ver más

San Martín: el brillante general cuya historia se devoró a Don José

Que sepamos poco tras su expulsión de la patria por las intestinas disputas internas posteriores a la declaración de la independencia, es otra cosa. Pero su acción política y diplomática, operando constantemente en favor de la definitiva emancipación americana, no cesó nunca.

Los últimos años de Don José se tiñen de desazón. Es un “ex – patria”. Un expatriado; o sea que “el que ayer tuvo una patria y ya no tiene nada”. Olvidado en Europa por una amplia mayoría de sus paisanos, y abandonado a la suerte de su cercano círculo familiar, los días finales de su vida refrescan el singular destino cruel de cientos de nuestros patriotas que murieron lejos de la tierra que los vio nacer, y peleando aún de muertos, contra la ingrata incomprensión.

Generalmente circunscribimos a San Martín en su rol de exitoso militar. En circunstancias agregamos ponderables notas sobre su cualidad de estadista y su indudable capacidad de gestión. Pero no siempre reparamos en su desempeño como hombre maduro que vivió en el exilio. En el fondo ese fue un error generalizado y repetido de nuestra historiografía. Nuestros próceres nacían “ya jóvenes” y desaparecían de nuestra escena a los 35 años promedio. Parecía que nunca fueron niños o que nunca envejecieron. Y en sus biografías, sin escala, saltábamos desde su última gloriosa batalla al fatídico día de su muerte.

Viejos son los trapos

Si hay alguien que “nunca se retiró” fue San Martín. Que sepamos poco tras su expulsión de la patria por las intestinas disputas internas posteriores a la declaración de la independencia, es otra cosa. Pero su acción política y diplomática, operando constantemente en favor de la definitiva emancipación americana, no cesó nunca. Su permanente relación con los representantes de los gobiernos europeos más importantes y con los indiscutidos núcleos de poder concreto del momento, así lo demostraron. Su dialogo personal, o su fluida correspondencia, con influyentes referentes del campo de la política, la cultura o la economía de América y Europa lo atestiguan. Como también el constante monitoreo de lo que sucedía en nuestra patria.

“Adiós pampa mía”

Remedios ya había fallecido. Le habían prohibido la posibilidad de visitarla en Buenos Aires argumentando que era latente la posibilidad de que quisieran asesinarlo. Vil excusa. Un grupo unitario no toleró su apoyo hacia algunos caudillos provinciales y que desobedeciera la orden de reprimir a los federales. En realidad, no lo querían en Buenos Aires. Por ese entonces San Martín era Generalísimo del Perú, Capitán General de la República de Chile y General de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Libertador de medio continente. Por ende: peligroso.

Mausoleo de San Martín en la Catedral Metropolitana. Foto: Instituto Sanmartiniano.

En 1824 partió a Francia. No era ese su destino final. Tenía 45 años. Estaba en la plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales. Una postal más de la injusticia, crueldad y egoísmos con que en ocasiones somos tan desconsiderados entre nosotros. Partía junto a su hija, solamente con el dinero de su alquiler de su casa de Buenos Aires, dos años de pensión del Perú y unos 6.000 pesos ahorrados.

Pero para continuar su permanente “estado bajo sospecha”, Francia no recibió bien a San Martín. Era un "huésped molesto". Tuvo que permanecer varios días en el barco. Fue sometido a interrogatorios prolongados y su equipaje requisado exhaustivamente. Le incautaron diarios, libros y correspondencia. Francia por ese momento estaba bajo el reinado borbónico de Luis XVIII (“el deseado”) y había pasado a integrar la Santa Alianza. Esta tenía como fin reconquistar todas regiones americanas independizadas y restablecer los absolutismos. Mientras en España, Fernando VII había retornado al trono.

Ergo; todo lo que tenía “tufo” de separatista, independentista, liberal o republicano era considerado sedicioso. Imaginemos cuando supieron que llegaba San Martín. La alarma invadió el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. San Martín argumentó que su destino final era Londres. Pero las luces de alerta se habían encendido. Las cancillerías de los reinos de la Santa Alianza estaban advertidas: “Un enemigo del imperialismo” se dirige a Inglaterra.

Desde Londres se dirigió a Bruselas, y desde ahí empezará una extensa gira por distintas ciudades europeas. Siempre “haciendo campaña” por la libertad americana. Aix la Chapelle, Marsella, Lille, Toulón, Amberes, Ostende. Vuelve a Marsella y de ahí retornó a París. Es en Paris donde San Martín decidió volver al Río de la Plata tras 5 años en Europa.

El regreso

Volverá a bordo del "Condesa de Chichester". Un novedoso buque a vapor (de última generación en ese tiempo). Valga una digresión; San Martín es famoso por su cruce cordillerano, pero también fue el primero que propició la incorporación de buques a vapor en la guerra naval del Pacífico, avanzando en esto muchísimo sobre todos los estrategas y los tácticos de la época.

Y lo siguiente es terreno consabido. Intentará frustradamente regresar en 1829. Nunca bajará del barco. El fusilamiento de Dorrego por Lavalle, hicieron caótica la situación en el Río de la Plata. La crisis era mucho más aguda que tras aquel primer exilio de 1824. “Jamás desenvainaré mi espada para combatir a mis paisanos”, le dijo a Lavalle cuando éste le ofreció ser Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

En Francia transcurrirán los últimos 20 años de San Martín. Girará por distintos destinos franceses hasta morir en Boulogne Sur Mer. Su única “foto”, por insistencia de Mercedes, es un pequeño daguerrotipo de 1848 que hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional, realizado por el fotógrafo Olimpio Aguado, el hijo de su íntimo amigo Alejandro Aguado.  

La casa de Francia donde San Martín pasó los últimos años de su vida. Foto: Instituto Sanmartiniano.

Sobre ese daguerrotipo se han inspirado varios autores. Un clásico es el “San Martín en Boulogne Sur Mer” de Antonio Alice. La inspiración de Alice pintó un San Martín anciano envuelto en su capa, erguido sobre una roca de las costas de Boulogne Sur Mer. Mirando a América. Con un bastón que simboliza un mástil y la capa que reflejaba la bandera.

Soñando volver

Aquel verano de Buenos Aires de 1824 le daría un adiós prácticamente definitivo. Solo volverán sus sueños. Pasaran décadas para que puedan volver sus restos, recién en 1880. Se discutirá hasta en qué lugar, en qué posición, bajo qué protocolos y en carácter de qué personaje histórico se le dará definitiva sepultura. Parece cómico. Pero resulta hasta ofensivo.

San Martín morirá en brazos de Mercedes. En los brazos de su niña. Tomados de la mano como ayer cuando subió al barco en 1824 partiendo al viejo continente y ambos curtían distintos miedos.

Ella envolverá a su “Tata” con aquella manta comprada en una feria de Montmartre. Recordaran poemas en latín. Cantaran en francés junto a los nietos, mientras siempre estará presente el anhelo de volver a “la inmortal y corajuda Mendoza, donde todo se hace" como escribiera en sus tiempos de General.

Su yerno correrá la cortina de la habitación que da sobre el 105 de Gran Rue. Era un 17 de agosto de 1850. Había muerto “el Tata” Don José. Su inmortal gloria empezaba otro debate.