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Atentado en una cárcel de mujeres: cuando la belleza perfora todo encierro

Un concierto de música clásica en una cárcel de mujeres demuestra que el arte abre experiencias de libertad incluso en contextos de privación. Una escena sobre la dignidad, la emoción y los límites del encierro.


No hay razón para que un día gris nos lleve a la nostalgia. Ya saben, nostalgia de algo que perdido y no recordamos qué: una duda es la nostalgia y las nubes bajas se prestan a su juego de vaguedades. Luego de la conmoción ante la belleza que más adelante se relatará, la única herramienta de conjura a mano es detener el auto en medio del campo y escribir un par de apurados párrafos en el teléfono, porque algo está naciendo, a quemarropa, y hay que dejarlo salir cuando arde la vida.

Escribo, entonces: "durante mi fatigado paso por el mundo sólo he aprendido que todo lo que está adentro, debe salir: lágrimas, sangre, saliva, sudor, gases, dióxidos, fluidos, esputos, ceras, mocos, orinas, heces y, sobre todo, palabras. Aspiro a que mi único legado para los míos sea la frase “Todo para afuera”. La belleza también busca salir, incluso en los contextos de encierro.

Ahora mismo, al decir de Antonin, el cielo se resuelve en lluvia y caen gotas grueas, como palabras. Vuelvo a acelerar mi auto, que se aleja de la cárcel de mujeres de Cacheuta. Pongo música. Uno no escribe para cambiar este estúpido mundo, sino para delatarlo, cuando se logra. Escribir es un ademán baldío, para nadie, pero, una vez enarbolado ese gesto, no sabemos qué provocará. A veces, alguien que va pasando lo recoge y se lo calza en los ojos y le da un sentido y, entonces, se da el milagro: no cambia el mundo, pero al menos queda en evidencia su vileza. Así, con pequeños gestos, damos testimonio de que integramos este absurdo constitutivo de la existencia, aunque a sabiendas y en disidencia y, a veces, nos encontramos con un otro en la palabra y sus silencios. Y en este caso sucede que ese otro ha sido privado de su libertad.

Empecemos de nuevo. Retrocedamos hasta el viaje hacia el penal construido en el piedemonte mendocino. Es un día cerrado y gris camino a la cárcel de mujeres, en el complejo Almafuerte II, de Cacheuta. Hace frío y las nubes están tan bajas que se han tragado los cerros a tarascones. Ha llovido en las últimas horas y los chimangos sobre los postes de luz están despeinados y ateridos, mirando pasar los autos con magnífico desprecio. Suena un temazo, “Espejismo” de Los Redondos, que dice por ahí “canciones tristes, dueñas del corazón”. Y un poco más allá “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.

En las cárceles mendocinas, hay cientos de eventos culturales cada año. Foto Ulises Naranjo

Todas las cárceles son tristes, pero las de mujeres son más tristes, porque las mujeres, casi todas ellas, al ser metidas allí debieron dejar afuera a sus hijos. Por lo común, una mujer que ha delinquido rápidamente se arrepiente de lo que hizo. Toda vez que es atrapada, siente de inmediato un inmenso dolor por tener que abandonar a sus crías. Los tipos, en cambio, suelen elegir mentirse, buscar culpables, fabricar un recio personaje, maldecir la mala suerte, fingir posturas, inventar historias y bastante tiempo después llega el arrepentimiento y la aceptación, si es que llega. Las mujeres en cambio, caen demolidas en los calabozos como colchones abandonados al costado de la ruta. Nada más triste que ver una mujer presa intentando salir adelante, retocándose los labios sin ganas, ya no como una guerrera empuñando su hermosura, sino como un fantasma que no quiere provocar miedo ni lástima en los que ama en los días de visita. Tengo décadas encima viendo repetirse la misma escena.

No obstante, hoy es un día especial: hay un concierto de música clásica en la cárcel de mujeres. Dos artistas de prestigio, muy talentosos y solidarios en el ejercicio de los derechos humanos, cantantes líricos, la soprano Griselda López Zalba y el tenor Mariano Leotta, han venido a cantar para las mujeres en cana áreas de óperas y músicas de películas.

Las presas ingresan al salón y van ocupando las mesas y las sillas. Traen con ellas sus habituales kits de supervivencia tumbera: el mate y la yerba, los cigarrillos, el jogging, las réplicas de zapatillas de marca, el colín, los aros, las pulseras y sus tatuajes y cicatrices, invitaciones disponibles para acceder a la nostalgia, ese pasaporte, esa credencial de vida vivida para evitar ser devoradas por el olvido. Algunas se han pintado el pelo de colores; algunas repasaron sus uñas con rojos furiosos; algunas se han hecho delicadas trenzas en los atardeceres infinitos y todas juntaron las ganas que les quedaban para salir de los calabozos y pabellones y caminar hasta las mesas y sentarse a ver qué onda y cebarse unos mates bien dulces, bien dulces, a diferencia de la vida.

El arte, una vez más, provoca su milagro. Claramente, se nota que estas mujeres privadas de sus libertades no están preparadas para lo que deben soportar: una experiencia de la libertad entre rejas. Y como jamás han sabido qué es una gala lírica, esa indecible música las toma por sorpresa y atraviesa sus corazones malheridos, sí, pero ya no por el dolor y la ausencia, sino por la belleza, esa cabrona hija de remil malas madres.

Con las primeras canciones, la ceremonia queda erigida y así, sin más, todos nos volvemos corderos de dios domeñados por armonías de otros siglos y voces como puñales. De pronto, mientras suena el “Nessun dorma” de la ópera Turandot estrenada hace justamente 100 años, una de las mujeres se levanta, se quita las zapatillas y comienza a bailar, con pura intuición y sumo desenfado, junto a los cantantes.

Mírenla: es morocha, potente y la cárcel no le ha quitado su evidente hermosura. Mientras se mueve, hay alguna risa por lo bajo ante el atrevimiento de la bailarina, pero ni bien avanza el área y su danza va cobrando donosura, nadie puede evitar quedar atrapado por el clima que se ha generado. Gira, salta, se ovilla en el piso y se levanta; extiende sus brazos, abre sus piernas, gira y vuelve a girar. Jamás en su vida tomó una clase de ballet, lo suyo es el twerking, los tatuajes tumberos y el protagonismo sostenido en conflictos de pabellón. Sin embargo, ahora es un ángel que va y viene, mientras los cantantes levantan el tono emotivo y el estallido final coincide con su cierre lleno de gloria. La ovación no se hace esperar.

No ha bailado para ser aplaudida: lo ha hecho porque tenía necesidad de hacerlo. No está feliz en medio de la aprobación general, sino, más bien, fascinada por su viaje en el tiempo hasta su infancia. Recibe los abrazos de sus compañeras, despeja dos gotas de sudor y nos agradece y le agradecemos. Tal vez ahora ha de sentirse ligera y vacía tras sacarse de encima aquello que cargaba.

El arte no cambia el mundo, pero lo pone en evidencia, a quemarropa. Foto Ulises Naranjo

Afuera, el mundo sigue igual. No es mejor el mundo luego bailes, canciones y poemas, pero esta cárcel de mujeres por un rato sí que lo es. Mientras los artistas reciben felicitaciones, el cielo empieza a despejarse y los chimangos sobre las torres con guardias armados sacuden sus plumas como divas del piedemonte y se sacan de encima el rocío de sus nostalgias, suponiendo que las tengan.

La música se apaga y se enciende cierto silencio en el pabellón: todas las canciones son tristes, pero a veces suenan más tristes todavía. Después de los abrazos, salimos. Con Griselda y Mariano caminamos hacia los autos y allí atrás, en la cárcel, adivinamos que una mujer tatuada ha vuelto a su calabozo y ahora se deja invadir por la nostalgia por lo perdido a fuerza de errores, mientras sus dedos juega con su collar de fantasía. Ahora, se mira las uñas, recibe un mate, se corrige el pelo y deja salir tres lágrimas. Alguien que la iguala en tamaño de infortunio, la acaricia. No saben qué hacer con lo vivido. No saben cómo se quita una de encima el carnaval la belleza y sus pérfidos banderines.

Despido a los artistas y vuelvo al auto sin saber aún qué hacer con lo vivido. Escribo un par de párrafos, porque escribir es gratis, aunque vivir sea carísimo. Gracias a la música, durante un rato, construimos comunión junto a los que sufren el encierro y el abandono.

Todos estamos presos de algo, pero algunos están más presos que otros. Toda libertad es condicional y la belleza, bueno, la belleza no dura nada, te besa y te abandona y te devuelve al mundo y sus espejos. ¿A quién se le ocurriría componer canciones tan tristes? Todas las orquestas son la orquesta del Titanic. Todas las óperas son trágicas y están cargadas de delitos. Todas las bailarinas son el fantasma de sus niñas. Todos los chimangos nos desprecian. El invierno será largo sin música y la primavera sin hijos será eterna.

Ulises Naranjo.