La Isla del Río Diamante, pequeña Mesopotamia del sur mendocino
Lejos de las grandes ciudades, en el ya lejano primer cuarto del siglo veinte, la vida era mucho más simple en muchos sentidos. Es cierto que la falta de los antibióticos que aún no habían sido inventados y de tantos otros avances científicos, hacían la existencia de las personas mucho más cortas y en muchos casos con peores condiciones de salud; pero es cierto también que los niños salían de las casas por la mañana y, luego de una pasadita para alimentarse al mediodía, volvían a salir y no se tenía más noticias de ellos hasta que la luz del sol se había ya retirado, lo que en verano ocurría bastante tarde. Para bien y para mal, la vida era más simple.
–Vamos a bañarnos a la Isla –invitó Geppe a Rafaelillo, y la respuesta no fue con palabras, sino con gestos.
-
Te puede interesar
A quemarropa: tu miedo a la soledad y la dictadura de las pantallas
Rafa se paró con una sonrisa en los labios, montó a su bicicleta, y ya fue solo cuestión de segundos antes de que Geppe subiera también a su rodado siguiendo al amigo, para enfilar así juntos, rumbo a su destino de veraneo. La Isla del río Diamante quedaba a más de siete kilómetros al sur del pueblo, pero de todos modos y aunque ellos nunca hasta ese momento habían ido solos, sabían que era un lugar elegido, aunque no en forma masiva, por muchos adolescentes para refrescarse en las calurosas tardes del verano sanrafaelino.
La Isla no era en realidad una isla, sino un inmenso espacio entre dos brazos del mismo río que, caprichosamente, alguna vez y a pesar de los mandatos que le imponían la física y la geografía, no había sabido cuál era el camino más corto para seguir avanzando cuesta abajo, por lo que se separó en dos cauces; pero más adelante, alrededor de diez kilómetros río abajo y sin haberse distanciado nunca más de mil metros entre ellos, los dos brazos del torrente volvieron a juntarse. A partir de allí, ahora sí, y respondiendo al mandato de cómo se esperaba desde el estudio de los caudales que un río hecho y derecho debía comportarse, el Diamante eligió tan solo un lecho a través del cual hacer fluir todos los litros y litros de agua que trasladaba, regando, dando vida, humedeciendo y haciendo más hermoso aún su entorno. La Isla del río Diamante, en definitiva, era y sigue siendo una pequeña región mesopotámica, una tierra entre dos ríos, más de diez mil veces más chica y con menos implicancias histórico-culturales
que la Mesopotamia asiática ubicada entre el Éufrates y el Tigris y de la cual heredamos entre otras cosas las matemáticas; pero no corresponde subvalorar a la mesopotamia del sur mendocino tan solo porque aún no haya alcanzado los niveles de su tocaya. Quien sabe lo que el futuro pueda deparar a la región sanrafaelina situada entre los dos brazos del Diamante.
Para los niños, que por ese entonces rondaban los diez años de vida, no era en lo más mínimo necesaria la explicación física, y mucho menos los aditivos histórico-culturales. Ellos simplemente enfilaron hacia “los dos puentes”, que habían sido inaugurados hacía tan solo unos años atrás y que, como su nombre bien lo indicaba, eran dos construcciones metálicas que cruzaban una por sobre cada brazo del río para conectar a la nueva urbe, pasando por la Isla, con todo el resto del sur provincial; utilizando los dos
puentes, se podía cruzar el río aún en aquellos días en que las crecientes pretendieran hacer de las suyas, y permitiendo además un tránsito continuo de carruajes y personas sin tener que introducirse en los cauces de agua. En buena parte de su dimensión la Isla era considerada como “lecho de río”, aunque la normativa abarcaba bajo ese nombre a mucho más espacio que aquel al que el agua ocupaba habitualmente. Pero cuando las tormentas arreciaban y las crecientes ensanchaban al cauce alejando sus
márgenes, era importante que no hubiera, en esa zona casi siempre seca, casas ni personas que pudieran ser arrastradas por ese fenómeno que, aunque circunstancial, tenía la contundencia como para convertirse en amo y señor de todas las tierras que arrasaba; construir una vivienda en lo que se consideraba lecho de río podía dar una solución habitacional a alguna familia circunstancialmente, pero a la larga o a la corta, una creciente terminaba arrasando con las pertenencias y a veces hasta con la misma vida de quienes hubieran osado anteponer sus necesidades personales a la fuerza de la naturaleza.
Rafaelillo y Geppe pedaleaban, solo pedaleaban, mientras las temperaturas que rozaban los cuarenta grados centígrados ahogaban sus cuerpos. Pero nada importaba, solo pedalear y pedalear, rumbo a la Isla del río Diamante, hacia el primero de los dos puentes. Al llegar a la construcción metálica la cruzaron, y una vez en la Isla, se acercaron hasta el brazo más lejano del río, y caminado con las bicicletas al lado recorrieron la margen norte, hasta que encontraron un lugar lo suficientemente ancho para poder cruzar
el cauce; bien habían sido instruidos por sus padres en que, para cruzar un río, siempre había que buscar el lugar más ancho, porque era allí en donde el agua tenía niveles más bajos, enseñanza que cumplía por supuesto con un montón de lógicas que a los niños para nada les importaban. Cruzaron el río con las bicicletas a la par y el agua casi a la altura de las rodillas, y al llegar a la margen opuesta se volvieron, río arriba, hasta un sauce que habían observado desde el lado de enfrente.
Ya en el borde del sauce, observaron cómo las bases del mismo habían logrado generar en su entorno un pequeño espacio más que interesante; al parecer, alguna de las crecientes pasadas se había comido la tierra en los alrededores del árbol pero sin poder avanzar entre sus raíces, por lo que el sauce estaba casi absolutamente sobre el agua, más precisamente sobre un pozo, creando allí un sitio bastante más profundo que el resto del río, que además en ese lugar era más angosto que aguas abajo, por donde ellos
habían logrado cruzar más temprano. Los amigos no tardaron ni un segundo en quedar en cueros, luego de lo cual comenzaron a lanzarse de a uno por vez aguas arriba del sauce, para caer en el inicio del pozo y luego de ser apenas arrastrados por la corriente, colgarse de las últimas ramas del árbol para lograr salir del río y volver a empezar con el recorrido, una y otra vez.
Todas eran risas y desafíos; a ver quién se largaba más lejos del árbol, a ver quién esperaba más en agarrarse de las ramas del sauce, hasta que, quizá como una obligación impuesta por la necesidad de batir su propio record, Geppe no llegó a agarrarse de la última rama, que arañó sus dedos antes de que el cuerpo del niño desapareciera bajo el agua, para volver a aparecer un par de metros más allá, ya siendo arrastrado por la corriente. Como en una escena ya repetida, una y mil veces, una persona era arrastrada por el cauce del río mientras otra corría, por el costado, intentando rescatarla; la situación era bastante más común de lo que contaban las crónicas, porque en general solo trascendían los hechos en los cuales el desafortunado que estaba en el agua no lograba salir ileso del evento. Todas las veces que la persona era rescatada, así como todos los “casi” goles en un partido de fútbol que no llegaban a serlo porque la pelota pegaba en el poste y salía, tenían un destino de olvido que no lograba superar a la angustia de los primeros momentos. Finalmente, este fue uno de esos casos; Geppe llegó aún consciente al sitio por el que habían cruzado hacía tan solo un par de horas, en donde Rafaelillo ya lo esperaba, parado sobre el lecho del río, firme a pesar de su corta edad, para recuperarlo y alejarlo de la zona de riesgo. Los niños salieron como pudieron del interior del cauce que seguía, sin importarle la vida ni la muerte de nadie, fluyendo aguas abajo; y quedaron tendidos a su costado, recuperando la respiración, mientras charlaban, aún bastante asustados.
–Hoy sí que zafamos, Rafaelillo –dijo Giuseppe a su amigo mientras recuperaba la respiración.
–De esto, ni una palabra nunca a nadie –se juraron.
Y cumplieron. Luego de eso, agarraron las bicicletas y, ahora sí, usando la ruta sobre ambos puentes, volvieron a casa antes de que sus familias notaran su ausencia, cuando la noche recién empezaba a ocultar los contornos. Un día más estaba concluyendo.