Canción de amor a quemarropa al juego en la montaña y los tiempos salvajes
Somos así porque arde la vida y abandonamos las aventuras. Ser adultos es llamar seguridad al temor y traicionar a quemarropa al niño que fuimos.
La Uspallata Trail Running es un evento clásico del calendario argentino. Foto Gentileza Mlt Eventos
El cronómetro comienza a andar y somos más de cuatrocientas personas corriendo, sólo eso: personas corriendo como si de ello dependieran nuestras vidas. Arde la vida y allí, vamos en procura de lo inmediato: nos aguardan cerros empinados, cruces de río con agua fría, vegas empantanadas, senderos de piedras sueltas, filosas cortaderas y un filo escarpado y poderoso.
En efecto, somos parte de una carrera de trail running en Uspallata: el juego ha comenzado y decidimos aceptarlo. Es mi primera vez en una carrera en la naturaleza: hasta hace poco pensaba que el campo, la montaña y sus ríos, eran para caminarlos en soledad o con amigos. Ahora corro por allí como si escapara de algo, bueno, en verdad escapaba de algo, pero ya no lo hago por eso. Y si bien caminar o correr en el campo son actividades inútiles en sí mismas, se da el misterio de que uno se va transformando en otro tipo de persona mientras convive con la inutilidad del tránsito en la naturaleza.
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He aquí la maravilla: gente grande jugando, dejando de lado por unas horas la necesidad de producir una actividad económica. Hoy, esta manada habrá de seguir el mandato de Coleridge, aquello de lograr la “suspensión de la incredulidad”: creer que estas corridas guardan algún propósito y que, quizás, sus leyes son expresión de algo mayor, elogiable, solidario y a la vez ambicioso, porque sencillamente se trata de ir más rápido que otros sin perder la nobleza y el disfrute y el espíritu de equipo hasta el final del camino.
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No estoy seguro de que así sea, pero es posible que el mundo sea un poco mejor después de una carrera de trail running. El mundo es mejor cuando jugamos, es un hecho. Y si el mundo es una porquería, pues en buena medida se debe a que los dueños del mundo no saben jugar. A ver, suspendamos la incredulidad en cuanto al curso de las cosas. Digamos, entonces, que arde la vida en esos recuerdos de aquello que fuimos y ya no nos atrevemos a ser. No sé, tal vez el encanto de la infancia resida en el modo en que gestionábamos nuestros miedos: plenos de ingenuidad y de inquietud, igualmente nos arriesgábamos a jugar y jugando uno deja ser uno mismo y vive vidas imaginarias y aprende a ponerse en el lugar del otro.
La adultez nos impone dejar el juego y alejarnos, cada vez más, de esa experiencia: nos volvemos personas básicas, productivas, cobardes, asalariadas, eficientes, preventivas y timoratas. Y, así, el juego se va transformando en un recuerdo de la infancia: de esto al desgano, la tristeza y la pobreza de espíritu, hay nada, apenas unos pasos que no dudamos en dar.
En algún momento, nos volvimos idiotas y dejamos que el niño creciera, que el milagro se arrodillara ante la rutina y la eternidad murió en los relojes y, ahora mismo, el algoritmo reemplazó a la intemperie y preferimos ver películas sobre aventuras (ya ni siquiera leerlas en libros), a vivirlas en carne propia, a quemarropa.
Somos grandes y nos cuesta volver a jugar. No obstante, si miramos bien, estamos rodeados de ocasiones para volver a hacerlo. Y entre las mejores, está el regreso a la convivencia con la naturaleza y sus desafíos. Actividades decididamente baldías y hasta estúpidas como subir cerros para luego bajarlos o correr de un sitio accidentado hasta otro, bufando sudorosos como mulas en el Aconcagua o migrantes en el desierto de Sonora, pueden regresarnos por un rato al único paraíso posible: la infancia y sus aventuras, si es que acaso las tuvimos.
En otros siglos, las grandes personas y también las pequeñas, se forjaban al amparo de sus épicas, íntimas luchas de conquista del entorno. A nosotros nos tocó ser eslabones de una cadena productiva de artículos en serie, tener un hogar resistente a vientos y tormentas, pagar seguros para sentirnos seguros, comprar sistemas de alarmas y latas de conservas, disfrazarnos de turistas dos semanas al año, echar doble llave a la puerta y encender smartphones y smart tvs para ver ficciones sobre lo perdido, acompañadas de pizzas y cervezas.
La ciudad, nuestra casa, nuestro auto, nuestro título y puesto laboral, las mascotas y la familia (si nos tocaron unas más o menos decentes), todo aquello que nos da seguridad es un enemigo de la aventura. La ciudad nos limita y lleva al anonimato; la casa y el auto nos privan de la inclemencia; las mascotas y las familias nos exigen ser eternos.
La intemperie y la aventura , en cambio, nos desafían y nos imponen un juego. Y aquí estamos: es sábado por la mañana y en lugar de estar rascándonos el higo en la cama, estamos en Uspallata, ese hermoso valle de altura de la cordillera de los Andes. Corremos de aquí para allá y subimos tan rápido como podemos un cerro áspero y después bajamos al valle y atravesamos dieciocho veces un río, nos metemos al barro y buscamos dónde poner el pie sobre una manta de piedras.
Vamos, dale, salgamos. Ahí afuera, desnuda y hermosa, espera la vida, en el campo, la espina, el agua fría, el fogón, la sopa caliente, los chañares, los pájaros y precipicios. Si hay latido, significa que el animal que fuimos sigue vivo y pide pista, reseteo, exigencia, desamparo, vulnerabilidad, bautismo, cansancio y recupero, cicatrices, risotadas, viento en la cara, olor a tierra y sonidos de silencios. Vamos, dale, juguemos un rato.
Agradecimientos: Uspallata Trail Running, RIM 16, Daniel Yúdica y Tuity Molina y Grupo Ecoandinia.