Historias de vida

El dolor de un padre que vio emigrar a sus cuatro hijos en sólo dos años

Hay miles de historias de emigrantes y la misma cantidad de quienes, con tristeza, los despiden. El caso de Hugo es una de ellas. Desde el 2020, sus cuatro hijos emigraron. Todos profesionales.

Horacio Alonso
Horacio Alonso martes, 13 de febrero de 2024 · 12:14 hs
El dolor de un padre que vio emigrar a sus cuatro hijos en sólo dos años
Imagen ilustrativa. Las crisis argentinas multiplican las historias de emigrantes. Esperanza para los que se van, tristeza para los que los despiden. Foto: Shutterstock

Si algo caracterizó a la Argentina de la primera mitad del siglo pasado, incluso un poco antes, fue el fenómeno de la inmigración. La llegada de millones de personas de diversos países que venían a buscar en estas tierras un futuro promisorio huyendo de guerras, hambrunas o, el mejor de los casos, la simple falta de oportunidades.

Así, año tras año, se fue forjando esta mezcla de culturas que hizo de la sociedad argentina una síntesis tan particular de orígenes múltiples. La mayoría podrá encontrar en padres, abuelos o bisabuelos algún antepasado que buscó en la Argentina su nueva patria, su casa.

Y, precisamente, la idea del hogar viene atado al de la familia. Porque fue eso lo que construyeron aquellos aventureros que llegaron al país, muchos sin saber más que se trataba de un lugar remoto en algo que se llamaba América.

Ese desarraigo hizo que en seguida buscaran conformar una familia para aliviar el dolor de lo que dejaban atrás y sentir que ya no estaban solos.

El fenómeno de la inmigración caracterizó a la Argentina. Ahora se invirtió.

Generaciones tras generaciones, los argentinos de hoy crecieron con un ritual compartido, más allá de las diferencias gastronómicas, religiosas o culturales.

Los almuerzos de los domingos, las comilonas para despedir cada año, los cumpleaños, los casamientos, los bautismo o cualquier otro hecho era motivo para estar todos juntos y cuántos más mejor..

Esa Argentina hace tiempo que dejó de ser así. La sucesivas crisis económicas o políticas cambió esa realidad y el país comenzó a expulsar a su gente.

Un fenómeno que marca la tendencia

Desde hace años, la emigración es el fenómeno que marca la tendencia y las mesas familiares se fueron achicando. Ese cara a cara, esos abrazos con ruido en las espaldas, esas risas “presenciales” fueron desapareciendo y bisabuelos, abuelos o padres deben conformarse, hoy, con lo que les permite la tecnología. Y rogar que la conexión a Internet sea buena para escuchar sin interrupciones lo que algún hijo les cuenta sobre la vida que lleva del otro lado del mundo  o ver con nitidez el rostro de un nuevo nieto al que no pueden acariciar hasta vaya a saber cuándo.

Hay miles de historias de argentinos que dejaron el país en los últimos tiempos y de los que los despidieron con un nudo en el estómago. Todas tienen su importancia y particularidades.

La de Hugo es una de ellas y si por algo se caracteriza es por el cambio de vida que implicó en tan poco tiempo. Junto a su mujer tuvieron cuatro hijos varones que hoy tienen 28, 30, 33 y 39 años.

Sin duda son lo más importante de sus vidas y por lo que se esforzaron para verlos crecer, darles una formación y hacer todo para que se desarrollen y sean felices. Seguramente soñaron envejecer como todos los padres: viendo crecer a la familia con nuevos integrantes y reunidos, cuanto más veces mejor, en una mesa común.

Así fue hasta hace cuatro años, cuando uno de sus hijos les comunicó la decisión de emigrar. No tuvieron tiempo de procesar la noticia, ya que, meses después, otro de los hijos siguió el camino de su hermano. Y más tarde, el tercero y no hace tanto el cuarto.

En sólo dos años, la pareja descubrió que la mesa quedó grande, sobraban sillas y la casa estaba vacía. Lo único que la habitaba era dolor y tristeza. Si se mira desde el punto de vista del país, en ese mismo tiempo perdió a cuatro profesionales.

El primero de los hijos se fue a Australia.

“El primero en irse fue el segundo hijo en edad, que hoy tiene 33 años. Se fue en enero de 2020 a Australia con una visa Work&Travel, pero con la idea de quedarse allí. Se fue con su novia. Es ingeniero. Apenas llegó, empezó la pandemia, por lo que estuvo un par de meses encerrado.  Al comenzar a ceder el encierro, pudo conseguir trabajo en una empresa de tecnología. Hoy es gerente allí. Ya tiene todos los papeles, residencia absoluta y en un año podrá aspirar a la ciudadanía australiana. Vive en Sydney”, contó Hugo a MDZ con un dejo de resignación, pero también sabiendo que es lo mejor para su futuro.

La segunda partida

La próxima despedida no tardó en llegar. El segundo en irse es el tercero en edad. Se fue en marzo de 2020, unos días antes de que cerraran la frontera en Argentina. Es kinesiólogo. Tiene 30 años. Primero se fue a Dinamarca. También con la vista Worl&Travel. De Dinamarca se fue a Hungría, con otra visa de trabajo. Y de allí a España, donde ya reside legalmente. Es socio minoritario en una empresa de servicios turísticos, cerca de Barcelona.

El segundo, a Dinamarca.

“El tercero en irse es el cuarto en edad. Es abogado. Tiene 28 años. Se iba a ir a fines de marzo de 2020 a Dinamarca, también bajo la misma modalidad, pero lo agarró la pandemia en la Argentina con las valijas hechas y se tuvo que quedar hasta agosto. Después se fue a Alemania durante un año. Y ahora está en Barcelona, con papeles en orden. Y trabaja para una empresa noruega que brinda también servicios turísticos”, relató el padre.

El cuarto en irse fue, curiosamente, el más grande. Tiene 39 años y dejó a La Argentina en julio del 2022. Es Licenciado en Administración de Empresas. Se fue a Australia con una visa de estudio, con su esposa y su hija. Hoy está haciendo los papeles de residencia. Trabaja en el área de abastecimiento para la construcción de una obra de ingeniería eléctrica, en el interior de Australia.

“Mi nieta hoy tiene 4 años y ya empezó el jardín de infantes allí”, contó Hugo. Aunque no lo menciona, debe esconder en algún lugar de sus silencios, la tristeza de no haber podido estar ese día junto a ella, como también la de imaginar que su abuelo será la imagen de una persona lejana que no compartirá su crecimiento, que verá muy de tanto en tanto, como un extraño.

“Lo que más me hace temblar es mi nieta. Cuando estuvimos hace unos meses con ella fue un momento especial, muy buena conexión. Fue perfecto. Por eso, a veces es mejor no ponerse a pensar”, se dice a sí mismo.

El amor y las familias internacionales

La distancia será una barrera difícil de sortear y aunque intentará visitarla año por medio, los costos de los pasajes hoy en la Argentina lo hace más difícil. Un año, junto a su mujer, tratarán de visitar a su hijos en Australia; otro, a los que están en Europa. La idea de una mesa en la que todos puedan estar juntos parece imposible por las complicaciones de coordinar las obligaciones y tiempos de cada uno.

“Escuché hace algunos días que en la Argentina ya se empieza a hablar de familias internacionales. Creemos que nosotros caímos en ese rubro. Es más común de lo que uno cree. El país te deja sin esperanzas”, agregó.

Pese a las nuevas y frías calificaciones de los grupos familiares que provocan la emigración, no hay consuelo para quienes lo experimentan, tanto de un lado como del otro. En el caso de los que se quedan, con el vacío que los acompañará el resto de su vida, no hay palabras para definir el momento.

“Es una sensación muy rara, muy compleja y difícil de describir como padres. También te hace crecer y enfocarnos más en nosotros como pareja. Es cierto que la tecnología ayuda pero no se puede ni comparar con la vinculación presencial. Hay que tomar aire todos los días y pensar en el próximo viaje; si es que uno puede”, explicó Hugo.

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