Por qué es necesario equivocarse
Evaluaciones diagnósticas, evaluaciones de mitad o fin de año, operativos de evaluación. Las pruebas son una instancia de estrés necesario. ¿Para qué sirven las evaluaciones? ¿Cuál es la información que nos traen si las usamos de la manera correcta?
La evaluación como herramienta
En el libro "Evaluar para aprender", Rebeca Anijovich y Carlos González, especialistas en educación, dicen que la evaluación “sirve tanto para acreditar y emitir juicios de valor, como para diagnosticar, retroalimentar, reflexionar, regular y mejorar los aprendizajes. El problema es que las funciones de control (aprobar, reprobar, promover) suelen ser, en la práctica, mucho más protagónicas que el resto”. Las pruebas escolares, incluso las universitarias, suelen quedar transformadas en ese pedazo de papel en el que se nos pone un sello de “aprobado” o “desaprobado”, como si se tratara de un exámen para sacar una licencia de conducir.
Sin embargo, lo que Anijovich y Gonzalez afirman es mucho más interesante: las evaluaciones no deberían ser una mera instancia de demostración de aprendizajes “para pasar”. Más bien deberíamos pensarlas como un ejercicio que nos permite ver cómo estamos respecto de un aprendizaje: si dominamos o no un tema o procedimiento, si hay fallas sistemáticas, si hay fallas fundamentales, si podemos seguir avanzando en los aprendizajes, si hay aprendizajes a los que no estamos pudiendo acceder.
Las evaluaciones deberían ser un instrumento tanto para los estudiantes como para los docentes, e incluso más útil para estos últimos. Evaluar es el modo que tienen los docentes de ver si su estrategia didáctica tiene efecto o no, si su forma de explicar está siendo bien recibida, si hay algún alumno o alumna que no accede de esa manera.
El error como camino
En varias entrevistas Melina Furman, una gran pensadora de la educación fallecida en 2024, habla de la “cultura del fracaso” y dice que en nuestra cultura el error y el fracaso están mal vistos, son algo que nos marca como personas. Por eso le tenemos miedo al error, le escapamos.
Diciembre es el mes en el que algunos estudiantes están estudiando para rendir materias o, los de sexto grado cursando los períodos extendidos de enseñanza en los que se intensifican conocimientos para pasar a secundaria. Muchos de ellos viven estos días de preparación y estudio con ansiedad, con miedo por el examen o por lo que vendrá. El pensamiento podría ser “Fracasé, soy malo para esto y por eso me llevé la materia” o “No soy bueno para estudiar, por eso tengo que ir unos días más? Más allá de que, vamos a decirlo, estudiar en diciembre o febrero cuando el resto de los chicos están ya de vacaciones es fastidioso, este fastidio está cargado además con una autovaloración negativa que nos dice que “no alcanzamos”, “no llegamos”, “no podemos”, “no somos tan buenos como los demás”. El problema radica en que concebimos el error como una caída que nos detiene en el camino, y nos hace retrasarnos en la carrera. Pero qué pasaría si en lugar de concebir el proceso de aprendizajes como una competencia por llegar rápido, lo pensáramos como un proceso de transformación personal? ¿Qué pasa si pensamos el error no como una caída si no como un traspié, un tropiezo que nos marca que tal vez el camino sea otro, o que tal vez tenemos que seguir fortaleciéndonos para avanzar? Sacar el peso de la comparación con los demás y enfocarnos en lo nos sucede a cada uno, es un gran paso. El otro es hacernos amigos del error, convencernos de que es parte necesaria de todo proceso de aprendizaje. Este cambio de perspectiva debería ser transversal: es tarea de los estudiantes, pero más que nada también los docentes, formadores y familias.
La retroalimentación en primer plano
La evidencia más reciente en enseñanza y aprendizaje pone el foco en un factor clave dentro de la evaluación para la mejora: el feedback, retroalimentación o devolución de los profesores a sus alumnos. Melina Furman dijo que la instancia de “devolución” es uno de los secretos mejor guardados de la educación. Hay varios estudios que indican que los estudiantes con más dificultades son los que más se benefician con las buenas devoluciones. Ella aclara que el feedback puede ser un arma de doble filo, porque si no está bien planteado puede hacer sentir mal al estudiante y bloquearlo aún más.
Las buenas retroalimentaciones tienen que partir de valoraciones de lo que se hizo bien bien, para construir la autoeficacia del estudiante. Estas valoraciones positivas tienen que ser precisas, específicas, no generales. Luego sí sugerir, pero no marcando lo que está mal, sino sugiriendo una alternativa de mejora. “El buen feedback es mostrarnos como aliados de los estudiantes, no es una mirada que está juzgando”, dijo Furman. Por lo demás, cuánto más cercano esté el momento de la devolución al momento de realización del trabajo o evaluación, más chances tiene de ser efectivo y generar motivación para seguir aprendiendo.
Desde esta perspectiva, el error es una oportunidad para darnos cuenta de lo que no comprendemos, de probar otros acercamientos o de seguir practicando.
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