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Caso Ángel: ¿Quién protege a los niños cuando el daño viene de adentro?

El caso de Ángel expone una verdad silenciada: la violencia contra niños ocurre, muchas veces, dentro del hogar y por sus cuidadores.

El caso de Angel, el niño de 4 años fallecido en Comodoro con claros signos de violencia que apuntan directamente a su progenitora.

El caso de Angel, el niño de 4 años fallecido en Comodoro con claros signos de violencia que apuntan directamente a su progenitora.

Montaje MDZ

El caso de Ángel vuelve a poner en agenda una verdad que duele: la violencia contra niños, niñas y adolescentes no ocurre mayoritariamente en la calle, sino dentro de los propios hogares. Lejos de ser hechos excepcionales, estos casos forman parte de una problemática estructural. En Argentina, los datos muestran que la violencia en la infancia está profundamente naturalizada en las prácticas de crianza y, muchas veces, invisibilizada.

La violencia en la infancia está naturalizada

Según datos de Unicef, el 59% de niñas y niños de entre 1 y 14 años ha experimentado prácticas violentas de crianza, incluyendo castigos físicos (42%) y agresiones psicológicas como gritos, amenazas o humillaciones (51,7%). Esto implica que más de la mitad de las infancias crecen en entornos donde el daño no es excepcional, sino cotidiano. Pero hay un dato aún más perturbador: la violencia no solo ocurre dentro del hogar, sino que muchas veces proviene de quienes deberían proteger. En la Ciudad de Buenos Aires, 8 de cada 10 niños y adolescentes víctimas de violencia doméstica fueron agredidos por sus propios progenitores. No fue un tío, un primo o un abuelo.

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Según datos de Unicef, el 59% de niñas y niños de entre 1 y 14 años ha experimentado prácticas violentas de crianza.

Según datos de Unicef, el 59% de niñas y niños de entre 1 y 14 años ha experimentado prácticas violentas de crianza.

Estamos hablando de madres y/o padres que son los verdugos de sus propios hijos. Y en los casos de violencia sexual, la lógica se repite: más del 56% de los agresores son familiares, y una proporción significativa de los abusos ocurre dentro del hogar. Esto rompe con una de las creencias más arraigadas cuando hablamos de protección infantil: el peligro es externo. Y estos datos claramente deberían obligar a revisar y reformar de formar urgente como trabajan los sistemas de protección al menor. Los registros oficiales también reflejan la magnitud del problema. La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema informó que el 38% de las denuncias recibidas involucran a niños, niñas y adolescentes.

Más del 56% de los agresores son familiares

Además, en el 93% de los casos analizados se detecta maltrato psicológico o emocional, lo que confirma que la violencia no siempre deja marcas visibles, pero sí profundas, y este punto es clave para cambiar la forma de intervención. Las pericias psicológicas, que deberían detectar estos daños invisibles, pueden ser la pieza clave para salvar a un niño, de consecuencias fatales.

Poner al niño en el centro de la escena puede cambiar el destino de una criatura para siempre. El caso de Angel, el niño de 4 años fallecido en Comodoro con claros signos de violencia que apuntan directamente a su progenitora, es un claro ejemplo de cómo se sigue ignorando la voz de los niños en la escena judicial. El niño lloraba por quedarse con su papá- quien lo había criado- pero una orden del juez ordenó la restitución a su hogar materno, ignorando las pruebas de violencia y maltrato. A este caso específico, se suma un dato clave para comprender la gravedad estructural: cerca del 60% de los niños y adolescentes en Argentina ha sufrido agresiones verbales o castigos físicos en su crianza y quizás estos datos no nos sorprendan, porque hemos naturalizado la violencia como una forma de crianza.

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Poner al niño en el centro de la escena puede cambiar el destino de una criatura para siempre.

Poner al niño en el centro de la escena puede cambiar el destino de una criatura para siempre.

No hablamos solo de casos extremos

Hablamos de prácticas extendidas que podrían ser la antesala a hechos lamentables. La evidencia también muestra que las formas más graves de violencia, como el abuso sexual, ocurren mayormente en entornos de confianza. Según estimaciones, 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 13 niños sufren violencia sexual antes de los 18 años, generalmente por personas cercanas. En este contexto, el caso de Ángel deja de ser un hecho aislado para convertirse en un sintoma que vuelve a poner en primera plana el funcionamiento de los sistemas de protección y el incumplimiento de los derechos del niño.

Las denuncias aumentan

Pero también lo hacen los indicadores de riesgo alto y reiteración de la violencia. Más de la mitad de los episodios registrados ocurren de forma frecuente, diaria o semanal, lo que evidencia que no se trata de hechos impulsivos sino de dinámicas sostenidas en el tiempo. Entonces la pregunta ya no es solo qué pasó. La pregunta es ¿Por qué no se vio antes? O peor aún: por qué, aun viéndose, no alcanzó para una intervención efectiva y esa negligencia hoy se paga con la vida de Ángel.

La Convención sobre los Derechos del Niño establece que todo niño tiene derecho a ser protegido contra toda forma de violencia. Sin embargo, entre el marco legal y la realidad cotidiana persiste una brecha que deja a muchos niños expuestos dentro del lugar que debería ser el más seguro. Cuando el monstruo vive en casa y nadie hace nada para ahuyentarlo, el problema no es solo individual. Es institucional. Es cultural. Es colectivo. Y entonces aparece la pregunta que debe ser el eje que guíe una reforma hacia un sistema de protección que funcione: ¿quién protege a los niños cuando quien debería cuidar, daña?

* Brenda Tróccoli. Coach ontologica. Especialista en crianza y familias. Autora “El nudo invisible” (Ed. Planeta 2025) Puericultora.

familiaspoderosas.com