Presenta:

El secreto develado de sus ojos

Cuando las miradas correctas se cruzan, el tiempo se detiene. O al menos, a nadie le importa si así no ocurre.

Se miraron fijamente a los ojos, por primera vez, pero ya presintiendo futuras miradas.

Se miraron fijamente a los ojos, por primera vez, pero ya presintiendo futuras miradas.

Archivo.

Se miraron fijamente a los ojos, por primera vez, pero ya presintiendo futuras miradas que seguramente se cruzarían durante mucho tiempo: quizá por toda la eternidad; o al menos hasta que la muerte los separase, que no es lo mismo, pero es igual, como supo decir cierta vez un poeta.

Ambas personas mantuvieron su vista una frente a la otra (con sus dos pares de ojos normalitos, como los de la gran mayoría de quienes habitamos por acá) con la atención fija en la persona de enfrente; pero no desafiando, ni provocando, ni jugando a ver quien se la aguanta más: simplemente observándose, tal vez podría decirse que con dulzura, presintiendo besos que llegarían probablemente a la brevedad, precedidos por acercamientos físicos y cruces de olores y de sabores, que son de los mejores cruces que se han inventado sobre la faz de la tierra, o al menos eso es lo que se cree por estos lados.

Se observaban descubriendo fidelidades aún inexistentes, presintiendo verdades.

Se observaban descubriendo fidelidades aún inexistentes, presintiendo verdades.

Presunción de verdades, la mejor de las fidelidades

Se observaban descubriendo fidelidades aún inexistentes, presintiendo verdades y sabiendo que no iba a ser necesario preguntar por esto o por aquello; lo importante les iba a ser transmitido seguramente, y lo demás, no importaba nada. Ese par de pares de ojos transmitían calma, paciencia, y nada de apuro: toda una vida por delante iba a ser tiempo más que suficiente para entender los resquicios, para cerrar los ojos o prohibirle al otro mirar en momentos de desencaje emocional o de debilidad; o de alguna de esas fortalezas propias que podrían quizá llegar a convertirse en presuntuosas, por lo cual era preferible no mostrar. La eternidad era lo mínimo que esas miradas necesitaban para concretar sus promesas tácitas, y era ese el tiempo que tenían, porque no hay amores que nazcan con fecha de vencimiento: esas son cosas de la legislación vigente y de las tapas de los yogures, pero nunca de las pasiones surgentes, que siempre nacen eternas, sin chance alguna de morir en forma previa a sus humanos poseedores; así son de ser los nacimientos, esperanza pura, con solo grandeza y perfección en el futuro. Que después la vida haga derrapar estas verdades, en fin, es cosa de mandinga; no es así como nacen los amores y las personas, ni en este caso ni en ningún otro.

Sin prisa por pasar del dicho visual al hecho manual

Tal vez sus manos, las que se encontraban en esos cuerpos poseedores de los ojos que se miraban, se anduvieran buscando para empezar a pasar del dicho al hecho, entre los cuales, según se dice, hay poco trecho. Pero de todos modos, el placer que les generaba el tan solo mirarse, hacía innecesario (al menos por el momento) el contacto físico. Las pupilas brillaban, casi llorosas de felicidad, sonriendo más que los labios que se pronunciaban en sus respectivas caras en el mismo sentido, tan solo algunos centímetros más abajo. Nada podía fallar, o al menos nada hacía suponer que hubiera fallos posibles en ese futuro que, al no estar aún escrito, bien podía atinar a derrapar por la senda del bien, de la felicidad eterna, y olvidarse del libre albedrío que le permitía ser malo; para qué, con qué necesidad lo sería: el futuro era esperanza, felicidad y gloria, y nada en el lugar auguraba razones que pudieran impedir eso.

Las lágrimas que hacía tan solo unos instantes parecían perfilarse en las brillosas pupilas, por obra y gracia de la ley de gravedad finalmente resbalaron.

Las lágrimas que hacía tan solo unos instantes parecían perfilarse en las brillosas pupilas, por obra y gracia de la ley de gravedad finalmente resbalaron.

Las lágrimas que hacía tan solo unos instantes parecían perfilarse en las brillosas pupilas, por obra y gracia de la ley de gravedad finalmente resbalaron por sus mejillas con rumbo sur. Las sonrisas físicas generaron algo parecido a canales en los rostros de los futuros amantes, a través de los cuales las saladas gotas, esquivando bocas, fluían sin prisa (pero sin pausa) declarando que sí, que todo estaba bien, que al parecer no estaba siendo necesario hablar, ni decir tan solo ni una mísera palabra para declarar la aceptación de un pacto eterno, una vez más, como tantas veces había pasado y como tantas otras iba a seguir pasando por lo siglos de los siglos, mientras dos pares de ojos enamorados se cruzasen, mirándose de frente, sin excusas.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez