Reforma y veto: la discusión en torno a la vejez
En estos días, y como ya es habitual desde hace muchos años, la reforma jubilatoria volvió a ocupar el centro de la escena política y mediática. Luego de unos extensos siete meses, el Congreso terminó por aprobar la nueva fórmula que conlleva un mejoramiento de las jubilaciones.
Por el lado positivo es posible señalar la incorporación del bono al haber, el cual se hace remunerativo, es decir que los nuevos reajustes se harán contemplando el bono como parte de la jubilación. A diferencia de la modalidad que se venía implementando hasta ahora, según la cual el bono parecía más un regalo sometido al arbitrio del poder ejecutivo que una parte integral del haber.
A su vez, se incorporó una cláusula importante que establece que si a fin de año el índice Remuneraciones Imponibles Promedio de los Trabajadores Estables (RIPTE) es mayor al del Índice de Precios del Consumidor (IPC), se utilice ese primer índice para reajustar las jubilaciones. Es decir que éstas ya no quedan atadas al IPC, en el caso de que haya una mejora que no sea contemplada en el mismo. Sin embargo, cuando vamos a los números concretos, observamos que la mejora en la calidad de vida de los jubilados es insignificante. Más si tenemos en cuenta las condiciones paupérrimas en las que se encuentra el sector.
Foto: ALF PONCE MERCADO / MDZ
En ese sentido, la misma demora de siete meses en aprobar la reforma se encargó de perjudicar directamente a los jubilados. En un país que tiene porcentajes de inflación mensual semejantes a los porcentajes que otros países tienen de forma anual, la dilación en la toma de decisiones no solamente es contraproducente sino que incluso puede llegar a invalidar los efectos positivos de una nueva normativa.
Las jubilaciones se fueron licuando mientras se discutía cómo componerlas, y el parche que finalmente les terminaron poniendo queda chico ante el tamaño de las heridas. Esto no es nuevo y de hecho es lo que viene pasando desde hace años, con todos los gobiernos, independientemente de sus buenas o malas voluntades o de sus colores políticos.
En materia previsional, tal como la mera palabra lo indica, es la previsión de lo que va a acontecer en el futuro lo que determina la toma de decisiones. En Argentina, en cambio, ocurre al revés, se toman decisiones para atrás, intentado siempre enmendar una situación que ya se modificó. Y siempre para peor.
Uno de los principales motivos por los cuales se da esta lógica es el concepto mismo de vejez que maneja el sistema político argentino. Si hay algo que está viejo en el mundo es justamente ese concepto de las personas mayores como sujetos pasivos a los cuales es preciso mantener.
Toda la retórica de los mandatarios argentinos coincide en esta visión de las cosas. Desde la derecha es inviable pagar las jubilaciones y lo único viable sería dejar que los jubilados se mueran de hambre. Mientras que para la izquierda populista las personas mayores son votos a seducir mediante artimañas clientelistas. Pero en ninguno de los dos casos se plantea la posibilidad de pensar la vejez como una parte integral de la sociedad.
Si seguimos pensando que los jubilados son una especie de parásitos a los que hay que mantener, es imposible reformar de manera satisfactoria el sistema de pensiones.
Las discusiones técnicas y los mil parches que se le vayan poniendo a la fórmula siempre correrán de atrás al problema porque en el fondo no se considera que la solución de ese problema conlleve ninguna otra ventaja en sí misma. Ahora bien, si pensamos que las personas mayores conforman un porcentaje importante de la población total del país, vamos a ver que la solución de su situación no es un tema meramente sectorial.
Según datos del año 2020 la población de personas mayores de 60 años alcanzaba al 15,7% de la población total del país. Y se estima que ese porcentaje continuará incrementándose hasta alcanzar al 22% de la población total para el año 2050. Cuando se discuten las jubilaciones lo que se está poniendo en juego es el nivel económico de una porción significativa del total de ciudadanos en Argentina. No es posible creer que el país va a salir adelante si las clases dirigentes no logran contemplar de forma adecuada cómo se va incluir al 15% o 20% de la población en un proyecto sostenible a largo plazo.
Es preciso insistir en esto, el jubilado no es una figura residual en la conformación de nuestra sociedad. Y el deterioro de sus condiciones de vida afecta a toda la estructura económica del país. Esto es algo que se pierde totalmente de vista en la discusión política y mediática. Nadie parece tener una dimensión real de lo que se está poniendo en juego con este tema.
Para cambiar la mirada sobre la vejez es necesario empezar a considerar el potencial activo que tienen las personas mayores. Desde el punto de vista previsional esto se traduce en dos grandes núcleos. El primero es el potencial económico directo que tienen los jubilados y el segundo es el rol que éstos ocupan en el conjunto de la vida laboral.
En términos directos el jubilado puede ser visto como una figura ideal para generar una redistribución de riqueza mediante el consumo. Y en ese sentido puede jugar un rol en la activación, o reactivación, de cientos de sectores. Solo por poner un ejemplo, podemos pensar en el caso de las distintas economías regionales que pueden funcionar como destinos turísticos con beneficios para jubilados.
En cambio, si el jubilado no tiene los recursos necesarios para vivir dignamente comienza a absorber recursos de otros lados, o a restar a otras estructuras. Por ejemplo, comienzan las deudas por expensas, los servicios impagos y la mayor dependencia del sistema público de salud.
En términos más indirectos, por otra parte, el jubilado es la pieza final del ciclo de la vida laboral. El deterioro de esta pieza hace que el ciclo completo deje de tener sentido. No es posible reconstituir el mercado laboral argentino, incrementando los niveles de formalidad, si esa formalidad no garantiza a los trabajadores ningún beneficio tangible a futuro. ¿Quién va a querer aportar a un sistema que después te deja tirado en la calle? Al destruir los haberes previsionales el Estado corroe los cimientos de su propia recaudación.
Nada de esto se resuelve con otra fórmula jubilatoria. El mero hecho de que cada gobierno invente su propia fórmula es un síntoma del problema en lugar de ser una solución. En el estado actual de las cosas, cualquier mención a una mirada integradora y de largo plazo parece un llamado a la utopía. Sin embargo, ese es el tipo de miradas que aplican la sociedades desarrolladas. Sociedades de las cuales estaremos cada vez más lejos si no logramos cambiar nuestra mentalidad.
* Dr. Eugenio Semino - Defensor de la Tercera Edad - Pte. de la Sociedad Iberoamericana de Gerontología y Geriatría (SIGG)