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Juana “la loca” y Felipe “el hermoso”: el amor, la locura y un interminable velorio

Era una tradición en la Europa de esos siglos las estratégicas alianzas matrimoniales. Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los históricamente recordados como “Reyes Católicos”, habían negociado los matrimonios de sus hijos a fin de conservar los objetivos políticos y económicos de la corona.
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Era una tradición en la Europa de esos siglos las estratégicas alianzas matrimoniales. Así pues, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los históricamente recordados como “Reyes Católicos”, habían negociado los matrimonios de sus hijos a fin de conservar los objetivos políticos y económicos de la corona. Juana, la tercera de los hijos de ambos, se casaría con el hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo: Felipe I archiduque de Austrias.

Las familias de Fernando e Isabel tenían experiencia, y con resultados muy favorables, en esto de las alianzas conyugales. La misma Isabel había sido comprometida a los tres años de nacimiento a Fernando por acuerdo de sus respectivos padres Juan II de Castilla y Juan II de Aragón. Aunque también hay que decir que Juan II de Castilla (padre de Isabel) y sobre todo el hermanastro de ésta: Enrique IV, intentaron romper muchas veces el compromiso con los aragoneses.

 A los seis años de aquel primer pacto, Enrique IV, alias “el impotente” (quien anulara su casamiento con Blanca I de Navarra por aducir que nunca había consumado un vínculo sexual por ella y fuera declarado impotente como acción de un supuesto hechizo; de ahí la preocupación familiar por la descendencia de Isabel) , propuso casar a su hermanastra Isabel, en ese momento de 9 años, con Carlos de Viana; años después con Alfonso V de Portugal (veinte años mayor que ella); luego con Pedro Girón (maestre de Calatrava, quien murió misteriosamente); y hasta hubo un nuevo intento con el cada vez más poderoso y encumbrado Alfonso V de Portugal. Pero habrá otro candidato más para Isabel en ese tiempo: Carlos de Berry, duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia.

Isabel siempre se negó a esas propuestas de alianzas matrimoniales. Finalmente triunfo el amor, e Isabel, por fin se casará con su primo segundo Fernando (hecho que estaba prohibido por la consanguinidad), tras 18 años de idas y vueltas desde aquel primer protocolo conyugal. Esta boda contaba con la oposición del Papa y del rey castellano, y solo pudo realizarse gracias a la falsificación de documentos y sobornos, ya que la bula papal habría sido firmada por el Papa Pio II que había muerto cinco años atrás.  Lo cierto fue que más allá de un comienzo clandestino, la pareja que cambiará el curso de la historia mundial tuvo siete hijos. Entre ellos Juana.

Locura por amor

No nos detendremos en muchos detalles de su infancia y juventud porque el motivo es el amor e iremos rápidamente a una postal del amor que sentía Juana por Felipe.

Juana, la futura Juana I de Castilla, Reina de Aragón, Valencia, Mallorca, Navarra, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Condesa de Barcelona y Duquesa consorte de Borgoña, popularmente  apodada “la loca”, será comprometida a casarse con Felipe, a la postre el duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo. Pero además el conde de Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda, Zelanda, Tirol y Artois y Señor de Amberes y Malinas.

Pondremos la atención en la clara muestra de amor y locura por parte de Juana para con Felipe, aunque lamentablemente la imagen estará referida a cuando Felipe muera y a su extenso velorio de tres años, en medio de un deceso dudoso de un hombre de 28 años al cual muchos atribuyeron que fue envenenado.  

Las muestras de locura de Juana I en el entierro de su marido fueron evidentes, aunque muchos pusieron un granito de arena para que Juana sacara lo peor de su esquizofrenia y todos consiguieran el necesario argumento que buscaban, sobre todo su regente Cisneros, su hijo Carlos y su padre Fernando.

Cuatro caballos traídos desde Flandes eran los encargados de tirar del carruaje en el que viajaba el ataúd de plomo. Solo avanzaban de noche para evitar que el calor del sol estropeara más los restos de Felipe acelerando su descomposición. Otros atribuyeron a la misma Juana el argumento de que no quedaba bien que una mujer y viuda anduviera exponiéndose a la luz del día. Lo cierto es que, al llegar a una aldea, se instalaba la comitiva, se prendía una capilla ardiente y el cuerpo de Felipe era velado exclusivamente por los nobles en la iglesia de la villa.

Una curiosidad fue que Juana no dejaba acercarse al difunto a las monjas por sus enfermizos celos, ya que suponía que podían secuestrarlo. Pero tampoco ninguna mujer participó a lo largo de todo el ritual del velorio mientras duró el largo acompañamiento funerario. La música coral estuvo presente en toda la ceremonia. La iluminación era permanente. Más de 500.000 velas fueron usadas durante el largo velorio.

Los sueños de Juana

El cuerpo de Felipe había sido embalsamado, y cada tanto ella pedía abrir el féretro para admirarlo y besarlo. Pero también la ceremonia de apertura del cajón se realizaba ante la supuesta alucinación de Juana que soñaba que el cadáver era robado o cambiado por otro difunto. 

En ese momento del extenso velatorio, Juana estaba embarazada de su sexta hija. El nacimiento de Catalina fue en enero de 1507 en Torquemada, cerca del monasterio del mismo nombre. El parto y los cuidados de la recién nacida la retuvieron unos meses, pero en cuanto se repuso, reanudó la solemne procesión.

El peregrinaje de Juana con el cadáver llevaba años, hasta que su padre Fernando “el católico” logró convencerla de que lo enterrará de una vez por todas y se hiciera cargo del rol de reina que había heredado de su madre Isabel. Finalmente, Felipe “el hermoso” fue enterrado en el convento de Santa Clara de Tordesillas. Allí estuvo hasta 1525 cuando su hijo Carlos I (Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico), el heredero de todas las tierras de sus cuatro abuelos reyes, convertido posteriormente en el rey más poderoso del mundo, lo depositara en Granada.

Ahí será enterrada también Juana 30 años después, tras permanecer encerrada en cautiverio por 46 años, tiempo en que nunca dejó de pedir por la visita de Felipe, ni de usar un riguroso luto.