Una amiga de la juventud de Francisco recordó cómo era Jorge Bergoglio: "Tenía una expresión de..."
Jorge Bergoglio ya cursaba el tiempo final de su apostolado, su camino como arzobispo y cardenal parecía terminarse. Ya comenzaban a sonar las campanas que anunciaban la hora de ir con rebaños más pequeños, en campos más tranquilos y con menos lobos circundando. Volver al barrio, al adoquín y al farol tan típico de una Buenos Aires que ya habita en un recuerdo de tonos sepia. Pero una tarde otoñal llegó la noticia a la capital argentina: ese humilde pastor del “fin del mundo” sería ahora el pastor del mundo.
Se había ido a Roma con lo puesto, la renuncia de Benedicto XVI había puesto al mundo de cabeza, pero su edad no lo presentaba, ni por asomo, como candidato al obispado romano. Unas pocas cosas para el Cónclave bastarían ¿Para qué más? Pero nunca volvió. Aquella tarde brilló inesperadamente Buenos Aires, que floreció en temperaturas ya otoñales a un tiempo especial y particular de mayor devoción.
Foto: Julián Volpe
La siempre díscola Ciudad de Buenos Aires se detuvo en el tiempo, como si hubiera ganado un Mundial. Como las plazas fueron colmadas el último diciembre, aquel 13 de marzo de 2013 se llenaron las iglesias. Mientras la carga en los hombros del padre Jorge se hacía mayor, millones de argentinos se volvían a la Cruz que tantas veces habían ignorado. Al mismo tiempo, con cintura envidiable para ajustarse a los vientos, los que lo criticaban y trataban de genocida, no pasarían una semana hasta empezar a alabarlo por el simple hecho de que la gente lo defendía.
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Arminda Aragón, como muchos de los argentinos que se enfervorizaron aquella tarde, habló con MDZ en la parroquia de San José de Flores, lugar donde Jorge pasó su juventud y se vinculó con la Iglesia que hoy conduce. La entrevista fue justo frente al confesionario donde el Santo Padre encontró la vocación sacerdotal. A pesar de sus 92 años, Arminda es muy jovial. Cuenta que Francisco “era un muchachito simple, tenía una expresión muy linda de paz, de alegría”.
(Foto: Julián Volpe)
“Lo conocí por la Acción Católica y era muy amigo de Navarro Pizzurno; recuerdo que muchas veces ponían una mesita en Avenida Rivadavia con materiales -estampitas, rosarios y demás- y hacían misión. Era muy religioso, muy sencillo, muy alegre.”, relata su amiga de la juventud que también recuerda, entre risas, el humor de Su Santidad: “Una vez, antes de ser Papa, me lo encontré acá, en San José de Flores, y me dijo ‘siempre que paso por tu casa, me pregunto: ¿Seguirán vivas las Aragón?’. Pero él siempre era así, siempre estaba con alegría”.
Arminda y su hermana, que falleció el año pasado, compartieron toda la juventud parroquial con Bergoglio; recuerda el momento, junto a su hermana, en que el cardenal protodiácono Jean-Louis Tauran exclamó el Habemus Papam: “Aparece ese sacerdote, obispo o no sé qué, y dice, en un lenguaje poco claro, su nombre, pegamos un salto y nos salían las lágrimas, porque para nosotros fue una alegría tan grande”, relata la mujer y añade que no solo para ellas sino para todos porque “para la patria era una situación inimaginable”, en referencia a que un sacerdote argentino asumiera el papado.
“A diez años, yo lo veo muy bien, a pesar de que hay gente que lo ataca. Eso me da pena porque el sufre por todas esas cosas, pero sin embargo sigue adelante y la Iglesia está haciendo una obra maravillosa en todo el mundo”, destacó Arminda y añadió que “él no se olvida de los problemas del mundo”.
Aunque acusa olvidarse algunas cosas por su edad, no deja de recordar que Jorge era un chico “muy dado y muy religioso. Siempre destacó en los grupos por eso”. Esto último, no le pasa inadvertido, dado que destaca que su carisma misionero sigue vivo: “Uno ve en sus viaje, sus palabras, sus homilías y como se dirige a la gente. Siempre me gusta que el dice ‘no se olviden de rezar por mí’”, remarca su amiga, ponderando la humildad de Francisco.
Así, ya pasaron más de 60 años de esa confesión que le cambió la vida a Jorge Bergoglio en una iglesia del barrio de Flores, iglesia que relumbró en el momento menos esperado. Arminda, como muchos que lo tuvieron cerca y otros que lo tuvieron enfrente, todavía lo recuerdan. Trabajador incansable, sin arriar ninguna de sus banderas, siempre al servicio y sonriente, Francisco cumple 10 años de un pontificado marcado por la misión, la humildad y la oración.