Una elección que puede terminar con una era en Sudamérica
Del resultado de las elecciones en Venezuela depende la estabilidad de Sudamérica para los próximos 20 años. Así nomás, sin ambages. Es que en caso de concretarse, el anunciado baño de sangre prometido por Nicolás Maduro si, como todo indica, pierde, tendrá fuertes repercusiones en un subcontinente cada vez menos sólido institucionalmente, con países, en particular los andinos, que transitan ya un lustro de estallidos sociales e inestabilidad política.
El tirano Maduro está aislado, sus habituales amenazas ni siquiera son respaldadas por sus aliados del Foro de San Pablo: el presidente Gustavo Petro de Colombia y su par de Brasil, Lula Da Silva. No porque no quieran apoyarlo, sino porque saben que no podrán justificar ante sus electorados y la comunidad internacional el respaldo a una nueva oleada represiva a la Lukashenko como la que desencadenó el dictador tras no reconocer las derrotas contra los excandidatos Capriles y Guaidó.
Si bien entonces el conflicto quedó encapsulado en territorio venezolano, produjo el desplazamiento de más de 6 millones de personas a distintos países, en un hecho sin precedentes en la historia de Sudamérica y con pocos antecedentes en el mundo.
Y quienes no pudieron huir deben soportar los tormentos de un Estado convertido en una siniestra cárcel estalinista, sofisticado por las nuevas tecnologías, que favorecen el más absoluto control, empezando por el financiero.
Es que la moneda digital inconvertible de uso forzoso emitida por el chavismo, similar a la que proponía el candidato argentino Sergio Massa durante su campaña electoral, obliga a los venezolanos a realizar tareas informales, muchas veces oprobiosas, para conseguir dinero real para pagar los precios en dólares de la economía.
Pero la dictadura venezolana cuenta ahora, además, con un peligroso aliado para las democracias de la región: el régimen iraní, que también está presente en Bolivia, país convulsionado por la extinción de su principal fuente de ingresos, el gas natural, una situación que pone en riesgo su viabilidad como estado nacional. Esto torna a Venezuela en una fuente de inestabilidad para la región.
Con Estados Unidos sumido en una anómala campaña electoral, existen incentivos para que Maduro ensaye una respuesta al estilo Lukashenko tras su segura derrota. Sabe que sus (¿examigos?) Petro y Lula no lo acompañarán, pero posiblemente por un tiempo miren para otro lado. Y cuenta con el régimen islámico de Teherán, con vasta experiencia en apoyar operaciones terroristas alrededor del mundo y en particular en Sudamérica, para intentar desestabilizar a las democracias que lo rechacen. Un escenario delicado que debe poner al gobierno argentino en alerta diplomática y militar, sobre todo en la frontera con Bolivia, para evitar que las esquirlas del estallido bolivariano dañen a nuestro país.
Un escenario así podría poner al subcontinente ante el desafío más grande a su estabilidad política desde la Guerra del Pacífico, a fines de la década de 1870. Debe ser un objetivo de todos los países de la región evitarlo e iniciar una nueva era de integración positiva, sin el foco infeccioso chavista amenazando desde las prístinas costas del Mar Caribe.
* Hernán Etchaleco. Consultor. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, UBA.