A quemarropa: canción de amor a tus hijos por si acaso estás en horno
Escucho a mis hijos conversar y sonreír. Qué hermosos son. Qué poco han sufrido a quemarropa y cuánto han aprendido. Arde la vida y es suficiente para mí.
A quemarropa, arde la vida y nuestros hijos llenan de sentido la vida. Imagen creada con IA
Cuánto debí vivir para respirar con esta serenidad en medio de la batalla, sus hedores, sus quejidos y sus incendios. Cuánto viento me dio en la cara, cuánta separación de sílabas, cuántos saltos a la cuerda, cuántas gripes y brazadas en el agua, cuántos discos y libros, cuántas viejas películas italianas, cuántos besos a bocas tan rojas y cuántos viajes y cuántos muertos… Arde la vida y dejaremos que lo haga.
Estoy solo en mi nido esperando el invierno. Sé hacerlo. He juntado provisiones para mis crías y para mí. Mi hogar puede soportar una tormenta a quemarropa y aunque el frío halle el modo de colar sus hilachas, aquí adentro esa agudeza es soslayable. He conseguido con disciplina, formación, constancia y sometimiento a las reglas alejarme de mi adorada condición salvaje, a cambio sostener una casa y dar a mis hijos una calidad de vida muy superior a la que recibí de mis padres.
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Mis hijos no saben lo que son los sabañones. Les digo “sabañones” y me responden “¿qué?”. Esa ignorancia me reconforta. Estos cabrones han tenido una infancia muy distinta de la mía: tienen agua caliente y leche larga vida, tienen smartphones y varios pares de zapatillas; son bilingües y no le faltan dientes y ya han viajado en aviones y conocido el mar. A veces, dejo una botella de gaseosa una semana o un mes en la heladera y no la abren; a veces, la cena es rica en proteínas y minerales y la comen como si de un trámite se tratara.
Sé que hay mucha gente pasándola para el orto, ellos también lo saben, pero no estoy dispuesto a trabajarles la culpa y tampoco viven en la abundancia. Guardo silencio y me reconforto en la sensación de mi deber cumplido. Y cuando pasan días con sus madres, cuando estoy solo en el nido, disfruto este silencio y prendo la computadora para confesarme que atravieso una honesta felicidad o al menos un estado de plenitud y satisfacción. Ya he vivido siete vidas y en todas he hallado motivos para estamparme sonrisas en la jeta.
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Mírenme: soy el amo de casa y la ama de casa. Decido dónde guardar los alimentos relojeando fechas de vencimiento. Determino el menú diario, la temperatura de la caldera, cuándo cortar el césped, cambiar las sábanas, baldear los pisos y arreglar los techos y llevo al día los putos impuestos, porque lo peor que puedo hacerme es deber un algo a un alguien. Aquí, soy papá y mamá, una entidad bigénero en desarrollo, una que acaba de prepararse un Cynar con tónica, hielo y limón y se echa en la cama con la compu en su regazo.
El silencio es un zumbido, un insecto. Mis hijos están en casa, pero hay bastante silencio, porque hay susurros habitándolo. Gali y Eli terminaron de cenar: costeletas de cerdo con limón y romero y finas rodajas de ajo y huevo y queso y ensalada de tomate con cebolla, por supuesto con oliva y orégano y también romero, porque a todo le pongo romero. Galilea se ha bañado y huele a flores indecibles. Eliseo le regaló un muñeco japonés y miran videos en la tele y se ríen con desenfado y usan palabras nuevas para viejas situaciones.
Huyo a mi habitación para dejar que hablen, se miren y rían: once años se llevan, pero la edad, entre hermanos, es un tema secundario. Siguen riendo y los espío como un voyeur: vivo un adelanto de mi ilusoria, mi improbable vida tras la muerte. En el living, mis hijos ríen sin mí. Un día me iré y ellos deberán, por nobleza y legado, seguir sonriendo sin mí.
Yo preparé el terreno para sus risas nocturnas: esta tarde, fui caminando hasta el almacén del Johnny a comprar la cena. Elegí los tomates perita, el maple de huevos grandes, las costeletas. Al regresar, mientras preparaba aceitunas de nuestros viejos olivos, puse a calentar la plancha, mientras Gali se bañaba y Eli jugaba en la computadora.
Estamos haciéndolo bien, muy bien, después de lo que venimos. Somos un equipo armónico: yo soy defensor, perro guardián del nido y ellos son delanteros, comiéndose la vida a tarascones, levantando polvo con sus pies ligeros. Suelo hacer un chiste: decir que antes de ser padre, yo era Mick Jagger o Keith Richards y ahora con hijos, soy Banana Pueyrredón, Guillermo Francella o el vocal que redacta las actas del centro de jubilados. Mucho de verdad hay en todos los chistes y mucho de ficción también, que no es igual a mucho de mentira.
Los años me han corrido a un costado: soy el comedido chofer de Batman con la bandeja del desayuno en la mano. Soy la asistente del mago, con la falda corta y los brazos y la sonrisa en alto, inútilmente hermosa, como la corista de la banda de rock o el escudero del noble caballero. Soy el que espera a sus hijos, gris, junto al portón de la escuela, entre los grises padres de escuela; soy el que insiste con la pasta de dientes y con que miren a ambos lados de la calle; soy el que el no duerme hasta que ellos regresan y cuida que no se destapen a las tres y cuarto; soy el que renunció a los excesos y quemó sus memorias y, día por medio, sube cerros corriendo, como si sicarios mexicanos lo persiguieran, para sentirse saludable, ágil y potente, por si acaso llegase el apocalipsis zombie y hubiera que apalear vecinos con sed de sangre.
Es de noche y escucho a mis hijos conversar y sonreír. Qué bien lo hacen. Al final, todo lo soporto para llegar con esta reposada elegancia al final del día, está sensación de deber cumplido. Ya casi nada quiero para mí. Soy modestamente dichoso, porque espío a mis hijos, charlando y sonriendo en el living de casa. Qué hermosos son, cuántos dientes tienen. Qué bien huelen y visten y pronuncian el inglés. Qué poco han sufrido y cuánto han aprendido. Qué tersas son sus pieles. Qué intacto el entusiasmo, qué inteligente el humor y qué francas sus opiniones.
Es suficiente para mí, muchas gracias. Si la muerte es Dios o tal vez una señora oscura que consienta la piedad, ruego que, en la profunda noche eterna, nos regale una rendija para espiar a los que amamos cuando ríen. Será todo un detalle, si además, en el más allá se permite el cultivo de las aromáticas, al menos, del romero.