Canté para su matrimonio y días más tarde para su funeral
Fran, era mi prima hermana. Éramos de la misma edad, y muy amigas. Trabajábamos juntas en el Colegio Santa Cruz de Chicureo, en Colina, al norte de Santiago de Chile. Ella era un torbellino y una inagotable fuente de energía positiva. Mis recuerdos más vivos los tengo de nuestros años juntas en el Colegio Santa Cruz.
Me acuerdo cómo ella me recomendó y me llevó a trabajar con a Chicureo. Yo lo encontraba tan loco, tan lejos, pero ella fue dándome todo tipo de soluciones para que me animará a aceptar la idea de trabajar allá. Finalmente lo hice y así terminamos yéndonos todos los días por más de un año en auto juntas, desde Santiago a Chicureo.
Todos los días eran 40 minutos de ida y 40 minutos de vuelta. Recuerdo las largas conversaciones, profundas, divertidas y entretenidas que teníamos las dos. Los temas eran casi siempre los mismos: su familia que amaba, sus sobrinos, sus obras sociales, sus trasnoches en poblaciones y lugares durísimos ayudando gente, su marido Aurelio, el colegio, sus amigas que adoraba, Temuco, su campo, los caballos, los perros.
Me acuerdo de cada detalle de la preparación de su matrimonio con Aurelio, y hasta de sus opciones de luna de miel, que discutíamos los pro y los contra de ir a este o aquel lugar. Me acuerdo que varias veces llegaba al lunes agotada, directo del bus de Temuco a trabajar, lo que a mitad del día me hacía encontrarla en la enfermería del colegio escondida tomando una buena siesta. Me acuerdo de Fran como profe, era increíble como quería a sus niños, era una persona distinta, comprometida, muy espiritual, muy religiosa y muy católica. Hacia tantas obras sociales, que perdí la cuenta de la cantidad de ayuda que daba a todo el mundo.
Cuando murió mi mamá, Fran me acompaño en todos esos meses de pena, me consoló muchas lágrimas, me escuchaba con santa paciencia mis dramones, y me daba sus consejos, tan sabios y tan certeros. En esa época, sentí que Fran era tanto más que una prima, era mi amiga, una amiga muy cercana, muy querida y muy profunda.
Si bien habíamos crecido juntas en la vida, habíamos carreteado por años en Santo Domingo, nos sabíamos la vida entera la una de la otra, teníamos el mismo grupo de amigos, la misma edad y demás. Mi amistad con Fran fue marcada a fuego en sus últimos dos años de vida. Ahí realmente conocí a Fran. Lloramos y reímos juntas, nos dimos mil consejos, nos contamos mil intimidades y compartimos tantas historias.
Cante en su matrimonio el 17 de diciembre. Tuvimos una fiesta increíble y Fran se despidió contenta de cada uno de sus invitados. Se fue de luna de miel al sudeste asiático. Estaba demasiado feliz. Recibimos un saludo de navidad con una foto preciosa desde Phi Phi Island.
El 26 de diciembre me tocó ir a cantar a la Iglesia de San Francisco de Sales, en Vitacura, Santiago. Eran las 19:30 cuando entro a la misa, me encuentro con un primo, y me dice: "Tere, acaba de pasar una desgracia en el sudeste asiático, un tsunami. Todavía no se sabe nada, pero Fran está desaparecida".
Recuerdo que no pude cantar en la misa. El nudo en la garganta era gigante. Me atragante. El curita informó lo que estaba pasando en el sudeste y pidió por las posibles víctimas. Nadie en toda esa Iglesia, sabía que una de esas víctimas era mi amada Fran. Yo estaba devastada. Mi mamá había muerto en abril, mi abuelo en agosto, y ahora Fran. Era demasiada mi pena. Desde el 26 de diciembre hasta el 5 de enero que la encontraron, nos empezamos a juntar todos los días toda la familia en su departamento. Rezábamos por horas. Fue un tiempo durísimo.

Cuando la encontraron, algo en nosotros encontró alivio, pero la historia era tan terrible, tan triste, tan dramática, que hasta hoy, 20 años después, sigue doliendo mucho. Fran dejó en mi una huella imborrable. La vida me dio un regalo al tenerla tan cerca en sus últimos años. Conversar con ella más de una hora al día, por más de un año, fue un verdadero lujo. Los viajes a Chicureo en auto se transformaron en pura energía. Energía preciosa de amor. Fran fue pura luz. Puro amor. Me quedo con eso, con el regalo de haberla vivido.
* Tere Larraín Tagle, desde Santiago de Chile, especial para MDZ.
