ciencias Aplicadas a la Industria (ICAI-UNCuyo), y Gabriela Díaz, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Cuyo.
Las especialistas realizaron durante años un proceso de identificación y sistematización de información para demostrar el valor cultural, territorial y ambiental de la trashumancia. Ese trabajo incluyó registros de campo, documentación histórica y la participación permanente de familias puesteras, docentes, estudiantes e investigadores.
Según explicaron las investigadoras, el reconocimiento sintetiza un proceso colectivo construido junto a quienes viven la trashumancia todos los años. Por eso remarcaron que la declaración pertenece tanto a la comunidad científica como, principalmente, a las familias que sostienen esta práctica.
Para las comunidades rurales, es una oportunidad para que la actividad gane visibilidad y reciba mayor acompañamiento del Estado. También abre la posibilidad de impulsar políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones de vida de quienes habitan estos territorios.
Las investigadoras advirtieron que la trashumancia enfrenta desafíos importantes, como el éxodo de jóvenes hacia las ciudades, las dificultades para permanecer en el campo y los problemas de acceso a la tierra. Todos esos factores ponen en riesgo la continuidad de una tradición centenaria.
Por eso sostienen que el reconocimiento no debería quedar solamente como una declaración oficial. La expectativa es que contribuya a fortalecer a las familias puesteras y permita que las nuevas generaciones puedan elegir continuar con una forma de vida que hoy ya integra oficialmente el patrimonio cultural de todos los argentinos.