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Por qué La Odisea sigue siendo el viaje más importante de la literatura occidental

La nueva adaptación de Christopher Nolan renueva el interés por la obra de Homero y por un héroe que aún interpela al mundo moderno de la literatura.

Los grandes mitos nunca envejecen

Los grandes mitos nunca envejecen

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El próximo estreno de La Odisea, la esperada adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan, constituye mucho más que un acontecimiento para los cinéfilos. Es, sobre todo, una invitación a regresar al poema épico atribuido a Homero, una de las obras fundacionales de la literatura occidental y el relato que con mayor profundidad ha explorado el viaje de un ser humano hacia sí mismo.

Cada generación encuentra su propia manera de volver a los clásicos. A veces lo hace a través de una nueva traducción; otras, mediante el teatro, la novela o el cine. Ahora es Nolan -uno de los realizadores más personales del cine contemporáneo- quien asume el desafío de dialogar con un texto que ha atravesado casi tres mil años sin perder su extraordinaria capacidad de interpelarnos. El protagonista del poema es Odiseo, aunque muchos lectores lo conocen como Ulises. No son dos personajes distintos. Odiseo es el nombre griego (Odysseús); Ulises, la forma latina que difundió Roma y que terminó imponiéndose durante siglos en buena parte de Occidente. Recuperar el nombre original no es un detalle erudito. El propio título del poema deriva de él. Antes de que la palabra “odisea” pasara a designar cualquier viaje largo, arduo y extraordinario, era, sencillamente, la historia de Odiseo.

Una invitación a regresar al poema épico atribuido a Homero, una de las obras fundacionales de la literatura occidental.

Una invitación a regresar al poema épico atribuido a Homero, una de las obras fundacionales de la literatura occidental.

Una de las obras fundacionales de la literatura occidental

A primera vista, el poema relata el regreso del rey de Ítaca después de la guerra de Troya. Diez años de navegación, tempestades, naufragios, monstruos, dioses caprichosos y tentaciones parecen conformar una magnífica aventura. Pero esa lectura resulta insuficiente. La Odisea habla, en realidad, de la identidad, de la memoria, del tiempo, de la inteligencia, de la pérdida y de la perseverancia. Es la historia de un hombre que descubre que no basta con regresar ya que también debe convertirse en alguien capaz de hacerlo. Quizá esa sea la razón por la que el poema continúa conmoviendo casi tres milenios después de haber sido compuesto. Porque, aunque el mundo haya cambiado radicalmente, las preguntas esenciales siguen siendo las mismas. Cambiaron barcos por aviones, cartas por mensajes de textos, mapas por satélites (y todo hoy supuestamente amenazado por la IA). Sin embargo no cambió el miedo, la incertidumbre, el amor ni la necesidad de encontrar un sentido para la propia existencia.

Odiseo no es solamente un héroe victorioso

Es un hombre obligado a reinventarse una y otra vez. Debe pensar antes que combatir, soportar la incertidumbre, renunciar a la omnipotencia y resistir aquello que amenaza con desviarlo de su propósito. Su verdadera fortaleza no reside en la espada, sino en la capacidad de seguir adelante aún cuando todo parece perdido. Los monstruos también evolucionaron. No encontramos cíclopes en el camino ni escuchamos el canto de las sirenas sobre las aguas del Mediterráneo. Las sirenas del siglo XXI tienen otros rostros y otras variables, como la ansiedad generalizada, la hiperconectividad, el consumo sin límite, la ilusión del éxito inmediato, la necesidad incesante de reconocimiento. Ítaca deja de ser únicamente una isla para convertirse en una metáfora porque representa aquello que da orientación a una vida. El lugar —real o simbólico— hacia el cual dirigimos nuestros esfuerzos, aun sabiendo que nunca regresaremos siendo exactamente los mismos.

Su verdadera fortaleza no reside en la espada, sino en la capacidad de seguir adelante aún cuando todo parece perdido.

Su verdadera fortaleza no reside en la espada, sino en la capacidad de seguir adelante aún cuando todo parece perdido.

Es un hombre obligado a reinventarse una y otra vez

Es aquí donde el poema adquiere una resonancia contemporánea. Mucho antes del nacimiento del psicoanálisis, Homero había comprendido que el ser humano no se define solamente por sus triunfos, sino por aquello que desea. El viaje de Odiseo puede leerse como el itinerario de un sujeto atravesado por el deseo. Se equivoca, duda, pierde compañeros, cede a la tentación, sufre por amor, persevera, vuelve a levantarse. No es un héroe perfecto; es un hombre dividido, marcado por la falta y es esa falta la que mantiene vivo su deseo de regresar. Desde una lectura psicoanalítica, Ítaca deja entonces de ser un punto en el mapa. Se convierte en el nombre de aquello que organiza una existencia. No importa tanto llegar como sostener el deseo que hace posible el viaje. Porque nadie vuelve idéntico a quien partió. El regreso siempre encuentra a un sujeto transformado por la experiencia.

Los grandes mitos nunca envejecen

No sobreviven por el prestigio de la tradición ni por respeto a la Antigüedad. Permanecen vivos porque continúan nombrando aquello que en el ser humano no cambia. Cada época modifica sus tecnologías, sus costumbres y sus lenguajes; no modifica la pregunta por quiénes somos, qué buscamos y cómo atravesamos las pérdidas inevitables de la vida. No resulta extraño que Christopher Nolan haya elegido precisamente esta obra. Toda su filmografía ha explorado el tiempo, la memoria, la identidad y las paradojas de la condición humana. La Odisea parece reunir esos temas en su forma originaria: la de un hombre que intenta volver a su hogar mientras descubre que el verdadero viaje ocurre en su interior. En el viaje de Odiseo -o de Ulises, como prefirió llamarlo la tradición latina- seguimos reconociendo el nuestro. Todos atravesamos tempestades, escuchamos nuestras propias sirenas, combatimos monstruos invisibles y buscamos una Ítaca que rara vez coincide con un lugar geográfico. Es, más bien, el nombre del deseo que orienta nuestra vida y nos permite seguir viajando.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta