Adán Pedemonte, a 50 años de su muerte: el pintor que documentó una Buenos Aires desaparecida
A 50 años de su muerte, obras inéditas revelan su valor como cronista visual de los palacios y paisajes perdidos de la ciudad de Buenos Aires.
A cincuenta años de la muerte del pintor argentino Adán Pedemonte.
Gentileza.A cincuenta años de la muerte del pintor argentino Adán Pedemonte, su obra admite hoy una lectura renovada a partir de una serie de obras hasta ahora inéditas que pertenecen a una importante colección porteña.
Habitualmente recordado como un refinado paisajista ligado a la tradición naturalista argentina, las obras que reproducimos tienen un notable valor documental: el de haber registrado una Buenos Aires que comenzaba a desaparecer bajo el impacto de las transformaciones urbanas del siglo XX.
La historia del arte argentino suele ubicar a Pedemonte dentro de una línea heredera de Fernando Fader y de la gran pintura luminista nacional. La influencia de otro de sus maestros: Cesáreo B. de Quirós le aportó la visión del gaucho y sus quehaceres. Estas obras y sus naturalezas muertas le otorgaron reconocimiento en salones y exposiciones durante varias décadas. Sin embargo, existe otra faceta menos difundida pero especialmente significativa en la actualidad: la del artista que convirtió la ciudad en memoria visual.
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Un gran reconocimiento a Pedemonte
Nacido en Buenos Aires en 1896, Pedemonte se formó en la Academia Nacional de Bellas Artes y desarrolló una pintura de fuerte sensibilidad atmosférica. Su mirada evitó tanto el experimentalismo radical de las vanguardias como el academicismo rígido. En sus telas predominan la observación directa, la construcción equilibrada del espacio y una atención muy particular a la luz. Esa misma sensibilidad fue la que le permitió captar también el paisaje urbano porteño en un momento decisivo de transformación.
Cuando Pedemonte comenzó a pintar la ciudad, Buenos Aires atravesaba un profundo proceso de modernización. Las grandes avenidas, los edificios en altura y las nuevas obras públicas avanzaban sobre sectores tradicionales de la vieja ciudad aristocrática. Numerosos palacios y residencias de fines del siglo XIX comenzaron entonces a desaparecer. En muchos casos, la pintura terminó conservando imágenes de construcciones que pocas décadas después ya no existirían.
En ese punto, la obra de Pedemonte dialoga con un antecedente notable: el de la pintora francesa Léonie Matthis. Radicada en la Argentina desde comienzos del siglo XX, Matthis dedicó buena parte de su producción a reconstruir visualmente la Buenos Aires colonial.
Pedemonte desarrolló una tarea distinta pero comparable
Mientras Matthis reconstruía la ciudad colonial desaparecida, (y Pío Collivadino abordaba la expansión hacia el sur) él terminó documentando la desaparición de otra Buenos Aires: la de los grandes palacios urbanos, las plazas arboladas y las residencias señoriales de la belle époque porteña.
Uno de los casos más significativos de esa dimensión documental es Palacio Miró, una de las mansiones más emblemáticas de la Buenos Aires patricia. El edificio se encontraba frente a la actual Plaza Lavalle, en las inmediaciones del Teatro Colón y del Palacio de Justicia. Construido en la segunda mitad del siglo XIX, el palacio ocupaba una extensa superficie rodeada de jardines y se convirtió rápidamente en símbolo del refinamiento arquitectónico de la élite porteña.
La residencia perteneció a Mariano Miró y su imagen quedó asociada a la ciudad elegante y afrancesada que caracterizó a Buenos Aires antes de las grandes reformas urbanas del siglo XX. Durante décadas, el edificio formó parte del paisaje habitual de Plaza Lavalle, entonces uno de los espacios más distinguidos de la ciudad.
Pero en 1937 el Palacio Miró fue demolido para ampliar la plaza. La desaparición de aquella residencia marcó también el fin de una época.
En ese contexto, las pinturas de Pedemonte adquieren hoy un interés singular. Sus vistas urbanas no son solamente ejercicios estéticos: constituyen testimonios visuales de una ciudad perdida. La pintura se transforma así en documento histórico.
A diferencia de la fotografía, que registraba el detalle inmediato, Pedemonte incorporaba además una dimensión emocional y atmosférica. Sus calles, plazas y edificios aparecen atravesados por una luz calma, casi melancólica. Hay en esas obras una conciencia —quizás intuitiva— de que ese paisaje estaba destinado a desaparecer.
Resulta significativo observar cómo muchos de esos artistas figurativos, considerados durante años como representantes de una pintura tradicional, terminaron ofreciendo uno de los registros más sensibles del cambio urbano argentino. Allí donde el progreso demolía, la pintura preservaba.
En el caso de Pedemonte, esa preservación nunca aparece como denuncia explícita. No hay dramatismo ni nostalgia declamada. Su mirada permanece serena, equilibrada, atenta a la armonía compositiva y al clima lumínico. Sin embargo, precisamente en esa serenidad reside hoy buena parte de la emoción que transmiten sus cuadros urbanos.
A cincuenta años de su muerte, la obra de Adán Pedemonte permite entonces ampliar la imagen habitual del artista. Ya no únicamente como pintor de paisajes naturales, sino también como uno de los cronistas visuales de la Buenos Aires desaparecida.
* Carlos María Pinasco es consultor de arte.
carlosmpinasco@gmail.com