El ocaso de España como potencia mundial

El ocaso de España como potencia mundial

La Guerra de Sucesión Española fue el último clavo del ataúd que sepultó lo que quedaba del poderío de la monarquía hispana en el siglo XVIII, lo que fue aprovechado por las potencias emergentes para repartirse los restos y condenar a España al ostracismo.

Nicolás Munilla

Nicolás Munilla

La Guerra de Sucesión Española fue uno de los conflictos bélicos más importantes del siglo XVIII e involucró a casi todas las potencias europeas de la época, y si bien tuvo a España como principal casus bellis, en realidad los bandos contrincantes estuvieron encabezados por Francia y Austria, que buscaban extender su influencia a costa de los todavía considerables territorios que conservaba la monarquía hispánica en el viejo continente.

Tal como lo indica su nombre, el origen de esta guerra fue puramente familiar: el trono de España quedó vacante cuando el último rey de los Habsburgo españoles, Carlos II, falleció sin dejar descendencia a fines del año 1700, por lo que dos poderosas dinastías se disputaron la corona: los Borbón, que reinaban en Francia con el rey Luis XIV, y los Habsburgo austríacos, representados por el emperador germano Leopoldo I.

La intervención de otras potencias como Gran Bretaña, las Provincias Unidas de los Países Bajos y Prusia, entre otras, obedeció a un intento forzoso de preservar el siempre delicado “equilibrio” de poderes que se había logrado alcanzar en gran parte de Europa durante el siglo XVII.

El último Habsburgo español

Carlos II de España, apodado el Hechizado, gobernaba los territorios españoles desde 1665 con ciertas dificultades, ya que era un hombre muy enfermizo y padecía cierto retraso mental, por lo que su reinado no estuvo exento de complicaciones que sólo aceleraron la decadencia de España en la geopolítica europea.

A finales del siglo XVII, el problema de la sucesión de Carlos II empezó a considerarse como una “cuestión de Estado” que caracterizó la última década de este siglo. Sin herederos directos, la corona española tenía dos pretendientes de otras monarquías europeas: Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV (llamado el Rey Sol y valuarte del absolutismo) y Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I.

Carlos II de España

Felipe y Carlos tenían argumentos dinásticos de peso para solicitar su declaración como herederos, por mujeres de la corona española que se casaron con monarcas: el primero era hijo de María Teresa de Austria y nieto de Ana de Austria, hermana mayor y tía del monarca español, respectivamente. Por su parte, el austríaco era nieto de la emperatriz María Ana de Austria.

Los principales interesados en solucionar el conflicto dinástico eran Inglaterra y los Países Bajos, ya que la unión de las coronas española y francesa bajo una misma persona significaría el surgimiento de una nueva superpotencia que les haría frente. Algo similar, aunque en menor proporción, sintieron con los austríacos, ya que podría derivar en un resurgimiento de los Habsburgo como la casa dominante de Europa.

Carlos II temía que cualquiera de las dos elecciones derivaran en el desmembramiento del todavía vasto Imperio español que se mantenía desde el siglo XV, dado que las potencias europeas negociaban a sus espaldas para repartirse los territorios que España aún conservaba en el viejo continente, como las posesiones italianas (Milán, Nápoles y Sicilia), los Países Bajos españoles y las plazas del Mediterráneo.

Debido a esos miedos, el monarca español optó por una tercera opción y nombró como sucesor a su sobrino nieto, el joven José Fernando de Baviera, pariente de una rama menos de los Habsburgo e hijo de Maximiliano II de Baviera. Esta decisión contó con el respaldo de los demás países e incluso Luis XIV y Leopoldo I aceptaron esta solicitud, negociando secretamente una nueva repartición de territorios.

Pero las cosas se complicaron repentinamente en 1699 debido a la prematura muerte de José Fernando. Nuevamente Carlos II se vio en la obligación de designar un nuevo heredero, pero no le quedaban más opciones que sus sobrinos Carlos de Anjou y Felipe de Habsburgo, mientras en las cortes españolas comenzaban a formarse los bandos “borbónicos” y “austracistas” bajo la sujeción de los embajadores de las demás potencias.

Felipe V

Elección y ascenso de Felipe de Borbón

En octubre de 1700, Carlos II declaró en su testamento a Felipe de Anjou como heredero a la corona de España, tras ser convencido por los borbónicos de que el pretendiente francés era la opción más viable para mantener la “integridad católica y territorial” del Imperio. De todos modos, el moribundo monarca dejó asentado que Felipe no podría abolir las instituciones españolas ni sería rey de Francia mientras conserve el trono español.

Carlos II murió al mes siguiente e inmediatamente Felipe de Anjou fue entronizado bajo el nombre de Felipe V de España, dando inicio a la dinastía Borbón española que sigue reinando hasta estos días. En sus primeros meses de gobierno, el nuevo monarca dictó una serie de normas que otorgaban ventajas comerciales a Francia, especialmente en los puertos americanos, y fue proclive a la influencia política a los embajadores franceses enviados por su abuelo Luis XIV.

Estas acciones preocuparon a Inglaterra y los Países Bajos, quienes vieron amenazadas sus posiciones comerciales ante un posible avance franco-español. Así, en 1707 lideraron una gran alianza antiborbónica con el Sacro Imperio, que incluía Austria y Prusia, y proclamaron a Carlos de Habsburgo como el legítimo heredero de la corona española bajo el nombre de Carlos III. A ellos se sumaron Portugal y Saboya.

Carlos de Habsburgo

Comienzo de la guerra

Las primeras acciones bélicas comenzaron a mediados de 1701, cuando las tropas austríacas al mando del príncipe Eugenio de Saboya atacaron a las huestes francesas en el Milanesado (Milán, al norte de Italia). Los conflictos militares se replicaron en los Países Bajos españoles (actual Bélgica) y en la región del Rin, donde los príncipes electores apoyaban a los borbones.

Al año siguiente estalló una revuelta antiborbónica en Nápoles, donde el propio Felipe V desembarcó en la ciudad para sofocar la rebelión. Sin embargo, tras su retorno a Madrid, tuvo que afrontar dos peligrosas situaciones: un intento anglo-neerlandés de desembarco cerca de Cádiz y el creciente rechazo a los borbones que se extendía en las cortes de Cataluña, Valencia y Aragón.

Las batallas que inicialmente se desarrollaban únicamente en Italia y la frontera franco-germana, comenzaron en la península española y derivaron en una cruenta guerra civil. Portugal se unió a los austracistas en 1703 y les permitió formar una importante base para las operaciones de Carlos, mientras que al año siguiente tropas anglo-neerlandesas finalmente tomaron Gibraltar.

Finalmente, los españoles austracistas ingresaron a la Guerra de Sucesión en 1705, con un levantamiento en Cataluña. Además, gracias a la firma de un tratado con Inglaterra, las cortes catalanas permitieron un nuevo desembarco de Carlos de Austria en la península.

Rodeado por los portugueses al oeste y las fuerzas austríacas e inglesas por el este y el sur, Felipe V inició una táctica defensiva exitosa que derivó en una recuperación paulatina de las posesiones austracistas en España. A modo de castigo, también suprimió las cortes de Valencia y Aragón. De todas maneras, las acciones bélicas continuaron en casi toda la península durante los siguientes años.

Distinta fue la situación en las posesiones españolas europeas. Los borbones fueron expulsados de Italia en 1705 y quedaron arrinconados en los Países Bajos al año siguiente. Con la situación a su favor, los ejércitos del Sacro Imperio penetraron paulatinamente en Francia, y sumado a la depresión económica francesa, Luis XIV prefirió iniciar acciones negociadoras, sobre todo con Inglaterra, para impedir una invasión austríaca.

Esta actitud provocó un quiebre entre Felipe V y su abuelo, quien se mostró dispuesto a retirar el apoyo militar a su nieto e incluso no reconocerlo como rey de España. Por su parte, el novel monarca no declinó en sus intentos de mantenerse en el trono mientras las batallas en el territorio peninsular entraban en una especie de meseta. Sin embargo, los duros términos que los aliados querían imponer a Francia causaron la reconciliación de ambos borbones, lo que reavivó la guerra contra los austracistas.

Pero las verdaderas causas del acercamiento entre abuelo y nieto fueron producto de las sugestivas victorias de Felipe V en el noreste peninsular a partir de 1710 y el apoyo creciente de la población castellana a los borbónicos. Sólo Cataluña se mantenía como el foco principal de oposición austracista. Así, el poder de la Casa de Borbón comenzaba a afianzarse en España, pero sufría severas derrotas en el continente europeo y el mar.

Batalla de Zaragoza (1710)

Cambio inesperado y fin de la guerra

La suerte de los borbones cambiaría en 1711. El emperador del Sacro Imperio José I de Habsburgo (que gobernada desde 1705 tras la muerte de Leopoldo) falleció y Carlos de Austria asumió el trono imperial bajo el nombre de Carlos VI, lo cual pulverizó el apoyo de Gran Bretaña (Inglaterra y Escocia se habían unido en 1707) y los Países Bajos, ya que tampoco querían una unión hispano-germana.

Ante semejante cambio de escenario, los británicos y neerlandeses reanudaron las negociaciones con Luis XIV, cuyo reino se encontraba asfixiado económicamente por la extensión de la guerra y quería una solución negociada.

En 1713 se firmó el Tratado de Utrecht, que plasmó todas las negociaciones previas que se llevaron a cabo durante dos años. Todas las monarquías europeas (a excepción de Austria) reconocieron a Felipe V como rey de España y de sus colonias americanas, pero a cambio tuvo que renunciar a la sucesión del trono francés en favor de su primo Luis de Borgoña, quien más adelante se convertiría en el futuro Luis XV.

A su vez, para garantizar la paz, España hizo grandes concesiones territoriales. Las posesiones en Italia y los Países Bajos españoles fueron cedidas a Austria (excepto Sicilia, que fue entregada a Saboya), mientras que Gibraltar y la isla de Menorca pasaron a manos de Gran Bretaña. Además, Felipe V otorgó a los británicos suculentas ventajas comerciales en sus colonias americanas, rompiendo formalmente el monopolio hispánico en el nuevo continente. De todas maneras, el monarca español se aseguró la neutralidad británica en el conflicto con Cataluña, al igual que los demás países.

Por su parte, Francia también entregó algunas posesiones territoriales a Gran Bretaña, que fue la gran beneficiada de la contienda: varias regiones en Canadá (Nueva Escocia y Terranova) y algunas islas del Caribe. Esto le permitió a la monarquía francesa asegurar sus fronteras internas y el sistema absolutista, que se vería resquebrajado unas décadas después a causa de la Revolución.

A pesar de que la Paz de Utrecht supuso el final oficial de la Guerra de Sucesión Española, el hecho que el emperador austríaco Carlos VI no haya firmado el tratado hizo que las acciones bélicas continuaran en la frontera franco-germana, aunque en menor impacto. Finalmente Francia y el Sacro Imperio suscribieron el Tratado de Rastatt en 1714, dando por terminada la disputa.

Con el frente externo apaciguado, Felipe V puso toda su energía en acabar con los rebeldes catalanes que aún seguían resistiendo las embestidas militares, aunque cada vez estaban más agotados, carentes de recursos y sin apoyo extranjero. En septiembre de 1714, los borbones rompieron las defensas catalanas y se apoderaron de Barcelona, mientras que en julio del año siguiente tomaron Mallorca, con lo que terminó la guerra en territorio español.

Fronteras de Europa tras el Tratado de Utrecht.

Nueva etapa de la Monarquía española

La victoria borbónica supuso importantes cambios en la administración monárquica española, que abrazó los ideales administrativos del absolutismo francés. Bajo el reinado de Felipe V se terminaron de abolir las instituciones remanentes de la Corona de Aragón (proceso que había comenzado en 1707), como así también se impusieron las leyes castellanas en todo el reino, lo que significó la oficialización del sistema centrista; solo Navarra y las Vascongadas, que había apoyado a los borbones desde el inicio de la guerra, mantuvieron sus fueros de manera nominal.

Así se dio por finiquitado el pseudo federalismo que imperaba en forma de monarquía dual en España desde el siglo XV, dándole forma al Estado centrista y absoluto, a tono con los cambios políticos de la época, que concentraba casi todo el poder en la figura del monarca y su círculo de confianza. Además, se produjeron cambios políticos, administrativos y económicos en las colonias ultramarinas que se profundizaron a lo largo del siglo XVIII.

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