Bienvenidos al mundo de Roberto Rosas: el obrero del metal que convirtió el centro en una galería de arte
Esculturas mágicas en varios puntos del centro, sin firma ni placa. A 11 años de su muerte, un recorrido indispensable por el mundo de Roberto Rosas.
Roberto Rosas, posando entre sus esculturas en lo que fue no solo su taller, sino también su hogar.
Las ciudades "esconden" historias y el centro de Mendoza no es ajeno. Lo escribo entre comillas, porque en realidad no están escondidas. Están ahí, esperando que ajustemos el lente, que miremos mejor lo que solo vemos al pasar. Que nos hagamos preguntas.
Cruzamos una plaza, esperamos el semáforo, pasamos respondiendo un mensaje con la mirada fija en el celular frente a un monumento sin observar y sin preguntarnos quién lo hizo, cuándo, por qué. Alerta Spoiler: tampoco vamos a encontrar una placa que brinde información, pero ese es otro tema. Las obras se integran al paisaje y en las próximas líneas se podrá descubrir un poco de esos rincones donde resplandece lo bello, lo que está ahí desde hace años y forma parte de nuestra rutina. Mendoza tiene, sin saberlo del todo, una galería de arte en la vía pública, y casi nadie conoce a sus artistas.
Con Roberto Rosas ocurre exactamente eso.
Hoy, 30 de julio, se cumplen once años de la muerte de uno de los escultores más impresionantes que dio la provincia. Buena parte de lo que se puede ver de su obra, y de las más imponentes, se encuentra en lo que fue su casa-taller en la icónica Mathus Hoyos de El Bermejo, Guaymallén, donde hoy se realizan visitas guiadas gratuitas para instituciones públicas, y otras pagas y exclusivas con familiares del escultor.
Sin embargo, otra parte de su obra sigue viva en esa galería urbana en pleno centro, de una manera silenciosa, casi anónima.
La huella urbana del Herrero Mágico
La caminata puede comenzar frente a la Casa de Gobierno. Allí se levanta Libertad, donde termina el Memorial de la Bandera, una de sus obras más reconocidas por quienes más o menos conocen su estilo y su concepto. Pero nada, absolutamente nada, indica quién es el autor. Exactamente enfrente de las escalinatas, la escultura se eleva más de cinco metros: una alegoría de la Libertad, figura femenina alada en aparente vuelo que, según se dice, simboliza a la Patria naciente marchando hacia la independencia.
El recorrido continúa. Se sale del parque cívico por Pedro Molina, se toma Mitre y se camina derecho hacia el norte, atravesando la plaza Independencia hasta donde la calle termina en Espejo. Ahí, cruzando, aparece el Menorah, palabra hebrea que significa "lámpara" o "candelabro", uno de los símbolos más antiguos y sagrados de esa cultura. La pieza tiene un detalle que la vuelve entrañable: un pajarito descansando en su superficie. Un gesto muy propio de Rosas, amante y defensor acérrimo de los pájaros, las plantas y la naturaleza. Tampoco aquí hay placa con su nombre, aunque sí una detrás que recuerda a los caídos en el atentado a la AMIA de 1992.
No hace falta desplazarse mucho para la tercera parada. A la vuelta, hacia el este, sobre calle Patricias Mendocinas al 1200, aparece la Vendimia Indígena, emplazada en enero de 1975. Es una pieza en relieve, pensada en diálogo directo con la arquitectura que la rodea, donde rasgos aborígenes envueltos en misticismo dialogan con la identidad local, las raíces de la tierra que antecede a la celebración moderna de la cosecha. Arte y ciudad, fundidos en una misma superficie.
Además, hay obras como portones y otras en manos de encargos privados, pero con vista en la ciudad. Incluso dentro del cementerio de la Capital se puede encontrar, entre los mausoleos, puertas trabajadas por sus manos.
Ninguna de estas piezas está aislada de la vida cotidiana. Son obras que miles de mendocinos y mendocinas atraviesan todos los días, entre colectivos, trámites, plazas y bancos de plaza, sin saber que están frente a Roberto Rosas.
El obrero del metal
Nació en Guaymallén en 1938 y falleció en su ciudad natal el 30 de julio de 2015. Estudió en la Escuela Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Cuyo y, aunque probó primero con la pintura —su primera muestra fue en 1961—, terminó encontrando en la escultura su lenguaje definitivo desde 1970.
Le gustaba definirse, ante todo, como un obrero del metal, un trabajador del arte: jean para evitar quemaduras, lentes de soldar, martillo, horas y horas de taller. Esa idea del trabajo manual, casi artesanal, convivía con una obra de enorme proyección: más de cien muestras individuales en Mendoza, Buenos Aires, Córdoba y Mar del Plata, y también en Ecuador, Brasil, España, Chile, Italia —invitado por el gobierno italiano visitó Florencia en 1985— y Cuba, donde participó de la Segunda Bienal de La Habana en 1986 por invitación del centro Wilfredo Lam. A lo largo de su carrera sumó distinciones como el Premio Adquisición del Salón de Escultura de Godoy Cruz en 1970 y el Premio Adquisición del Salón Nacional de Santa Fe en 1973, entre varias otras.
Detrás del virtuosismo técnico —esos mantos pesados y solemnes que el metal adquiría en sus manos— había una persona de fuerte sensibilidad social y posiciones políticas e ideológicas que no escondía. Entre criaturas metálicas señaló: "No soy indiferente a la cosa pública, a la cosa diaria; será eso lo que nutre de humanismo a mi obra". Con los años, esa mirada se amplió hacia la defensa del ambiente: durante más de una década imaginó una enorme escultura pensada para que los seres humanos sintieran temor mientras los pájaros encontraban, por fin, un lugar para anidar. El concepto era el de "espanta hombres", y quedó su gigante y metálico Hombre en construcción. Cuando finalmente la construyó, explicó qué había detrás de esa idea: "En la medida en que veo el planeta atacado por los humanos me transformo en un ecologista. La escultura es mi arma y la voy a usar para defender la naturaleza".
Su sobrino José lo recuerda como "Tito", "por lejos el más aventurero" entre sus tíos, y como un sostén fundamental en un momento doloroso de la familia: "fue un gran soporte cuando perdí a mi papá, allá por el '72. Mi viejo era el mayor, mi tío el menor de los varones".
Era, además, un hombre que documentaba todo: en su biblioteca todavía se conservan cuadernos con anotaciones, agendas con los contactos de quienes le compraron obras, y hasta sus libretas de la escuela primaria. Entre ellas hay una que conmueve por una casualidad que parece no serlo: había ido a la escuela pública Almafuerte, el seudónimo de Pedro B. Palacios, el poeta y maestro. Dos almas sensibles, vinculadas de alguna forma.
Incluso, los vecinos juntaron firmas para ponerle su nombre a una escuela, y aunque el no quería al principio, por humildad y porque estaba vivo, los vecinos de Bermejo insistieron y sólo pudo sugerir que antes de su nombre incorporen su oficio: Escultor Roberto Rosas (Escuela Nº 1745).
"La única manera de vencer al mal es construir"
Fernando, su hijo y también escultor, lo recuerda ante todo como un hombre de trabajo. "Mi viejo siempre fue un trabajador, una persona que entendió la vida, el pensamiento, el progreso y la comprensión de las cosas a través del trabajo físico", cuenta. Esa necesidad de hacer no distinguía entre la escultura y lo doméstico: "A veces era en pos de la obra, a veces era en pos de su casa, de construir una parte, de modificar una estructura. Había una condición vital en hacer cosas permanentemente, en mantener el cuerpo y la mente ocupados en resolver un problema".
Esa complexión al trabajo se traducía también en una admiración profunda "por los obreros y por los profesionales, personas que sí sabían hacer su trabajo. Lo emocionaba la gente que era capaz, los albañiles, los carpinteros, los herreros, personas que podían construir cosas en las que uno terminaba viviendo".
Sobre el sentido de dejar obra en la calle, Fernando tiene una lectura propia: "La obra pública es una de las formas de habituar a la gente a que el medio común en el que vive tenga datos de obra de arte. Uno incorpora la obra de arte como parte del mobiliario ciudadano, y es una manera de acostumbrar a la gente a que la belleza, que no tiene otro sentido más que el de ser bella, puede ser parte sustancial de su vida". Y recuerda que buena parte de esas piezas visibles en la ciudad —portones, puertas de mausoleos en cementerios— nacieron incluso de encargos privados, pero conservan esa misma condición pública: "No importa mucho qué lugar ocupe una obra, siempre que sea visible y accesible para la gente".
La casa que late entre el hierro y el canto de los pájaros
Todas esas obras dispersas por el centro tienen un mismo origen. No nacieron en un museo ni en un gran taller industrial. Nacieron en una casa sobre la transitada y legendaria calle Mathus Hoyos 4447, en el bellísimo Bermejo, Guaymallén: un lugar que late entre el hierro, la pátina y el canto de los pájaros, entre olivos y humedales.
Quienes visitan por primera vez la casa-taller de Roberto Rosas suelen creer que están entrando a un museo. En realidad, ingresan a una obra en sí misma. Cuando compró el terreno, a fines de los años 80, buscaba un lugar donde pudiera trabajar sin límites. Diseñó junto al arquitecto Mario Pagés un espacio pensado desde la escultura antes que desde la arquitectura: las puertas fueron intervenidas, los portones también, las columnas se poblaron de figuras, los muebles los construyó él mismo en hierro y en madera, las rejas dejaron de ser simples rejas y hasta una salamandra terminó convertida en pieza escultórica y nombrada "El infierno de Dante": con el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso que va de lo más ardiente a lo menos ardiente. Un hermoso y creativo homenaje a La divina comedia.
Fabiana Maza, compañera del artista y hoy responsable de las visitas a la casa-taller, recuerda que fueron historiadoras del arte quienes encontraron la mejor definición para ese lugar: "No solamente hay esculturas. La casa es una escultura en sí misma". Sin embargo, para Rosas ese espacio nunca fue un refugio privado, sino un punto de partida. Dos años antes de morir explicaba que no quería depender de que una sala exhibiera sus trabajos apenas unos días al año: "Esta es mi casa y mi taller. Quisiera, en un futuro, cuando ya no esté, que siga funcionando, que le sirva a los demás, que sea un espacio para otros escultores". Y agregaba una escena que resume, quizás mejor que ninguna otra, su manera de entender el arte: "Aquí quien pasa por el frente ve las esculturas y, si quiere, toca el timbre y lo hago pasar".
Durante años abrió su casa para exhibir también el trabajo de otros escultores y acercar el arte a quienes probablemente nunca habrían entrado a una galería. En 1999, con ese mismo propósito de abrirle el espacio a las generaciones futuras, creó la Fundación Rosas, con sede en ese mismo taller de Bermejo.
Una invitación a redescubrir Mendoza
Roberto Rosas participó de unas ciento treinta exposiciones individuales y llevó sus esculturas a Italia, Cuba, Estados Unidos, Alemania, España, y China. Dejó una huella profunda en el arte mendocino. Y sin embargo, uno de sus legados más valiosos sigue estando al alcance de cualquiera que decida caminar con un poco más de atención, sin siquiera salir del Gran Mendoza.
El recorrido puede empezar frente a la Casa de Gobierno, seguir por esas vías céntricas y tomar un colectivo de línea hasta la casa-taller de Bermejo, donde nacieron muchas de esas obras y donde todavía es posible entender el universo creativo que les dio origen.
"Siéntase tranquilo, relájese. Usted habrá llegado al mundo de Rosas, y cuando salga para regresar no va a ser el mismo, algo se va a llevar de esa experiencia", escribió mi abuelo muy sentidamente una vez.
Porque de eso se trata, en definitiva: de llegar, de la forma que sea, al mundo de Rosas. Un artista que hizo del hierro un lenguaje y de Mendoza, entera, un lugar para quedarse mirando un poco más.