Canción de amor a quemarropa: el uso del tiempo que te queda de vida
En los gestos mínimos, la soledad es una forma de libertad. Limpiar, correr, acompañar el paso de las horas, así arde la vida, a quemarropa, en esta crónica.
La madurez, para el autor, plantea el desafío del uso del tiempo. Imagen IA
ArchivoTengo todo un fin de semana sólo para mí: sin hijos ni obligaciones ni deudas ni vecinos ruidosos ni velorio ni feliz cumpleaños ni amante ni necesidad de compañía. Dejaré que el quehacer se manifieste, porque arde la vida y todo un abanico de opciones se despliega como la falda de una gitana ciega. También la opción de no hacer nada.
No sé qué hacer conmigo, bueno, sé qué hacer conmigo, pero voy a dejar que los acontecimientos me atropellen. Me he ganado este cuenco de tiempo vacío y esta llana soledad: pagué mis caras decisiones, en efectivo, a quemarropa, y aunque no me quedan ahorros, ahora me siento liviano como ceniza de cóndor o camisa colgada en una soga o “Crimen y castigo”, claro, antes de abrirlo.
-
Te puede interesar
Canción de amor a quemarropa al juego en la montaña y los tiempos salvajes
Es viernes a la siesta y clausuro la atención a mis empleos. Me cambio y me voy a correr a los cerros con un grupo de gente montañera. Vuelvo a casa, me baño y como una granola que preparo en frascos con frutos secos; le agrego yogur. Me tiro un rato. Estoy cansado y dormito. Doy de comer a los gatos. Los gatos no hacen nada y siempre están limpios. Los gatos no dicen gracias, pero me conceden el honor de echarse a mi lado cuando me tiro en la cama. No tienen urgencia alguna. Ronronean, los cabrones.
Tomo una decisión: me levanto y me pongo ropa de trabajo y limpio la cocina y los baños. ¿Cómo es posible que se ensucie tanto la mesada, la pileta, la cocina, el piso, la puerta de la heladera, el desayunador. Los inodoros me generan ternura, no podría explicarlo. Cambio las sábanas, reúno la ropa sucia que lavará mi amada hermana Susi, saco la basura porque mañana no pasa el camión recolector. Sacar la basura me llena de satisfacción, no hace falta explicarlo. Me atacan ciertos pensamientos que no vienen al caso y trato de alejarme de mí, ser la acción, no la reflexión, pero ya es demasiado tarde.
-
Te puede interesar
Antes de que se apropien de nuestros restos de memoria
Está anocheciendo y prendo la computadora. No sé para qué escribo. No encuentro mayor utilidad en la escritura. No voy a prepararme cena, comeré otra granola. Voy a tener que bañarme, porque cambié las sábanas. Me baño, con jabón, champú y enjuague. Uno de los privilegios más grandes que he sostenido en mi vida ha sido la ducha caliente. Es un montón. Siempre que lo hago pienso que me estoy duchando con agua caliente y potable en invierno. Es un montón, lo repito, un exceso que pronto perderá la humanidad. Para qué escribo.
Prendo el televisor y busco una película bien falopa. No quiero ver nada de cine-arte, ningún documental sobre la naturaleza o deportes extremos; no quiero suspenso ni comedia ni historias de amor. Doy con “Depredador: la presa”. Pongo play, pero no apago la computadora. Pretendo escribir a hurtadillas, aprovechar las migajas de mi atención. Es viernes a la noche, cuando era joven, los viernes a la noche me incendiaba como un bonzo y amanecía el sábado a la tarde, un carbón con tiritones, un cerdo con gusanos, un violín con nidos de arañas en el ático, ya saben, vela de barco en laguna seca, algo así. Para qué escribo estas mierdas.
En la peli, finalmente la chica indígena protagonista vence a un terrible monstruo depredador con tecnologías con muchos siglos de ventajas. La vida no es así. Las películas nos mienten para que nos olvidemos por un rato esta miseria que somos, es cierto, pero miseria portadora de nobleza y algunos dólares, algunas veces. Apago la compu y la tele. Me encanta mi barrio porque es verde y silencioso. Salgo al patio en calzoncillo y remera. Jamás he usado pijama. La noche no está tan fría. El patio está hecho una mugre, un cementerio del Zonda. Dejo comida y agua a los gatos y vuelvo a la cama.
Es sábado a la mañana y me levanto temprano y voy a correr a los cerros. Pego onda con un amigo manija como yo y corremos como niños locos. En un momento, mientras bajamos un empinado cerro, sin sentirme idiota, le digo “qué lindo momento de la vida”. Al llegar al final del recorrido, agotados y chivados, nos abrazamos. Subo al auto y enfilo hacia casa, oigo música, en el camino compro un maple de huevos y un bidón de desodorante para pisos y busco tres docenas de empanadas congeladas que vende mi sobrina. Paro en el almacén del Johnny y compro frutas y verduras, milanesas de chimango, pan rebanado, queso y jamón cocido. Me baño y me voy a dormir la siesta.
Tengo que limpiar la casa, empezar por el patio, porque viene el frío y el frío merece ser honrado con limpieza. Ha corrido viento y hay cientos de hojas sobre el pasto, porque hay grandes árboles carolinos cerca y, bueno, te dan sombra en verano y montañas enormes de hojas secas en otoño. Recorro el patio reuniendo hojas con paciencia nipona: una por una, con una escoba de plástico. Pongo música en el teléfono, el disco “La tranquilidad después de la paliza”, de Francisco Bochatón. Después de levantarlas a todas, todas y cada una, ya con el pasto limpio, paso la cortadora de césped. Me gusta mi patio.
Donde no hay pasto, en las galerías, en el quincho y la cochera, paso el soplador de hojas. Déjenme que les diga: pocos inventos más maravillosos que el soplahojas, bueno, y también la hidrolavadora, la mopa y la centrifugadora de lechugas. Y la llave de mandril, los repasadores y el alambre. El soplahojas es como el olvido: arrasa con todo. Amo esa escopeta de aire, la amo. Odio a los jardineros y vecinos que la usan, pero para echar a un costado la basura sin recogerla: limpian su vereda soplando la mugre hacia los costados. Los odio, sucios y haraganes. Les daría latigazos mientras cantan negro spirituals en versión cuyana.
Voy terminando el patio. Tomo agua fresca de una botella de vidrio. El grateus merece una severa poda y le entro duro con una sierra. Saco las ramas con manzanitas rojas a la calle. Un señor en una camioneta vieja se detiene y carga las ramas para plantarlas. Qué bonito. Cambio de disco: escucho ahora “Piano” de Daniel Melero, porque quiero bajar un cambio. La versión de “Música lenta” es conmovedora. Gracias por ese piano, por todo ese disco.
Queda una hora de luz. Se me ocurre otra idea papanatas: limpiar los techos. Todo sea por recibir al invierno como se merece. Subo con escobas y el soplahojas. Limpio los techos con mi escopeta. Me siento Terminator con su ametralladora. Todo cae en una galería que ya había limpiado. Otra vez a reunir montañas de hojas. No me importa. Odio las chinches del arce, aunque son bastante estúpidas. No las odio, pero las mato. Debemos esta plaga y otras, como las películas de acción, a Estados Unidos. Ellos nos deben el envío de nuestras malditas hormigas coloradas. Los cagamos, por lejos. Estamos a mano, bró.
Es sábado a la noche. Cuando era joven, me disfrazaba de John Travolta o Cacho Castaña. Subía a mi escarabajo amarillo que, ya en esos años, tenía piloto automático y sabía cómo regresarme a casa al amanecer. Es sábado a la noche y me baño y mientras me baño con agua caliente potable me asaltan pensamientos y enciendo la computadora, me preparo un Cynar y me pongo a escribir. Nadie, nadie, me envía un puto WhatsApp. Podría morir ahora y me encontrarían, tal vez, con suerte, el martes por la mañana. Para qué escribo. Vuelvo al texto de anoche: “Tengo todo un fin de semana sólo para mí: sin hijos ni obligaciones ni deudas ni vecinos ruidosos ni velorio ni amante ni feliz cumpleaños ni necesidad de compañía”. Avanzo un poco, me duermo.
Es domingo y me propongo hacer fiaca hasta tarde. No puedo. Soy un esclavo deleznable que ya no sabe dormir hasta tarde o rascarse la entrepierna. Me preparo el desayuno. Limpio lo que queda del patio. Ha quedado impecable. Voy con mis herramientas a la vereda.
Los vecinos han empezado a hacer el fuego para el asado. Son todos hermosos e impecables, como de comercial de mayonesa. Sus hijos corren por el pasto de las veredas, con bucles luminosos y sonrisas como alhajas, cascadas o algo así. Limpio la vereda y las acequias con mi ruidoso soplahojas, limpio incluso los lotes vecinos de los que nadie se ocupa. Reúno todo en montañas al costado de la calle: son nueve. Me siento mejor.
Hecho agua con una manguera y huele lindo. Ahora, recorro mi casa: es hermosa y me la he ganado. Tomo agua fresca de una botella de vidrio. Voy a bañarme con jabón con gricerina, shampoo y crema de enjuague. Veré partidos de fútbol hasta que anochezca o alguna otra peli de la saga Depredador. Comeré antemuslo de chimango con ensalada de lechugas centrifugadas y al atardecer granola con frutos secos y yogur. Prenderé la compu y buscaré verbos y apelaré al exceso de adjetivos, porque nadie lo hace por el temor y la culpa que generan. Debería afeitarme, tal vez me deje el pelo largo y me abra una cuenta en Tinder. Para qué escribo. Para cuándo escribo. Para quién escribo.