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A quemarropa: la guerra y el desafío de vivir sin vergüenza de uno mismo

Una mañana en el colegio supimos que estábamos en guerra. Aquello cambió mi vida, a quemarropa, porque la derrota enseña más y mejor que la victoria.


La Guerra de Malvinas nació mal parida al ser iniciada por una despiadada dictadura militar y civil en crisis, asesina a quemarropa, ladrona, violadora y cínica. Como a tantos, la guerra me encontró en plena adolescencia, siendo yo, en carácter de víctima, justamente lo contrario a lo que el poder ostentaba como ejemplo de vida. La infancia es valentía y descubrimiento, la adolescencia, desafío e inocencia y la guerra, pasatiempo de adultos y testimonio de fracaso de la especie.

En esos años oscuros, había explotado en barrios suburbanos de Buenos Aires algo que también había estallado en mi cabeza: el rock como actitud ante la vida. Si aquello te atrapaba, estabas perdido. No hubo mucho para dudar toda vez que comprendías y asumías las reglas de juego del rock y sus banderas: rebeldía, resistencia, pacifismo, libertad, democracia, pelos largos, amistad, excesos, frugalidad, irreverencia, valentía, sentido de comunidad, colores en el cuerpo, poesía ante todo y amor a pesar de todo. Arde la vida cuando abunda el desafío y la belleza.

Cuando Malvinas, yo cursaba quinto año en la escuela “Martín Zapata” que, por aquellos años, lucía francamente militarizada, ultra católica, conservadora, rígida en su postura ideológica, sancionadora y gustosa de separar estrictamente a las personas según sexo. A los varones, nos obligaban a marchar como soldados en las clases de Educación Física. Debíamos creer en determinado Dios y en las enseñanzas impartidas se evitaba y condenaba toda visión que contradijera las valoraciones de la dictadura. El pelo no podía tocar el cuello de la camisa, la incipiente y ridícula pelambre en la cara debía ser rasurada, la corbata debía estar bien ajustada y los zapatos lustrados: el uniforme gris y azul regía neutro y severo, como dictamen de obispo. Aquella educación en ese prestigioso colegio de la UNCuyo era exigente, sesgada, elevada, rigurosa, excluyente y la minoría que terminaba sexto año allí, quedaba muy bien preparada para la universidad y finamente moldeada en una determinada manera de asumir cómo debía funcionar el mundo, un trabajo, a todas luces, bien hecho.

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El rock se planta ante las guerras con sus banderas pacifistas. Foto IA Midjourney

En tales trances de soportar la escuela y resistir con el rock, nos sorprendió la Guerra de Malvinas. Muchos de nosotros ya apostábamos fuerte por el regreso de la democracia y escuchábamos música censurada a riesgo de caer presos por tal osadía. Traficábamos a escondidas casettes con canciones prohibidas, aprendíamos en guitarras estrofas que los medios masivos de comunicación jamás difundirían y no nos faltaban los palos de la Policía a la salida de los recitales y las estancias en comisarías por el delito de andar por la calle siendo jóvenes. La íntima poesía y el explosivo amor, en tales años, nos salvaron la vida que a otros miles como nosotros les fue arrebatada.

Una mañana de comienzos de abril de 1982 en el aula de quinto primera supirmos que estábamos en guerra contra los ingleses. Muchos de mis compañeros lo festejaron y todos mis profesores lo festejaron. Sonaban marchas militares y los nefastos medios de comunicación y los funcionarios provinciales y nacionales nos decían que íbamos ganando. Entonces, me puse triste, me llamé a silencio y escribí mis primeros poemas y ya jamás dejé de escribir primeros poemas.

En ese momento, ejercer la disidencia me dio un sentido de compromiso que me acompaña hasta estos días, muchas veces a duras penas. Haberme plantado contra de la guerra marcó mi vida para siempre: había encontrado, antes del estallido, el lado de la mecha en el que quería estar. Una reciente canción del Indio Solari, en uno de sus versos, resume de hermosa manera aquello que intenté construir: “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”. He debido, no obstante, pagar altos precios. Igual, no es para tanto: a todos de un modo u otro nos pasa.

En 1982, la dictadura en guerra prohibió insólitamente la música en inglés, pero la medida favoreció el florecimiento del rock argentino. Mi música atesorada salió por las radios y uno de los recuerdos imborrables de ese momento fue escuchar, por la LV10, la canción “De nada sirve”, de Moris. No lo podía creer. Algo estaba sucediendo: había luz al final del túnel.

Un grupo de soldados marcha en las Islas Malvinas Foto: NA

Un grupo de soldados de Argentina marcha en las Islas Malvinas. Foto: NA

Debo confesar que mis héroes de Malvinas no fueron nuestros soldados, esos chicos de mi edad, pobres y provincianos, a quienes pido perdón, pues más que orgullo me provocan culpa: no eran ellos quienes debían haber viajado hasta nuestras islas. Nuestra sociedad, como acostumbra, escogió a los más débiles para ejecutar el sacrificio. Mis héroes de Malvinas fueron otros, tipos desgarbados, irreverentes, mal nutridos y mechudos, rockeros como Charly, Spinetta, Pedro y Pablo, León Gieco, Manal y los Redonditos de Ricota.

La cruda verdad de la guerra rápidamente derribó el relato oficial de la dictadura y los medios masivos y ofreció el paisaje de una derrota contundente. Esa guerra perdida hizo caer el Proceso militar y el triunfo de Raúl Ricardo Alfonsín nos llenó de esperanza, aunque luego la esperanza también aprendería a caer. Sólo la música no cayó, porque no calló. El rock nació y siguió siendo valiente y a muchos de nosotros nos enamoró, porque resultó una garantía contra el cinismo, la corrupción política y empresarial, el elitismo, el consumismo, la falsa meritocracia, los dogmas religiosos, la construcción de realidad desde los medios masivos y el acecho de los amantes de las dictaduras de civiles y militares.

En esos años, el rock y la poesía me llevaron al periodismo, el estudio de la literatura y el desarrollo de actividades culturales en las cárceles de Mendoza, cuestiones todas en las que persisto. Ya a mis dieciocho, sabía lo que no quería y estaba descubriendo aquello que quería. Varias décadas han pasado y la situación, en lo básico, no ha cambiado casi en nada: admiro a osados, genuinos y creativos, reconozco a cabrones, indolentes y cobardes, escucho y canto rocanrol. escribo y todavía sigo buscando lo que quiero, bajo la luz del misterio de vivir sin sentir mayormente vergüenza de mí mismo.

Ulises Naranjo